31. Previews: La Hermandad del Acero
Capítulo 1
Umberto Montalvo era el dueño de la Joyería Campoamor desde hacía treinta años; más o menos el mismo tiempo que llevaba casado. El teléfono todavía estaba en su mano, ululando monótonamente tras las palabras del secuestrador. Aquella voz desconocida, siniestra, acababa de decirle que tenían a Verónica, que querían a cambio de su vida cierta reliquia que pronto estaría en su poder. Que le estaban vigilando, así que no debía llamar a la policía, y que recibiría una nueva llamada con instrucciones en cuanto se hubiera hecho con la pieza en cuestión.
La Joyería Campoamor era la más atracada en Albacete a pesar de que anualmente se veía reforzada su seguridad. Pero estaba claro que los cristales blindados, cámaras de seguridad, alarmas sonoras y silenciosas, caja fuerte de apertura retardada y demás chismes que habían convertido su negocio en un decorado de Misión Imposible no intimidaban a los ladrones, que dos o tres veces al año intentaban robarle. Lo consiguieran o no, él siempre perdía: un nuevo escaparate, nuevas alarmas, subidas escalofriantes del seguro tras sonoras broncas… Ahora los criminales habían empleado otro sistema para el que no estaba preparado, a pesar de haber escuchado historias similares a algunos compañeros del gremio.
El hombre que le había llamado, y sus socios, debían de ser profesionales. Casi todos los atracadores que habían pasado por su tienda lo eran, porque nunca los detenían y de lo robado jamás se volvía a saber nada. Hasta italianos fueron en una ocasión a asaltarle. Montalvo estaba seguro de que si existía una Guía Michelin del Robo y Atraco, su joyería debía de estar marcada con cinco estrellas. Había llegado a tal punto la situación que incluso la policía desconfiaba de él; un inspector llegó a insinuar si no prepararía los robos, pero claro, nunca pudo probarlo. Pensó que ahora le gustaría coger a ese policía y gritarle a la cara: “¡Mira, mira a ver si he mandado raptar a mi propia querida, gilipollas!”
Porque a quien habían secuestrado era a su amante. Verónica Baena, una chica tres décadas más joven que se le entregaba una o dos veces por semana con gran fogosidad, demasiada tal vez para ser auténtica, pero que le servía de desahogo. Con ella había vuelto a sentirse vivo, a saber lo que era irse a la cama arrobado por la pasión. Nada que ver con el gesto enfermizo de su esposa, ese mohín de fastidio que ella adquiría cuando él quería hacer el amor, como si aquello fuera inadecuado. Umberto no amaba a Verónica, sólo la deseaba sexualmente ―y tenía claro que los sentimientos de ella hacia él eran igual de interesados―, pero eso no quitaba para que se desentendiera de ella y dejase que aquellos hijos de puta le hicieran daño.
No se le ocurra llamar a la policía, le había dicho el secuestrador después de dejarle escuchar apenas unas palabras de la chica. Cariño, cariño.
Qué hacer, se preguntaba angustiado. Su casa vacía de vida se le venía encima. Dejó su desayuno intacto, fue hasta el mueble bar y se sirvió un generoso vaso de whisky, esperando que el alcohol deshiciese el muro que bloqueaba su cerebro. No sentía ganas de aporrear nada, más bien temblaba como un niño bajo la tormenta. Su esposa y su hija estaban fuera de la ciudad, así que por ese lado no tenía qué temer. ¿O sí? Poco a poco fue consciente de aquella terrible situación. Treinta años de matrimonio, veinticinco como padre, cuarenta como profesional de las joyas, todo a punto de irse por el retrete por culpa de aquella voz. La soledad que despedían las paredes de su salón le agobiaba. Deseó algo de ruido y conectó el televisor, pero las frivolidades que emitía le revolvieron el estómago y corrió a apagarlo.
A quién puedo recurrir, se dijo. Desde luego, no a la policía. Estaba convencido de que si involucraba a la policía, los secuestradores cumplirían sus amenazas; liquidarían a Verónica y, quien sabe si después no irían a por su mujer y su hija. Montalvo estrelló el vaso vacío al otro lado del salón, con lágrimas encharcando sus grandes ojos marrones. El reloj de pared dio las ocho. Se asomó a la ventana; la calle amanecía húmeda por la lluvia recién caída. Todavía andaban por el cielo nubes dispuestas a repetir.
Así es junio en el llano.
Resoluto, Umberto Montalvo arrastró los pies hasta el costoso buró en donde dejaba el móvil. Tomó el aparato y buscó en la agenda el número de la única persona que ―a su entender― podía ayudarle. Luego, cruzó los dedos.
Artículos, textos y cosas en general de Juan García Rodenas
Juan dijo
Esto es el inicio del capítulo 1 de la quinta novela del inspector Serrano, y que saldrá a la venta dentro de poco en "La Saga de la Ciudad Oscura. Tomo III".
25 Junio 2006 | 05:21 PM