1984, de George Orwell: rechazado por "pro-comunista y contener sexo explícito".
El rey Lear, de William Shakespeare: reescrito para tener un final feliz.
Las crónicas marcianas, de Ray Bradbury: rechazado "por profanar y usar el nombre de Dios en vano".
La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe: rechazado por contener el termino "negrata".
El leon, la bruja y el armario, de C.S. Lewis: rechazado por su detallada "violencia gráfica, misticismo y gore".
La muerte de Arturo de Thomas Malory: retirado por "arcaico".
¿Dónde está Wally?, de Martin Handford: retirado por contener la imagen de una mujer sin sujetador. De Wally, ni rastro.
Y muchos otros libros más (y razones absurdas para no leerlos) en la Biblioteca de Libros prohibidos: principlamente se trata de un compendio de estupideces acerca de las listas de lecturas escolares en Estados Unidos, pero también contiene sus dosis de tonterías universales.

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De El rey de los vagabundos, de Neal Stephenson

Una posada en Sajonia
El barrio de los libreros tenía el aspecto y operaba como el resto de Leipzig excepto que el producto eran libros: caían de toneles, se elevaban en montones inestables, o se disponían en bloques que luego se envolvían y ataban y se apilaban formando bloques mayores. Porteadores doblados los cargaban en capachos y canastas a la espalda. El Doctor, nunca dispuesto a hacer nada de prisa, dedicó varios minutos a situar su carruaje y escolta frente a la salida más amplia y libre de la feria de libros. En particular se preguntó si a Jack no le importaría montar a Turco y (a falta de término mejor) posar entre los libreros y el carruaje. Jack así lo hizo, y con razonable alegría, habiendo renunciado a cualquier esperanza de huir de la ciudad antes del anochecer.
El Doctor cuadró los hombros, ajustó numerosos subsistemas de confección (hoy vestía un abrigo bordado con flores, como las que había pintadas en el carruaje) y penetró en la feria de libros. Jack ya no podía verle, pero podía oírle. No su voz, claro, sino más bien el efecto que la apariencia del Doctor provocaba en el sonido general de la feria. Como cuando se arroja un puñado de sal en un caldero a punto de hervir: primero silencio, luego un incremento profundo y firme.
El Doctor regresó corriendo. Se movía bien para un hombre que llevaba tacones. Le perseguían los libreros de Königsberg, Basilea, Rostock, Kiel, Florencia, Estrasburgo, Edimburgo, Dusseldorf, Copenhague, Amberes, Sevilla, París y Danzig, con un segundo escalón no muy atrás. El Doctor pasó junto a Jack mucho antes que los demás. El ver a un hombre a caballo con un sable pagano les hizo detenerse en seco. Después de eso se contentaron con lanzar libros: cualquier libro que estuviese mano. Atacaron a porteadores, molestaron exhibiciones promocionales, patearon toneles para obtener munición y el aire por encima y alrededor de Jack se oscureció por los libros, como cuando una bandada de pájaros pasa por encima. Cayeron abiertos sobre el empedrado y escupieron sus grabados ilustrativos: retratos de grandes hombres, representaciones del asedio a Viena, diagramas de dispositivos mineros, un mapa de una ciudad italiana, una disección del intestino grueso, vastas tablas de números, ejercicios de mosquete, demostraciones geométricas, esqueletos humanos adoptando poses indiferentes, las constelaciones del Zodiaco, aparejos de barquentinas foráneas, diseños para hornos alquímicos, hotentotes furiosos con huesos en la nariz, treinta estilos de ventanas barrocas. Toda la escena se desarrolló con muy pocos gritos, como si la expulsión del Doctor fuese un asunto rutinario para los libreros. Al chasquear el látigo del cochero, ejecutaron algunos lanzamientos finales poco entusiastas y se volvieron para regresar a las conversaciones que el Doctor hubiese interrumpido. Jack, por su parte, adoptó una posición ceremonial de retaguardia tras el carro de equipaje del Doctor (ahora inadvertidamente cargado con algunos libros aleatorios). Los impactos chispeantes y frágiles de las herraduras y las llantas de las ruedas contra el empedrado eran como notas celestiales a sus oídos de vagabundo.
Segundo tomo (tras Azogue) del primer libro de la trilogía titulada "Ciclo Barroco". No lo llaman barroco por nada.
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Discurso del catedrático Luna durante el Auto de Fe celebrado con motivo de la Fiesta del Libro. Patio de la Universidad Central de Madrid, 1939.
Para edificar a España, una, grande y libre, condenamos al fuego los libros separatistas, los liberales, los marxistas, los de la Leyenda Negra, los anticlericales, los del romanticismo enfermizo, los pesimistas, los pornográficos, los de un modernísimo extravagante, los cursis, los cobardes, los seudocientíficos, los textos malos y los periódicos chabacanos. E incluimos en nuestro índice a Sabino Arana, Juan Jacobo Rousseau, Carlos Marx, Voltaire, Lamartine, Máximo Gorki, Remarque, Freud y al “Heraldo de Madrid”.
Extraído de un panel de la exposición “Biblioteca en guerra”. Madrid. Biblioteca Nacional, 2005-06.
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Fernando Báez: Historia universal de la destrucción de libros. De las tablillas sumerias a la guerra de Irak

