27 Abril 2008
Comencemos, hoy, por el final de una vida, ya sea imaginada, proyectada, pensada, dibujada, poetizada...la frase que la ilustra es del escritor Alexander Pushkin, y me la dijo un amigo al oído, a gran distancia:"puedo decir que sobreviví a mis deseos".
Caben varias interpretaciones, como siempre. Una podría ser, no haber contado el suficiente coraje para enfrentarse a ellos, y pese a ello, vivir y bien. O no haberse arrodillado por ellos, y entonces, el orgullo, (o honra, promesa, respecto) estaría por encima de ellos, o más qué el orgullo fuese quizás, el miedo a no sobrevivirlos lo que impide que se cumplan (¿No hay más y ahora qué? (nos preguntamos): no llega la alegría, no hay belleza...).
Tal vez, no sabía que, hablaba en voz alta y se le escapó su deseo carente ya de anhelo, porque quizás al deseo no haya que sobrevivirlo, ni combatirlo, tal vez educarlo para que nos empuje hasta poder contemplarlo a media distancia, como Pushkin desde su horizonte
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13 Marzo 2008
Hoy no pienso en finales, ni en comienzos, sino en intermedios, en pausas que duran más que el acontecimiento al que asistimos, esas que nos hacen olvidar la batalla que teníamos pensada para mañana. Quizá más que a una película (dicen que eso es la vida hasta que llega un acontecimiento trágico que te golpea y, se acabó la representación, se acabaron los anuncios… por un tiempo) primero se nos invitó a una batalla, la propia, de ahí que no empuñáramos las armas…
Estos intermedios donde transcurre la mayor parte de la vida han sido magníficamente tratados en el cine y en los estribillos de algunas memorables canciones. Ahora sobre todo me viene a la cabeza el personaje principal de La Dolce Vtia, Marcello, el cual anda siempre demasiado liado en sus quehaceres cotidianos: persecución de famosos y fiestas (podría también haber sido trabajo y familia, ipod y sonar) como para concentrarse en su afán de escritor de novelas; casi sin darse cuenta, es arrastrado por continuas olas de placer vacío que lo alejan de su isla, sin poner, también, ningún un impedimento: que me arrastre la marea, así es la vida, olvidémonos de las batallas y de los sueños.
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10 Febrero 2008
Me planto delante de un cuadro y lo contemplo durante cierto espacio de tiempo; voy a una librería y miro la parte de ensayo (puedo estar horas); leo Esto no es una pipa, incluso cojo notas…pero solo intuyo su significado.
Cómo ignorar a Pollock, pero cómo comprenderlo, cómo no apreciar a Foucault, pero qué decir de él, cómo ir a la librería del CCCB y no echar un vistazo a esos sabios del presente de los que no sabemos nada.
Pienso en la religión, la católica, en su celebraciones, en sus feligreses y, por primera vez, me inspira cierto respeto la fe de algunos que se aferran en creer aquello que no sienten, que no ven y que incluso no profesan, pero que en el fondo les gustaría sentir y comprender y, me veo a mi delante de un cuadro, o una escultura, o frente a un libro y los veo a ellos y, estoy a su vera.
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2 Febrero 2008
Una obra de arte expresa, evoca, enseña, documenta, pero no habla, o al menos eso pensaba yo hasta que llegué a Roma y empecé a sentir el murmullo de los monumentos: fuentes, esculturas, tumbas, cúpulas...La sensación general era de extrañamiento (cómo si no supieran que han llegado al año 2008, cómo si nadie les hubiera contado cuál es su finalidad en este siglo) y de huida (desaparecer, y quedar en el recuerdo de tantas y tantas cámaras de fotos y videos y lienzos...).Los entendía y cómo no, la inmortalidad cansa, y no tiene sentido cuando no puedes disfrutar en una plaza de la contemplación de una escultura que ha sido creado para ello: ¿Para qué degradar su origen?
Me viene a la mente el protagonista de À Rebours el duque De Esseintes, que abandonado a los placeres de su castillo, decide un día partir a visitar Londres, pero a última hora prefiere perder el barco y permanecer en la taberna: teme no encontrar aquello sobre lo que ha leído, coge sus guías, sus libros de arte y acompañado de un exquisito Jerez camina sentado por la City
Y si la verdadera contemplación ya no es la verdadera, es decir, si el recuerdo pesa más que la visión directa, es decir, y si reconociera que puede desaparecer Roma pero no la Dolce Vita. Quizás viajemos para disfrutar más de nuestras películas favoritas
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19 Julio 2007
Tengo una particular fascinación por las piscinas. Esta me viene de la infancia. Me pasaban las horas nadando y buceando, sobre todo buceando. Creo que fue en una de esas tardes de verano cuando empecé a oír mi yo interior. Me gustaba estar bajo el agua, oculta para los demás y rodeada de azul. En la superficie tampoco se estaba nada mal: colchonetas, juegos, saltos…Contar con una piscina en verano era la mejor promesa de diversión. Pero terminó de repente, de cuajo.
Desde mi perspectiva actual las veo como receptáculos de sueños, promesas, y posibilidades no cumplidas que cada nuevo verano se vuelven un poco más inmensas. Es curioso, siempre están llenas y a la vez vacías: nadie se baña, nadie bucea. Hastiadas esperan que alguien se sumerja, y dé sentido a su existencia, a la propia. Me viene a la cabeza Ed Ruscha. Las piscinas ocupan gran parte de su obra: quietas, silenciosas, perennes. Se ofrecen como consuelo y condena. Ruscha pintó las piscinas de las grandes mansiones de Los Ángeles, y con ellas recogió todas las tristezas y desidias de sus omnipresentes bañistas.
