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Comeclavos

Apodado también dientes largos y ojo de satán y lord high life y sultán de los tosedores y cabeza hendida y pies negros y chistera y bey de los mentirosos y palabra de honor y casi abogado y embarullador de procesos y médico de lavativas...

9 Noviembre 2006

“El árbol de la ciencia”, de Pio Baroja

Manual del buen pesimista


Esta novela comienza con el protagonista en su primer día de clase, mientras espera a que abran las puertas de la Facultad de Medicina de Madrid. Cuando leí aquellos párrafos iniciales por primera vez, hace una década, me encontraba en las mismas circunstancias, pero en un tren de cercanías camino de la universidad para estudiar otra carrera. Un trayecto diario de una hora con el que estrené la costumbre de los días perdidos leyendo en los transportes públicos.

El personaje de Andrés Hurtado, sin embargo, acabó sus estudios antes que yo. A las cincuenta páginas ya se dedica, como medico interino, a conocer todo lo malo y lo peor del género humano a través del hospital público, el sanatorio de sifilíticas o el consultorio de una partera-abortera, así como a atiborrarse de filosofía alemana y novela rusa (traducida del francés). Si a eso unimos como punto de partida la bronca relación con su familia -excepto con su hermano pequeño al que adora- y la propia experiencia de la carrera universitaria, con un conjunto de profesores fatuos e incompetentes, es comprensible que el protagonista se forje como un pesimista antropológico. Por algo termina diciendo que:

...yo no creo como Calderón, que el delito mayor del hombre sea el haber nacido. Eso me parece una tontería poética. El delito mayor del hombre es hacer nacer.

Y además con razón. Cuando Hurtado sienta plaza como médico rural en el pueblo de Alcolea, un lugar de “costumbres españolas puras”, es decir “de un absurdo completo”, los escenarios y las actitudes cerriles de los habitantes retratados son dignas de la España negra pintada por Solana.

De vuelta a Madrid ("siempre en este Madrid la misma interinidad, la misma angustia hecha crónica, la misma vida sin vida, todo igual") se convertirá en un individualista feroz, que reniega de cualquier grupo o rebaño. Lo dice bien claro: En España, en general, no se paga el trabajo sino la sumisión. O sea que hablamos de un personaje sospechoso. Hoy se diría que de él que es una persona políticamente incorrecta. He aquí al héroe barojiano urbano: Zalacaín, el aventurero, sería su equivalente campestre, menos intelectual pero igual de independiente.

Las descripciones de ambientes malsanos (prosaicamente, científicamente, malsanos y corruptos, nada de lirismos decadentes) son lo mejor del relato junto a la diversidad de personajes que entran y salen de escena, pintados con cuatro trazos efectivos: la mayoría, una colección de verdaderos idiotas y cretinos sociales a los que dan ganas de cruzarle la cara de dos guantazos. Y ese es a veces el impulso del protagonista. Solo un alma gemela, Lulú, mujer cerebral y a la que también le importa bien poco "el que diran" el resto de la gente, estará a su lado.

El único escollo de la lectura es el que se encuentra a mitad de la novela, durante la mayoría de la cuarta parte del libro, titulada “Inquisiciones”: un largo diálogo filosófico de Hurtado con su tío Iturrioz, otro personaje que no se pinta con rasgos negativos. Más bien se trata de un embrollo conceptual lleno de niebla ideológica nietzschiana, que da pie para arremeter contra la cultura semita y su derivado más directo, el catolicismo. Hay mejores ejemplos anticlericales en otros segmentos del libro. Sólo una vez leí entero este capítulo y cada relectura posterior se me hace imposible, prueba personal de que cuanto más conoces una novela puedes prescindir sin prejuicios de aquello que sobre en el texto.

No es un libro que enseñe a ser mejores personas, sino a no convertirnos en imbeciles. Definitivamente una relectura de un clásico en una edición clásica, la que lleva esa cubierta diseñada por Daniel Gil que utiliza una fotografía del mismo Baroja. Una historia más personal y autobiográfica (para Baroja, para mí) ya creo que es imposible.

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