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<title>Cosas que nunca te dije</title>
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Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.</description>
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	<title>Cosas que nunca te dije</title>
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<title>EL IMPARABLE SOLSTICIO</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/09/27/el-imparable-solsticio</link>
<pubDate>2006-09-27T14:22:17+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Si hay algo de lo que siempre te estoy escribiendo, es de la vida misma, y del amor. No hay nada absolutamente en mis cartas que no haga vislumbrar mis sentimientos, las entretelas de mi corazón. Aunque escriba sobre Andalucía o sobre la vejez, sobre perros o sobre una tía en La Rioja, siempre se puede entrever, como si la carta llevara un cristal de aumento, todo lo que pienso, siento y yo misma soy. Cuando escribo de forma manuscrita con la pluma, es como si me pasase el folio por el corazón. Cuando lo hago en el ordenador (últimamente más frecuente de lo que yo quisiera, por lo del sentimiento de adulterio que me causaba al principio dejar la pluma para utilizar el teclado), es evidente que, por cuestiones de peso y tamaño –incluso estéticas-, no puedo pasarme la CPU por el corazón, pero como si lo hiciera. Algunas cartas derramarían sangre por los cables de la impresora, en vez de tinta. </p>
<p>De lo que sé de la vida, es que no es nuestra, sino nosotros de ella. Y que nos ha sido dada –o bien nosotros a ella- para utilizarla con propiedad, es decir, gozando de cada minuto como si fuera el último, sacando todo el provecho a la vida misma como si se fuera a terminar al día siguiente que, de alguna manera, se termina y nunca sabemos cuándo. Que el milagro de la vida es, en sí, un deber intrínseco que implica llevarla a cabo con la mayor dignidad y sin desperdiciar ni un segundo de la misma.</p>
<p>De lo que sé del amor, es que llega en cualquier momento y de cualquier manera. Que no hay que llamarlo, ni buscarlo, ni siquiera esperarlo. De lo que sé de mí, como la persona más cercana y con la que me veo obligada a convivir a todas horas, es que siempre he ansiado el amor como algo susceptible de existir, algo pleno, único, irrepetible. El amor como un trabajo consistente en ayudar a que alguien se cumpla y que, al hacerlo, me cumpla a mí misma. Me cumpla y me complete. Cuanto más impulsivo el amor, es decir, cuanto más irracional, más inmediatamente feliz. Cuanto más reflexivo, calculador y consciente, no es que se haga más humano, sino más aproximado a otro concepto que no tiene, en principio, nada que ver con él. Me refiero al concepto de la prostitución (prostitución por etimología no es más que poner en venta). Hay muchos que no tienen qué comer y prestan su cuerpo para que les den (de comer, digo). No obstante el ser humano aspira a mucho más que la comida. De ahí que existan prostitutos que sí dicen su nombre, mientras que otros hacen lo mismo pensando en otra cosa. Putos son todos, sea cuales sea su estatus y su sexo y su edad: cualquiera que finja, por un interés no amoroso, los gestos del amor, cualquiera que consienta, sin deseo, el deseo de otro para obtener algo distinto del puro gozo carnal. Aquí no cabe la caridad ni la beneficencia: o se hace a gusto o se es puto, se cobre como se cobre: en dinero, en especie, en esnobismo, en fama o en peldaños... Por eso el  haberte conocido de la manera en que nos conocimos no me preocupa en absoluto. Lo animal no se equivoca casi nunca, lo instintivo acierta casi siempre. Mientras lo sobrenatural, la razón decidiendo en total lucidez y en plena vigilancia, yerra a menudo. Al menos, en mi caso. Yo contigo decidí –no, ni siquiera llegué a decidir, eso implicaría haber adoptado la determinación de resolver algo que estaba llamado a ser solventado como si de una tarea se tratase- más bien me entregué –voluntariamente aceptado mi destino- al abandono que supone esperar que llegue la luz, el arco iris, la sugerencia. Ahí reside, pues, la garantía de acierto que, día tras día, me convence –si cabe- aún más de que mi abandono ha sido, es y, sospecho, será; mi felicidad por definición. </p>