Desde hace bastante tiempo que sueño con piscinas, no me ocurre muy a menudo, pero sucede de vez en cuando. Hace poco soñé que saltaba desde un trampolín a distintas. No sé que significado tendrán para el psicoanálsis, pero sé que cuando sueño con piscinas sueño sobre mí. De ese yo protegido que buceaba y jugaba feliz.

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5 Junio 2007
Un terceto recien formado escuchan Erik Satie, y beben cava a las cuatro de la madrugada. Hablan sobre situacionismo, constructos, y demás objetos surrealistas, y dadaístas. Llega una enfermera recien dormida en camiseta....Es el comienzo de un gran amistad.
El vuelo imposible de una cometa en una tarde sin aire. Cuatro adultos en lo alto de un tejado buscan a un niño de 9 años para que les ayude a volarla.
Me gustan tus gafas, dijo ella, y a mi tú. Eso fue lo primero que me dijistes. Es verdad, no me acordaba, dije yo.
Flaca, dame un beso.
Indiscutiblemente, Estrella, la pátina es un valor añadido a la obra de arte.
Al final de la escapada: Tú eres nouvelle vague, dijo él, y tú Baudelaire.
Crecen en secreto las niñas.
Entonces pregunté a un distinguido catedrático (especialista en Vanguardias): ¿Cómo se lleva eso de la historia del arte y empujar un carrito de niño pequeño?
Como dice Vicente Verdú en La forma del mundo, ya no existe la naturaleza, sino parques temáticos. Recuerdo cuando lo dijistes. Fue en clase de Contemporáneo, hablamos del expresionismo alemán, y de la crisis de sujeto causado por la no naturaleza.
Haré como Duchamp y te traeré aire embotellado de Londres.
Me quedo con esta imagen: los dos sentados en las escaleras de la facultad, repartiéndonos las fotocopias de no sé que asignatura. El viento sopla y tú me dices que echarás de menos momentos como este.
No volveran esos días en el que tiempo nos reunía, ma jolie...
Nunca te lo dije, pero te quiero y te echaré de menos infinitamente. Un beso sin fin.
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1 Mayo 2007
"Eso es lo mejor que nos ha ocurrido en toda la vida -dijo Frederic.
Sí, tal vez. Es lo mejor que hemos tenido nunca -dijo Deslauries"
(La educación sentimental, Flaubert)
Muchos finales dan pie a comienzos, pero la mayoria se terminan una vez has cerrado ese libro que te tenía subyugado, o apagado la caja de luces. Amontonadas en la memoria, reparecen esas historias en una conversación, "ese libro lo leí, pero hace mucho tiempo..." Con frecuencia no recordarmos haber visto una película, y pasamos el rato intentado adelantarnos a alguna de las escenas para comprobar efectivamente si la vimos, o no.
Suelo acabarme los libros por la noche, entonces experimento una especie de vacio y temblor, de coherencia y desasosiego. Da igual la temática del libro, el final siempre es el mismo.
Continuar y recordar. De eso se trata cuando acabas con un libro importante. Los mejores finales son los que te impulsan con más energia a buscar otros nuevos, donde perderte y encontrarlos.
Yo tuve un amigo que me invitaba a entrar en las películas; nos cogíamos de la mano y nos lanzábamos directamente contra el celoluide: Bacall, Bogart, él y yo.
Algún día contaré como termina la película. El final es triste pero así suelen ser los mejores.
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1 Abril 2007
A veces me pongo a recordar épocas pasadas que yo no he vivido aunque sí imaginado a menudo. De las que más me gusta recordar es la Época Clásica; a la mente me viene luz del Mediterráneo y el sentimiento ingenuo de saberlo todo. La admiración con que enseñan estos siglos en la escuela ha hecho mella en mi mente. Lo mismo me ocurre con los romanos. Una vez escribí un relato que se desarrollaba en el cabo Finisterre; intente imaginarme que sensación tuvieron que experimentar al toparse con el fin de la tierra.
Como no poseo apenas conocimientos de historia y últimamente por cuestiones de estudios también tengo abandonada a la historia del arte, imagino a personas anónimas en días anodinos de la historia. Es más sencillo que recordar el sabor de una gran batalla, o la resolución de una obra arquitectónica. Solamente pienso en momentos de silencio, aburrimiento, y vacío, y los traslado a otra época; la visión fugaz de una chica del 1400 que imagina el 1900; a nuestros bisabuelos regresando del campo con los trastos a rastras por –hermosos- senderos ya borrados, con un cigarrillo a medias… al ángel de la Melancolía de Durero pensado, entre otros, en la noche de los tiempos…
Existe un recuerdo que descubrí hace poco y me es el más apreciado por su unicidad e intimidad: yo recordando a mi padre (muerto), recordando su niñez (de mayor). La imagen es conmovedora:
Mi padre me habla desde el sofá, una tarde más de inverno, yo tengo unos 10 años, un azul Klein apagado colapsa el cielo, escucho atenta. Me imagino en blanco y negro a mi padre de niño, jugando con otros niños por el pueblo. Pero yo aún no he ido a Zafarraya, y la veo con viento y sin aceras. Mi padre me enseña una foto de pequeño, no hay duda, se parece a mi.
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