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Comeclavos

Apodado también dientes largos y ojo de satán y lord high life y sultán de los tosedores y cabeza hendida y pies negros y chistera y bey de los mentirosos y palabra de honor y casi abogado y embarullador de procesos y médico de lavativas...

Categoría: Hojeados

7 Febrero 2007

"Aucassin y Nicolette", de Anónimo

Una historia de amor cortes de entre las más populares en Francia, compuesta entre los siglos XII y XII. En algún lugar, un librero de segunda mano posee la única traducción al español de Gredos, dispuesto a desprenderse de ella a cambio de mi dinero. Mientras tanto, es posible hojear la edición virtual, que incluye acompañamiento músical de época y notas explicativas. Un poco al estilo Turning the Pages. El resumen suena interesante.

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27 Noviembre 2006

"Camino del sur", de Cesar Vidal

Batiburrillo de tópicos y temas musicales. Mediocre.

Lo que tiene interes es la cubierta, digna de mencionarse por nuestros (inactivos) amigos de Basta de caratulas

La contracubierta no le va a la zaga.

De postre: divertidos comentarios sobre el tema

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2 Noviembre 2006

"De Humani Corporis Fabrica", de Andrea Vesalio

Carne para la picadora

Una cortesía del proyecto Turning the pages de la British Library

Hace años, los libros más vendidos escritos por un médico eran los de Pío Baroja, hoy en día son los de Robin Cook, ya se ve la evolución del arte. Pero hace algunos siglos Andrés Vesalio (1514-1564) convirtió su manual de anatomía Sobre la estructura del cuerpo humano en un auténtico best seller de la época. Y lo más importante, en un clásico. Este anatomista o físico de origen flamenco que estuvo al servicio del emperador Carlos V sería la mezcla actual de un forense y un patólogo, un especialista en el descubrimiento, descripción y uso de órganos, músculos y otras vísceras que llenan ese saco de piel y pelos que se mira cada mañana al espejo sin reconocerse. En pleno Siglo de los Descubrimientos, la labor del anatomista que levantaba mapas inéditos del cuerpo humano bien podía ser comparada a la de sus contemporáneos cartógrafos del Nuevo Mundo, que iban trazando poco a poco las líneas de costas desconocidas en los portulanos.

Junto a los textos descriptivos, teóricos o simplemente anecdóticos (como la narración de la aventura que le supuso a Vesalio robar un esqueleto) el libro ha pasado a la historia por sus excelente grabados anatómicos, obra de Jan Stephan van Calcar, discípulo de Tiziano. Los dibujos, detallados y naturalistas, muestran figuras humanas completas despellejadas y con el aparato muscular al descubierto, otras veces recubiertas de vasos sanguíneos y otras que son puro hueso. Todas adquieren poses artísticas, como un modelo vivo ante un grupo de estudiantes de Bellas Artes. Algunos actitudes son incluso simbólicas, como ese esqueleto reclinado en una lápida que coloca su mano sobre un cráneo humano al que mira de forma pensativa a través de las cuencas vacías de sus ojos, recordando la mortalidad del hombre.

Las novedad del método de trabajo de Vesalio respecto a los médicos tradicionales, y que le permitió escribir este libro, fue poner las manos en la masa (encefálica). Hasta aquel entonces, el anatomista titulado por alguna universidad era casi un teórico que se mantenía a distancia del objeto de estudio, generalmente un cadáver (con todo lo que el tabú medieval sobre los muertos conllevaba). Mientras, el trabajo sucio de sierra, corta y cose quedaba en manos de tipos tales como barberos, o cirujanos pocos más especializados que un carnicero. De hecho, eran carniceros. Vesalio, dotado del equilibrio entre empirismo y teoría del buen científico moderno examina de primera mano aquello que describe y saca sus conclusiones.

Muchos de sus descubrimientos venían a contrastar o rechazar las teorías del griego Galeno, la máxima autoridad médica durante la Antigüedad y la Edad Media. Por ejemplo, sobre su idea de que el útero tenía forma de cuerno comenta en el libro que ni en sueños Galeno ha examinado de cerca el útero de una mujer, sino acaso el de vacas, cabras y ovejas. Existen en su obra nada más que dos descripciones ilustradas de cuerpos femeninos diseccionados. Vesalio se especializó en anatomía masculina, bien debido a la escasez de cadáveres de mujeres convictas ejecutadas (el patio de la horca era la principal fuente de materia prima) o tal vez al miedo a ser considerado un depravado. Aunque exhaustivo, en su descripción del aparato reproductor femenino Vesalio pasó por alto toda mención de los Tubos de Falopio, que fueron más tarde descritos por su discípulo -¿se adivina quién?- Falopio (1523-1562).

El sentido artístico de estos dibujos se completa, como si se tratase de retratos de personas vivas, con fondos paisajísticos de estilo renacentista. En ellos se muestran escenas campestres y de ruinas, inspiradas posiblemente en los alrededores de Padua, la ciudad italiana sede de la facultad de medicina mas prestigiosa de Europa en la cual desarrolló su labor de enseñanza.