<p>Sé que en anteriores ocasiones creí escuchar el disparo de salida. A veces eché a andar, otras tan sólo dejé que el tiempo se instalara, como un huésped insólito, sin apenas ilusión, con pretensión de algo pero sin el afán que ello requiere. Pero el amor es una ciencia exacta. No requiere pruebas, no precisa de explicaciones. Aquí no cabe la duda: o se ama o no se ama. Si hay la más mínima duda entonces no es amor. </p>
<p>Yo había llegado a olvidarme de mí misma. Últimamente, no hacía otra cosa que no llevara consigo bullicio, jolgorio, algarabía. Como si la falta de bulla implicara la soledad o la melancolía, parecía que me hubiese propuesto estar toda mi vida de cachondeo. Sin preocuparme de las resacas del día siguiente, ni de la vertiginosa caducidad de las caricias sin sentimiento. Sólo vivir el día a día, con bulla, a castañuela batiente y sin tiempo para otra cosa. Entonces irrumpiste tú. No sé si entraste violentamente o con paso suave. Pero, sobre todo, con paso firme, hacia delante, como tú lo haces todo. Sin dudas, sin vacilaciones. Ingresaste en mi vida una mañana cálida de febrero y ya nunca saldrás de ella. Y fui conociéndote, poco a poco, a ciegas, sin presentir. Sin prejuzgar. Como si fuese a terminarse el mundo –que de alguna manera se termina- y sólo existiera el presente, así me entregaba yo a ti en cada encuentro. Sin temor ni proyecto. Subió el deseo por mis ojos, llegó hasta mi boca. Extraviado y a la vez recuperado. Y tú ahí, concreto, tangible aunque inaccesible para mí en esos momentos. Pero estabas a mi alcance. Me miraste a los ojos el primer día, justo después de haberme follado infinitas veces: metiste tus ojos en los míos y yo ya no vi más. </p>
<p>Y, de repente, como un milagro, te entregaste a mí en la forma que se entrega uno como un jarro que se vacía, sin que le quede nada dentro. Por eso esta vez he escuchado el disparo de salida y he echado a correr y a amarte. Sin gafas de cerca, dejando que todo vaya desarrollándose sobre la marcha. Sin más temores que los propios. Y cada día sucede un milagro aún mejor, un día aún más luminoso, una mañana aún más resplandeciente. Si yo te doy mil caricias, tú me las devuelves multiplicadas por cien mil, si yo te tiendo la mano tú me abrazas entera, si yo caigo, tú me alzas en tus alas y me dejas en un lugar, si acaso, más arriba del que estaba antes de caer. Si yo invento una estrella, tú ya la conocías anteriormente y le das el nombre del recuerdo. Y la haces tuya. Como a mí. Y juntos malgastamos, porque para eso es nuestro, el tiempo, y porque es lo único que con él puede hacerse (con el amor también, a manos llenas). Y juntos devoramos la menuda fruta de los besos con voracidad. Y sentimos el calor de los abrazos seguidos del hola y el frío del adiós de las despedidas nos atraviesa el alma con su filo. </p>
<p>Nunca te lo he dicho pero, justo el domingo después de haber estado en el Parador, en medio del aperitivo con unos amigos colombianos; tuve que ir al lavabo porque algo aprisionaba mis sentidos. Tenía unas irrefrenables ganas de llorar (cosa que hice nada más llegar al baño) y pensaba –no sé por qué- que esa era una de las últimas veces que iba a encontrarme contigo. Así que escribí un mensaje en borrador de mensajes de mi teléfono. Sin enviarlo. Lo dejé preparado para la ocasión. Listo para enviártelo cuando descubriera o me dijeras que no querías verme más. El mensaje decía algo así como: <em>El día que tú no estés, yo miraré esa estrella. Cuando tú no estés, yo besaré tu tierra, tu río, tu trigo. Yo pondré las bridas a tu caballo cuando tú no estés. El día que tú no estés</em>.... Al poco tiempo lo borré. Supe que no tendría que enviártelo.</p>
