SILENT HILL: pobre contenido en lujoso continente
Hace poco se estrenaba en nuestras pantallas una de las películas más esperadas del verano, especialmente para los fans del famoso videojuego en el que se basa. Ante todo he de aclarar que no sé casi nada de este juego, nunca lo he jugado, por lo que basaré mi crítica de Silent Hill exclusivamente en la película, como es lógico. Si alguna de mis objeciones son guiños a la trama de la saga, espero vuestros comentarios.
La premisa de la película es bastante simple. Rose (Radha Mitchell) tiene una hija, Sharon, que sufre un preocupante sonambulismo en cuyos ataques repite el nombre de Silent Hill. La madre, desesperada por curarla, decide ir a ése lugar al que llaman “el pueblo mancillado”, un sitio fantasma, deshabitado tras una misterioso incendio. En el camino, huyendo de una policía que pretendía impedirles el acceso al pueblo, tiene un accidente que deja a Rose inconsciente. Al despertarse Sharon ha desparecido. Para encontrarla deberá adentrarse en Silent Hill, un lugar en el que aprender ciertas reglas es cuestión de vida o muerte.
Esta sencilla premisa es suficiente para que Christophe Gans, el director (responsable de la original “El pacto de los lobos”), se encuentre en su salsa a la hora de desarrollar un estilismo visual impecable, de los mejores del tantas veces maltratado género de terror. El diseño de producción es sencillamente magistral. La ambientación de Silent Hill, desde ese misterioso cartel de entrada hasta los propios edificios, es genial, consiguiendo transmitir tensión, peligro y malestar por sí solos. Con ese plató ya es difícil fallar. Para rematar la faena, Gans saca el mayor provecho de todo ello, demostrando que sabe cómo administrar los efectos visuales con los recursos más sencillos y, lo que es aún mejor, sin recurrir al efectismo. Encontramos ejemplos durante todo el metraje. Para empezar, en la primera escena de terror puro, cuando Rose se adentra por primera vez en las profundidades del pueblo sin saber el significado de la señal del toque de queda, la pantalla se envuelve en las tinieblas pero el espectador no pierde detalle de la acción gracias a acertados toques de luz y a los planos elegidos. En esta secuencia, nos provoca miedo algo tan tonto como tropezarse con un cubo de basura, algo nimio comparado con la sorpresita que aguarda a nuestra sufrida madre... Y, a lo que quería llegar, aún valiéndose de todo tipo de recursos gráficos para recrear a las perturbadoras criaturas que habitan el lugar, no se opta por resaltarlas con burdos acompañamientos sonoros, algo más que típico en estas historias y que, más que dar miedo, te deja sordo. Lo diseñado se vale por sí solo para provocar angustia.
Ya más adelante, conforme avanza la trama, se introducen nuevos y horribles personajes que no me agradaron demasiado, como esas cucarachas carnívoras propias de “La momia” o ese penitente satánico con muy mala leche. Pero esto no significa que no acojonen lo suyo. Además, aunque no es lo que abunda, el gore también tiene su hueco en la película, con un par de escenas brutales (más ese final, más propio de Hellraiser) que te dejan bien plantado en la butaca.
Otra cosa digna de alabar es la representación de los momentos en los que sobreviene la oscuridad. El mobiliario se pudre, los muertos reviven (increíble escena del aseo) y, en definitiva, la locura se apodera del mundo. Cuando todo acaba, los restos se convierten en ceniza que se eleva hasta desaparecer. Claro está que todos estos aciertos no vamos a atribuírselos al director en exclusiva. Se puede decir que “Silent Hill” ha congregado a un grupito de profesionales bastante inspirados que han subido el nivel de una premisa que otros habrían destrozado (y si no, que Uwe Bowl haga la secuela y ya veréis). Por otra parte, la acción compagina muy bien las escenas en la penumbra con otras que suceden a la luz del día, con lo que no acabas con las pupilas como un lechuzo de tanta oscuridad, algo muy propio de algunas películas de terror.
Por si no hubiera alabado la película bastante, todavía tengo que hablar de su buenísima banda sonora. No la compraréis nada más salir del cine, pero se adecua a la perfección a la trama. Según tengo entendido (si me equivoco, corregidme), el responsable, Akira Yamaoka, es el mismo compositor contratado para escribir la partitura del videojuego. Una acertada elección, desde luego. Los temas sencillos a piano se mezclan con los sonidos electrónicos ignorando las grandes orquestas y los típicos coros seudosatánicos (lo más fácil) sirviendo perfectamente como acompañamiento a la acción.
Bueno, hemos hablado de la dirección, el diseño de producción, los efectos especiales y la banda sonora. Y, ¿qué hay de los actores? En mi opinión los actores están bien, nada espectacular eso sí, pero resuelven eficazmente sus arquetipados personajes. Quizás destaque del resto a Radha Mitchell (Rose en el film), aunque también es cierto que su papel es protagonista casi absoluto de la función y la actriz tiene más posibilidades de mostrar sus registros. En cuanto a Jodelle Ferland (Sharon), resulta ya un poco cansino tener que escuchar lo magníficos actores que son los niños cada vez que uno interviene. Salvo contadas excepciones (y pienso en Dakota Fanning) lo mejor que puedo decir es que no molestan.
Visto lo visto, parece que todo va sobre ruedas; sin embargo hay alguien del equipo de “Silent Hill” que no ha trabajado tan bien como el resto. Sí, es ése que estáis pensando, Roger Avary, el guionista. Avary, famoso por coescribir “Pulp Fiction”, se ha decantando por complicar una historia de una manera que, al menos a mí, no me ha hecho mucha gracia. El argumento en sí es bastante sencillo, e incluso poco original, pero hubiera bastado para dejar un mejor sabor de boca si no se viera tontamente complicado con una investigación paralela en otra “dimensión” (no es el spoiler que parece, tranquilos) que poco o nada tiene que añadir a la historia principal. Esta línea argumental sirve únicamente como vehículo para que actúen Sean Bean y Kim Coates, interpretando lo que bien podría aislarse como un sosito capítulo de “En la otra dimensión”. Para colmo, al cerrar la película e intentar hacer coincidir ambas historias, el bueno de Roger sólo consigue liar más al personal y dejar un final tan abierto como el casco del Titanic (vale, había pensado una comparación más brusca, pero ya os la contaré en privado jejeje).
Bueno, he de admitir que esperaba mucho menos de esta película. En general fue una grata sorpresa. Lástima que el señor guionista no se lo hubiera currado un poquito más. Aún así, de lo mejorcito que se puede ver actualmente en el cine.
Lo mejor: el diseño del pueblo y los pasajes de oscuridad.
Lo peor: como he dicho, el guión cojea, sobre todo al final.
Nota: 6/10
Fdo: Stan
...ahora en http://cinefagos.wordpress.com















karelia dijo
Pues a mi, que si que he jugado al juego y es de los mejorcitos que he visto de terror, me parece un bodrio de película, pero claro, para gustos los colores.
21 Agosto 2006 | 12:35 PM