¿Cuántas mochilas caben en una espalda?
¿Cuántas mochilas caben en una espalda que vuelve del mayor viaje del mundo, del más largo, del más polvoriento, del más cansado y peligroso, del más trascendente y, aun así, del más leve? La guinda mastodóntica del viaje es deshacer la mochila, abrir cremalleras e ir sacando los olores de plantas y arena, los pelos largos como cataratas, las sábanas blancas de sonrisas, los taxis amarillos o verde piscina cruzando ciudades derruidas como avenidas de posguerra, los calcetines que se ha de tragar la lavadora.
La ducha, veintisiete minutos debajo del agua, de mi agua, mirar la esponja con cariño, sentir el aire que se cuela por la ventana del patio, pisar la alfombra peluda y todo es acogedor, y todo ligero.
Con la levedad puesta en la espalda libre, paseando por casa como quien lo hace por un acuario, tomando una copa, reducido por la música. No quiero mirar el correo saturado, prefiero moverme un rato más así, en volandas ciegas, deslizándome por la casa como un fantasma. Y mañana vendrán las llamadas pertinentes al centro, y el gorjeo de las conversaciones en el tajo, las convenciones y saludos, comportamiento de pájaros. Pero eso queda en la orilla, y de momento estoy en el centro de un lago, tumbado al sol y mirando las nubes como quien oye llover.




srta desconocida dijo
hay un intervalo cuando se llega a casa después de un largo viaje en que el cuerpo ha regresado, pero la mente sigue en otro lugar. Es agradable ser un poco marciano en nuestro mundo de todos los días, al menos durante un rato.
27 Septiembre 2007 | 01:34 AM