El caso de los libros-bomba
Una de las preocupaciones que se añade a esta crónica de la destrucción de libros es el uso particular dado por algunos terroristas y carteles de la mafia a los libros. Desde hace ya muchos años, se han elaborado libros-bomba, volúmenes en cuyo interior se colocan explosivos de alta potencia para matar a su destinatario cuando éste lo abre. El libro, utilizado como un medio de intimidación o asesinato, se convierte así en un instrumento de terror bastante efectivo, y cualquiera puede ser víctima de este tipo de ataque.
Hay cientos de manuales clandestinos sobre cómo hacer un libro bomba. En Internet hay textos con instrucciones detalladas sobre el uso de componentes y las construcciones menos arriesgadas. Hay incluso preferencias por ciertos autores y abundan las listas de títulos, categorías de palabras, tamaños... Ciertos grupos, por ejemplo, consideran inadecuada la Biblia y en cambio muy útil Don Quijote.
Terroristas como el Unabomber hicieron uso de este mecanismo perverso en 1980. La Casa Blanca recibe año tras año cientos de libros con bombas, que desactivan los organismo de seguridad. En Colombia, es bastante frecuente el envío de libros-bomba a políticos, fiscales, periodistas o militares. En el 2002, por ejemplo, el fiscal general de este país recibió una biografía de Simón Bolívar, en cuyo interior había 210 gramos de nitrato de amonio, los cuales hubieran podido matarlo sino fuera porque una brigada especial actuó con gran celeridad. En diciembre de 2002, el senador Germán Vargas Lleras quedó gravemente herido después de la explosión de un libro bomba. Y hechos como éste se repiten semanalmente en este país.
Cientos de empleados postales, porteros, secretarias, y hombres y mujeres de los más variados oficios, han muerto por esta causa. El 12 de diciembre de 2002 fue enviado un libro-bomba a la sede de la oficina de la redacción del diario El País, en Barcelona. Los responsables de este atentado frustrado fueron miembros de un grupo llamado Cinco C, opuestos al capitalismo, a las cárceles y a los carceleros.
El 27 de diciembre de 2003 de diciembre de 2003 estuvo a punto de morir Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, cuando abrió un libro bomba en el que se había colocado pólvora. El ejemplar que recibió fue Il piacere de Gabriel D´annunzio.
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Philip Kerr: Una investigación filosófica

Los libros visten una habitación, escribió Anthony Powell. Jake se dijo que en estos tiempos posteriores al milenio, los libros también vestían la cultivada vida de muchos asesinos en serie.
Jerry Sheriff, el hombre que asesinó al presidente de la Comunidad Europea, Pierre Delafons, le leyó "La Tierra Baldia" de Eliot de cabo a rabo antes de volarle la cabeza. Greg Harrison, típico ejemplo de asesino ocasional, estaba escuchando un disco de poemas de John Betjeman cuando, de pronto, fue poseído por un acceso de locura asesina y, armado con un montón de granadas, sembró el terror en las calles de Slough, y mato a cuarenta y una personas. El asesino en serie norteamericano Lyndon Topham dijo que había matado a un total de veintisiete personas en diferentes partes de Texas porque eran los Caballeros Negros de "El Señor de los Anillos" de Tolkien. Y Jake ya había perdido la cuenta de los asesinos en serie que pretendían estar influidos por Nietzsche.
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Carlos María Domínguez: La casa de Papel
En la primavera de 1998, Bluma Lennon compró en una librería del Soho un viejo ejemplar de los Poemas de Emily Dickinson, y al llegar al segundo poema, sobre la primera bocacalle, la atropello un automovil.
Los libros cambian el destino de las personas. Unos leyeron El tigre de Malasia y se convirtieron en profesores de literatura en remotas universidades. Siddhartha llevó al hinduismo a decenas de miles de jóvenes, Hemingway los convirtió en deportistas, Dumas trastornó la vida de miles de mujeres y no pocas fueron salvadas del suicidio por manuales de cocina. Bluma fue su víctima.
Pero no la única. El viejo profesor de lenguas antiguas, Leonard Wood, quedó hemipléjico al recibir cinco tomos de la Enciclopedia Británica en la cabeza, desprendidos de un estante de su biblioteca; mi amigo Richard se quebró un pierna al intentar llegar hasta ¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner, mal ubicado en un estante que lo llevó a caer de la escalera. Otro amigo de Buenos Aires enfermó de tuberculosis en los sotanos de un archivo público y conocí a un perro chileno que murió indigestado con Los hermanos Karamazov, después de devorar sus paginas en una tarde de furia.
Cada vez que mi abuela me veía leer en la cama, solía decirme: "Deja eso, que los libros son peligrosos". Durante muchos años creí en su ignorancia pero el tiempo ha demostrado la sensatez de mi abuela alemana.
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