El autor unió el arte con la ciencia de una manera pocas veces alcanzada: es posible que alguien haya oído hablar en la actualidad de un pobre imitador suyo, también médico, que se dedica a hacer exposiciones con cadáveres conservados como estatuas. Pero el interés que despierte esto puede responder más al sentimiento de morbo que a un afán divulgador combinado con un sentido estético. Si alguna vez tengo oportunidad de parar ante una exposición de Von Hagens, ampliaré el tema. Desde luego, la ambición de Andrés Vesalio parece más sincera, acorde con el espíritu del Renacimiento de un conocimiento total y del paso de unas disciplinas a otras: esperaba que sus imágenes corporales sirvieran no sólo para médicos y especialista en medicina sino también para que los artistas de la pintura o la escultura tuvieran modelos naturales en los que inspirarse. Es más, Miguel Ángel copió las formas de varios torsos descritos en este libro para usarlas en algunas de sus frescos de la Capilla Sixtina.

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20 Septiembre 2006

"Ensayos de comprensión 1930-1954", de Hannah Arendt

Piezas breves

Es un volumen sacado de la biblioteca pública, así que voy saltando de fragmento en fragmento antes de devolver esta recopilación que contiene buena parte de los escritos inéditos de la filósofa politóloga pensadora germanoestadounidense,

Conferencias, textos de su diario filosófico, redacciones para revistas de pensamiento, para la prensa culta de masas o para publicaciones militantes de los exiliados judíos alemanes, incluso la trascripción de una entrevista concedida a la televisión alemana (occidental) conforman estos ensayos breves y enjundiosos, los más largos de no más de veinte páginas.

Inteligentes y claros en su prosa limpia, porque además son buena literatura. Es más, algunos textos son críticas literarias de libros contemporáneos, muchos sobre los temas del comunismo o el nazismo, afines a la autora de El origen del totalitarismo (también aquí se recoge un contracrítica escrita por ella sobre una crítica a dicha obra).

La calidad literaria y la capacidad crítica son toda una en un texto del año 1944 “Frank Kafka. Una reevaluación”. De él se deduce que como el escritor checo con sus relatos, también ella a través del ensayo buscaba un mundo liberado de todos los fantasmas sangrientos y hechizos criminales. Y su recomendación es buena, tan buena que a mi me anima a buscar y leer la trilogía formada por El proceso, El castillo y América.

Una rareza: oculta en una página solitaria se encuentra esta fábula singular que tiene como protagonista a Martín Heidegger. Conociendo un poco la relación entre Arendt y su antiguo maestro (a pesar de lo apostillado por Magda sobre el libro de la correspondencia entre A y H, aún sigo teniendo pendiente su lectura) y el tipo de pensamiento que mantenían, saque cada uno su propia conclusión:

Heidegger el zorro (julio de 1953)

Dice Heidegger todo orgulloso: “Las gentes dicen que este Heidegger es un zorro”. He aquí la verdadera historia del zorro de Heidegger.
Había una vez un zorro tan falto de astucia que no sólo caía en trampas constantemente, sino que ni siquiera podía percibir la diferencia entre una trampa y una no-trampa. Este zorro tenía además otro defecto; algo le pasaba en la piel, de suerte que carecía de toda protección natural contra las inclemencias de la vida zorruna. Tras haberse dejado toda su juventud de aquí para allá en las trampas de otros, y cuando ya no le quedaba, por así decirlo, ni un solo jirón de piel sana, el zorro resolvió retirarse por completo del mundo de los zorros y se aprestó a construirse una madriguera. En su espeluznante ignorancia acerca de las trampas y no-trampas, y dada su increíble familiaridad con las trampas, dio él en un pensamiento enteramente nuevo e inaudito entre zorros: se construyó como madriguera una trampa, se aposentó en ella y se las dio de que su trampa era una madriguera normal (y esto no por astucia, sino porque siempre había tomado las trampas de los demás por sus madrigueras). Pero él resolvió volverse astuto a su manera y aparejar como trampa para otros la trampa que se había hecho para sí y que sólo a él mismo se acomodaba. Esto atestigua de nuevo su gran ignorancia acerca de la trampería: en realidad nadie podía caer en su trampa, porque él mismo la ocupaba. Lo cual no dejó de enojarle; pues es cosa sabida, desde luego, que, aun con toda su astucia, todos los zorros caen ocasionalmente en trampas. ¿Por qué no habría de competir una trampa de zorro, y una construida por el más experto en trampas de todos los zorros, con las trampas de hombres y cazadores? Obviamente, porque esta trampa no se daba a conocer como tal con suficiente claridad. Así que a nuestro zorro se le ocurrió decorar con máxima belleza su trampa y fijar en ella por todos lados señales inequívocas que decían a las claras: “Vengan, vengan todos, que aquí hay una trampa que es la más bella del mundo”. A partir de este momento estaba ya clarísimo que ningún zorro podría nunca extraviarse y sin proponérselo caer en esta trampa. Pero, así y todo, fueron muchos los que acudieron. Y es que esta trampa servía de madriguera a nuestro zorro, y quien quisiera visitarlo en su casa, tenía que caer en su trampa. Claro que todo el mundo podía luego salir tranquilamente de la madriguera, todos excepto él mismo; pues la trampa estaba literalmente cortada a la medida de su cuerpo. Mas el zorro-que-habitaba la trampa decía con orgullo: “Son tantos los que me visitan en mi trampa que me he convertido en el mejor de todos los zorros”. Y también en esto había algo de verdad, pues nadie conoce la trampería mejor que quien se pasa toda la vida sentado en una trampa.

