AYER LO ECHÉ DE MENOS...
Ayer por la mañana, al despertar, lo eché de menos. Pasé muchos años de mi vida contemplándolo nada más despertar y ayer lo volví a echar de menos.
Recuerdo aquellos amaneceres vividos al ritmo que marcaban los joviales trinos de los mirlos del flamboyán vecino. Un universo de flores azules y blancas se abatía sobre mí desde el dibujo del papel que cubría las altas paredes. Mágicas flores que lo impregnaban todo de aromas de leyenda en cuanto los telones de mis ojos se animaban a entreabrirse.
La tenue luminosidad que se colaba bajo la puerta corrediza de pesada madera y cristal, que me separaba de mi amada terraza, seguía avanzando, incansable, hacia los faldones de aquella suave y cálida colcha color salmón, que tan bien me protegía de los grados de menos del cuarto.
Mi dormitorio se caracterizaba por ser el habitáculo más frío del enorme piso en que crecí y a mí me encantaba ser sabedora de las ocultas y secretas causas por las que ocurría ese extraño fenómeno en aquella vivienda tan llena de vida y tan impregnada de vivencias.
Recuerdo a la niña despierta y gordita, con su preciosa melena lacia, brillante y castaña, completamente desparramada sobre el lecho sin almohada. Recuerdo cómo se agudizaba su oído al descubrir, entre el canturreo de los conocidos pájaros, algún que otro trino perteneciente a otra desconocida ave.
Extraño esas mañanas de domingo en que no existían clases de ballet, ni colegio, ni particulares lecciones de francés, que me empujasen a saltar sobre los helados azulejos para iniciar un nuevo día rebosante de obligatorias rutinas.
Revivir, una vez más, ese instante mágico en que estiraba mis piernas y brazos al tiempo que, en mudo silencio, me decía que aún podía permanecer en la cama, se me antoja como un dulce bombón que se deja acariciar, lenta y pausadamente, sobre la húmeda calidez de mi ávida lengua.

Los entonces ligeros e impetuosos pasos de mi abuela recorren, una vez más, las oscuras losetas de granito. A lo lejos, el sonido de las hojas del periódico, siendo desordenadas por las bonitas manos de mami, se entremezcla con los estornudos incontrolables y alérgicos de mi padre.
Aún no existen en mi vida mascotas de ningún tipo. Sólo los libros, los cómics, los cuentos, los cromos, los juegos de mesa, mis témperas, rotuladores y acuarelas, junto a las relegadas muñecas, esperan que, por fin, tras mirarle a él, recupere la consciencia de que un nuevo domingo, repleto de minutos por disfrutar, me espera más allá de las arrugadas sábanas.
El sensual aroma del café, volátil y coqueto, revolotea desde la lejana cocina hasta colarse por los resquicios de mi caprichosa puerta. Puerta creada para aislar instantes y soñar momentos y que, sin embargo, por alguna causa desconocida, era imposible cerrar del todo. Quizás haga sol y calor y bajemos unas horas hasta la playa. Me apetece bucear un buen rato junto a papi, perseguir fulas juntos, que me llene el cubo de peces verdes y contemplarlos, sentada sobre la ardiente arena, mientras mi madre parece una croqueta rebozada en cremas.
Tal vez sea éste el momento ideal para que mis pupilas despierten y comprobar que el tocador sigue enfrente mío, con el blanco espejo encima, mientras Astérix, Marco con su Amedio, Leif Garret y el gigantesco espantapájaros de tela me saludan, a mi espalda.
La miel de mis ojos comienza a acostumbrarse a la leve claridad y, entonces, vuelvo a recorrerlo entero. Desde su rectangular superficie, los rostros infantiles de una veintena de compañeras vuelven a sonreirme. Mi retrato se encuentra entre los de ellas. El escudo del cole, por debajo nuestro, hacia la derecha, rompe la hierática inquietud de las miradas congeladas. "El 14 de mayo de 1.978 hice mi primera comunión", pone el texto que lo recorre de izquierda a derecha.

Treinta años han pasado y al menos quince desde que debió ir a parar a alguno de los trasteros. Tendré que buscarlo y dar con él en mi próximo viaje hasta la isla picuda. Colocado frente a mi cama, presidía el espacio entre el tocador y el armario empotrado. Ayer por la mañana, al despertar, lo eché de menos.






























































Peta's Super Chick Sisters



























Melisa dijo
GRACIAS POR ESTE PEQUEÑO VIAJE HASTA TU NIÑEZ...
UN BESO CLITO, MUY LINDO COMO SIEMPRE LO QUE ESCRIBIS:)
15 Mayo 2008 | 02:01 AM