<p>El imparable invierno se acerca. Y con él, tú. Ambos os vais instalando, os siento llegar. Y llegarás ya pronto. A nuestra casa. Todo manga por hombro. Todo por ordenar. Las bombillas desnudas inaugurarán la luz a unos días llenos de albor, de resplandor. Y yo iré a esperarte. Y ya nunca tendré que dormir sin ti. Y volveremos a despertarnos juntos, a un mundo recién inaugurado, ileso, intacto, virgen. Día tras día. Con el afán de nuevas pasiones o, en su defecto, como decía Lezama Lima, el escritor cubano: utilizaremos las viejas pasiones con igual intensidad que si fueran nuevas. Con el ardor de siempre. Porque, en la vida y en el amor, todo es arder. Ahora y siempre. </p>
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<title>MORIR DE VIDA</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/07/03/morir-vida</link>
<pubDate>2006-07-03T12:53:07+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>El otro día te hablaba de la alegría, del dolor sobre todo. No podía, por menos, dejar de hablar de la felicidad. La felicidad es otra cosa. Es, siempre, otra cosa. Como el amor. Quizá lo que muchos llaman felicidad tienda yo a llamarla gloria, o incluso éxtasis. Una especie, quizá, de abstracción, que no embobamiento, que me llena por completo y me convence de que la elevación al cielo existe en tierra.  Para algunos la felicidad puede residir en la serenidad, o bien en la prosperidad, en la fortuna, o incluso en la simple satisfacción. No es lo que yo quiero para mí, en ningún caso. Quizá sea lo que busque con sesenta años, pero no ahora mismo. No me extrañaría que la serenidad fuera un logro a cierta edad. No lo es, al menos de momento, en mi caso. Soy consciente de que el éxtasis, la alegría ilimitada, es una especie de trastorno mental transitorio, una salida de sí mismo, una enajenación o alteración tendente a desaparecer: el hombre o, <em>mutis mutandi</em>, la mujer, no puede habitar en el éxtasis, no puede vivir con los ojos en blanco permanentemente. Se afirma que amar con tiento lleva a la felicidad. Pero los límites de la prudencia, ¿dónde están? ¿Acaso la virtud de la realidad con los pies en la tierra, nos hace más felices? Nos puede hacer, por ejemplo, más reflexivos, más consecuentes, pero no más felices. </p>
<p>Por eso entiendo que el equilibrio entre esa especie de enajenación mental y ese aceptar la realidad con los pies en la tierra es la perfección, camino de la real felicidad. Pero, al menos en mi caso, siempre he ansiado esa enajenación mental, por necesaria, para sentir que la vida merece la pena. Ese andar con los ojos en blanco es lo que me permite levantarme con otra cara.<br />
No aspiro, por tanto, a esa satisfacción o serenidad encaminada a la sabiduría que llega, siempre, cuando no se puede aspirar al éxtasis por cuestiones obvias. No se salta como un poseso de alegría con cierta edad, aunque las ganas no falten. Así que puedo afirmar que mi ansia se centra en el más puro éxtasis, a pesar de saber que éste es precario y fugaz. Pero, ¿no es acaso fugaz la vida también? Si la comparamos con el universo entero sí lo es. Y nadie decide poner punto y final antes de ser llamado a ello. Precario es el disfrute del baño y, sin embargo, todos bajamos la cuesta –para luego volver a subir a casa- hacia el río. Y con tales visos de precariedad, nos sumergimos de lleno en la vida, en los tediosos estudios, en la búsqueda de trabajos de infinitas horas, en las efímeras llamas del amor; nos zambullimos en el río hasta calarnos con la vehemencia que la misma vida nos ha dado, sin pensar siquiera que no siempre vamos a estar aquí, que llegará un día en que todo lo que hemos hecho no signifique nada, ni los estudios, ni el trabajo, ni el amor siquiera. ¿Quién es tan osado de desafiar a la vida, precisamente, por su afán de precariedad y fragilidad? Por eso me permito hablar así del éxtasis, de la gloria, de lo que entiendo yo por felicidad. Su precariedad no quita ni un ápice a su efervescencia. Si estoy en éxtasis es problema mío sentir cuándo he de apearme para dejar paso a otros quehaceres, sin descuidar el amor, que es un quehacer que no se termina de hacer nunca. </p>