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27 Abril 2006

"Voces de Chernóbil", de Svetlana Alexievich

En medio de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio: “Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto”.
No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado... El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín. Una calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín era porque ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaba, igual que sobre resina. Sofocaban las llamas y mientras él reptaba. Subía al reactor. Tiraban el grafito ardiendo con los pies... Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; los llamaron a un incendio normal...
...
Él no quería ir al médico. “No noto nada. No me duele nada”. Y entretanto los ganglios linfáticos ya tenían el tamaño de un huevo de gallina. Le metí a la fuerza en un coche y lo llevé a la clínica. Lo mandaron al oncólogo. Un médico lo examinó, llamó a otro. “Mira, otro de Chernóbil”. Y ya no lo dejaron marchar.
...
Ya había muerto, pero seguía caliente, caliente... No se lo podía tocar...

Paré los relojes de la casa... Eran las siete de la mañana... En casa los relojes siguen parados hasta hoy, no se ponen en marcha. Los relojeros que hemos llamado se quedaban sin saber qué hacer:

“Esto no es un problema mecánico, ni físico, esto es metafísica”.
...
Nunca he visto a tantos soldados…

Los soldados lavaban los árboles, las casas, los tejados... Lavaban las vacas del koljós... Y yo pensaba: “¡Pobres animales del bosque! Nadie los lava. Se morirán todos. Tampoco el bosque nadie lo lava. Y también se morirá”.

La maestra nos dijo un día: “Dibujad la radiación”. Yo pinté como cae una lluvia amarilla. Y corre un río rojo...”
...
Un país estalinista. Seguíamos siendo un país estalinista...

En las instrucciones para situaciones de guerra nuclear se dice que, en caso de amenaza de un accidente nuclear, o de un ataque nuclear, es necesario aplicar de forma inmediata una profilaxis a base de yodo a toda la población. ¡En caso de amenaza! ¿Y qué es lo que teníamos aquí? Tres mil micro roentgen por hora... Pero lo que les preocupaba no era la gente, sino su poder... En un país donde lo importante no son los hombres sino el poder... La prioridad del Estado está fuera de toda duda. Y el valor de la vida humana se reduce a cero.
...
Tengo una hermano pequeño. Le gusta jugar a “Chernóbil”. Construye un refugio, cubre de arena el reactor... O se viste de espantapájaros y corre detrás de la gente y los asusta: ¡O-o-o…! ¡Soy la radiación! O-o… ¡Soy la radiación!”

Aún no había nacido cuando ocurrió aquello.

Un libro que pertenece a la serie de narraciones sobre grandes desastres industriales del mundo como Era medianoche en Bophal de Lapierre y Collins. La memoria histórica colectiva, el testimonio y el documento periodístico, géneros que maduraron con las primeras fabricas de la muerte en Auschwitz o Dachau, enlazan aquí con el corifeo griego; hay una voz popular que canta terribles males.

Testimonios puestos por escrito, de esos que forman parte del único tipo de acto “sobre el que no prevalece la negligencia de las constelaciones ni el murmullo eterno de los ríos: el acto mediante el cual el hombre le arranca algo a la muerte”.

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14 Abril 2006

Libro Alemán

Fotos pertenecientes a El Círculo de Bellas Artes. Madrid, de 1939 a nuestros días, de José Luis Temes. Editorial Alianza.


(Jóvenes lectores en el apartado dedicado a la literatura alemana sobre España.)

Pues no, no se trata de una antigua edición de la Feria de Frankfurt. Es la exposición sobre el Libro Alemán de Madrid, de fecha noviembre de 1940, celebrada con motivo de las excelentes relaciones entre la España del Caudillo y el III Reich (antes de dar paso a ese periodo posterior definido con el decoroso eufemismo de “prudente neutralidad”, en el que nadie recordaba nada acerca de cruces gamadas en España). Las autoridades culturales de la época montaron uno de esos actos fraternales de propaganda tan habituales en todas las épocas en las que se necesitan aliados.


(La famosa escalinata principal del Círculo, desde donde todo autor o agrupación que ha querido considerarse culta debe posar para la foto del suplemento literario o el semanario dominical de rigor. La costumbre es vieja.)

Dicho todo ello en descargo de una institución cultural más que centenaria como es el Círculo, que ha repartido carnés de socio a gente como Azaña, el alcalde (entonces presidente autónomo) Ruiz Gallardón o Juan Carlos I. O sea, que las ha visto de todos los colores.

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