<p>La sabiduría es un conjunto de conocimientos dirigidos hacia la vida práctica, culminando en el sosiego. Un sosiego no en plan un oso hibernando, sino el procedente del autodominio, de una cierta intuición, y de la experiencia y la madurez, aunque ésta última no he sabido bien qué es exactamente. Yo, por supuesto, gozo de mí misma en mi propia existencia, y comprendo que hay algo que me excede, y me dirijo a ello, y he escuchado las ofertas de la fortuna y el éxito social y las he rehuido, porque son más efímeras que yo misma y más contingentes que mis propias aspiraciones; para mí nada de esto constituye la felicidad. Porque realmente a mí me exceden las ofertas de amor, de pasión irrefrenable, de adoración ciega, por muy efímeras que también estas resulten. Aquí no trato de mantener equilibrio ninguno. En este caso soy desmesurada, no necesito mantener la calma. Más bien necesito gritar y bailar. Y saltar, a pesar de mi edad ya nada infantil. Acaso sea este todo mi caudal, el que prefiero a éxitos profesionales, o éxito social, o fortunas o fama, este caudal mío está por encima de los tesoros mencionados, porque en él no anochece nunca y es él el que me vacuna contra cualquier posible tentación de alargar la mano en busca de los bienes inferiores. A este día a día y gota a gota que, como una erosión de arena o agua, actúa sobre mis desniveles, mis acritudes y mis crispamientos; a esta personal arquitectura que ha hecho habitable la casa que, hasta hace un año, no lo era, le doy el adorable nombre de felicidad. Son obras que emprendí para andar por mi casa sin tropezar y sin caer: la adecentaron y la pusieron más bella desde que la felicidad se dignó a rozar con su hermosa y breve mano la aldaba de mi puerta. </p>
<p>Siempre me lo he repetido, en voz alta y en voz baja. Siempre se lo he repetido a quien he querido y respetado: <strong>Vive el presente con la mayor intensidad que seas capaz</strong>. El pasado es un camino, no siempre recto, para alcanzar el hoy; el mañana, si es que te llega, será una consecuencia que ha de traer entre las manos su propio afán. Realmente el presente es casi nada. Es tembloroso, y su estado de ánimo a veces no está destinado a perdurar, pero es lo único que tenemos. El presente ha de prolongarse, estirarse hora tras hora, y todas hieren, menos la última, que mata. No siento remordimientos del pasado, ni temor por el futuro. Quiero sentir que no hay más gozo que el presente –carnal y lúcido, inevitable, inmediato-, o el dolor del presente, enriquecedor y válido también...</p>
<p>Sé que es bobo decírtelo. Sé que temes a la muerte, pero temes más a la vida, y tú bien lo sabes. Pero antes que cualquier, digamos, norma, ten ésta en cuenta: no te separes de la vida. No dejes de abrazarte a ella con fuerza: ni por cobardía, ni por pereza, ni por sensatez. Abandónate a la vida (morir de vida es un buen final), sin que la manche ninguna pasajera tristeza, ningún pesimismo, ninguna sombra tuya. Y pregúntate de vez en cuando para qué estás aquí: quizá sólo estés para averiguarlo. <strong>Si puedes, cuando puedas, sé feliz</strong>. Pero, aunque no lo seas, no lo olvides: el tesoro del niño está aún próximo a ti, lo tocarás si alargas la mano (la delicada mano), no lo disminuyas a tu costa. Te lo repito: jamás te separes de la vida; por nada de este mundo te separes. Cuando alguien te aconseje por prudencia, desóyelo y aléjate de él. Y recuérdalo a cada instante: la obligación más exigible de un ser vivo –la primera- es vivir: vivir por encima de todo lo demás. La vida es tu oportunidad, la tuya sólo: tus errores, tu inevitable fiesta, tus dudas, tus fracasos, tu muerte intransferible y tan personal. Tu posibilidad, sólo la vida. Sea o no un sueño. Porque hay que vivir el sueño y hay que soñar la vida apasionadamente. </p>
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<title>HACE UN AÑO</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/06/05/hace-ano</link>
<pubDate>2006-06-05T15:49:13+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>El pasado verano reuní mis bártulos para irme con la música a otra parte. Un año ya: Se detuvo a la puerta el camión de mudanzas. Por grande que fuese, quién iba a imaginar que en él cabría la inmensidad de los recuerdos. El tiempo va dejando las huellas de su paso en los cajones. Cuántos libros leídos y aprendidos frente a cuántas ventanas: ocuparán un sitio, frío aún, en diferentes estanterías. Cuántas pinturas que alegraron los ojos a una determinada luz, que ahora será distinta. Cuántos objetos significativos que el corazón hoy recupera antes de que mañana vuelvan a ser recónditos. Y decía yo: Han embalado mi vida. Han cogido mis cosas, que cambiarán de sitio, pero no de propósito. Han empaquetado las ilusiones desvanecidas junto a las que, hasta ayer, me llenaron de flores...</p>
<p>Hoy reflexiono. No dejo de pensar en las tantas mudanzas de mi vida. Sin calcularlo, se aproximan, con pasos de paloma, el tiempo en que era niña, los tibios días de la adolescencia, las evidencias de tantas tardes solitarias, los increíbles viajes, tantísimas entradas de cine, los regalos que una mañana desenvolví sonriente de impaciencia. Manejo pruebas de papel, de seda, de madera, de mármol: testimonios de la que yo fui. Mi mundo entero cabe en el camión de esta mudanza. La colección de brújulas de mi infancia aparece de pronto; la lámina de <em>El paso de la Laguna Estigia de Patinir</em>, el cuaderno de <em>Centauro</em> que un famoso escritor –hoy muerto- me regaló a mis nueve años para apuntar las citas de otros escritores; las cartas que un remoto mediodía me estremecieron... Con mis manos descuelgo el cuadro de <em>La Virgen Lectora</em>: mi abuela me lo dio y me ha ido acompañando siempre, siempre. Dejo caer la mirada sobre una pulserita de niña con una fecha inscrita (en las lápidas también hay inscripciones). Recojo mis artículos personales. Un cepillo de dientes dura más que el amor. Miro mis libros, las dedicatorias maravillosas. ¿Dónde se encuentran las hermosas manos que escribieron esas bellísimas frases?: ¿acaso repitiendo a otros oídos, con la misma dulzura, las dulces frases que hay escritas en estos libros? “<strong><em>Yo opondré a tu abandono la elevada torre de mi divino pensamiento”</em></strong>. No es verdad. Nunca es verdad. “Que tú eres tú: la humana primavera, la tierra, el agua, el aire, el fuego, todo, y yo soy sólo el pensamiento mío”.</p>
<p>Hace un año miraba la nueva casa, estaba sin rematar: toda manga por hombro. Llegaré pronto, me decía, -quizá antes, quizá sea demasiado pronto (el ansia de huir), y padeceré las consecuencias de los, hasta hace poco, monopolios: el gas, la electricidad, el teléfono, el agua se resistirán. ¿Qué importa? Al principio no funcionaban la mitad de los aparatos; la corriente iba y venía a su capricho, lo mismo que mi alma en ese momento, hace un año. ¿Qué importa? Habrá calor dentro de nosotros, pensaba. ¿No va y viene, entre el recuerdo y la esperanza, nuestra alma? Y mi pregunta, absolutamente todo todo el tiempo de mudanza: <strong>¿Funciona de veras mi decisión de poner punto y aparte?</strong> Ahora, finalmente, sé que sí. No creo ya que me vuelva a mudar. Una vez llegó Pablo, una vez fui a donde él estaba (y estará siempre), será un punto final. No quiero moverme de donde él está. </p>
<p>Hay preguntas que no conviene hacer. Empezamos un párrafo. No obstante, seremos incapaces de modificar el argumento. ¿Qué muda la mudanza? Escribió Horacio que las penas se montan a la grupa y galopan a la vez que nosotros. Es cierto. Yo también he venido entre tantos enseres, y he traído la añoranza y el deseo y la capacidad de amor intacta. Yo he de esforzarme en construir entre estos nuevos muros un lugar donde no pueda ser traicionada sino por mí misma. Y eso es duro. Y temible. Soy como una solitaria solidaria. Solitaria y sin mí. En las vacías mesas pondré nuevas macetas, nuevos singonios, hijos del que murió a la vez que moría mi alma. Plantaré nuevos ficus, nuevas caléndulas que crecerán en marzo siguiente.... <em>“Esta sangre</em>”, me digo, “<em>debiera ser de piedra</em>”. <strong>Pero lo inolvidable también se olvida</strong>. Como si por repetirlo, me lo fuera a creer de una vez, me digo una y otra vez: “Sé bienvenida a tu nueva casa. La vida empieza ahora, ahora, ahora”. Qué fútiles somos, qué poco dura un beso, qué poco una sonrisa y, sin embargo, cuánto dura el recuerdo. El recuerdo me acompañará para siempre, siempre. ¿Qué es siempre? ¿Hasta cuándo dura siempre? Supongo que esa sonrisa, ese beso, ese recuerdo será lo que prolongue mi vida. La prolongue y la salve. A través de esa sonrisa, ese beso, ese recuerdo, me retendrá la vida con sus insospechadas zarpas de oro. “Bienvenida a tu nueva casa. Bienvenida a tu nueva vida. Bienvenida al mundo del recuerdo. Bienvenida al nuevo paisaje de la memoria. Bienvenida....”</p>
<p><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/calcuta.bmp" width="610" height="400" class="imgizqda" />
</p>
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<title>MAYO EN LAS ROZAS</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/05/22/mayo-las-rozas</link>
<pubDate>2006-05-22T17:08:37+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Mes de mayo. Demasiado calor. Es de noche, y Ella está justo mirando por la ventana. Entonces te ve. Te reconoce por los andares. Ese caminar tuyo más propio de los cojos que de un chico joven y sano. Vas caminando con un objeto en una de tus manos. Has engordado. Llevas el pelo largo. Has cambiado los zapatos por las zapatillas deportivas. Muchas cosas han cambiado. Ella sigue siendo la misma. Lleva un vestido de tirantes: azul turquesa. Ella se está cepillando el cabello, y lo hace en la ventana. Se acaba de aplicar una refrescante crema por todo el cuerpo, y por eso ha dejado el cepillo sobre la mesilla para extender bien el exceso de crema en el cuello, brazos y pecho. Ella se siente sexy. Entonces es justo cuando tú crees verla. Sabes dónde vive, así que es fácil. Vislumbras su figura en la ventana, con el pelo tan largo, tiene la piel bronceada porque acaba de llegar de pasar unos días en la playa, y tú la ves tan sexy. Ahora ves cómo El la toma por detrás: la rodea con sus brazos y la besa. En ese instante tú llegas a la esquina, y has de torcer para tu casa. </p>
<p>En el camino hacia tu casa, te la imaginas planchando sus camisas, preparándole la cena y cogiendo sus citas para el médico. Te la imaginas con él en la cama. Te la imaginas tumbada junto a él charlando sobre cualquier tema, con la sonrisa en toda su cara. Te la imaginas tomando su mano. Te la imaginas con su mano sobre sus muslos, metiéndose su pene en la boca mientras acaricia sus testículos. Te imaginas su pelo sobre el pecho de El. Te la imaginas canturreando mientras hace las tareas de la casa. Te la imaginas presentándoselo a sus padres. Te la imaginas con un vestido de novia mirándole con pasión, con un cariño infinito, con una promesa de un para toda la vida. Echas de menos lo que se llama vida en común: el aguardar el sonido de un timbre o de una llave; el mirar el reloj porque parece que se retrasa; el dejar que la conversación resbale y decaiga porque el silencio se instala como un huésped benéfico en medio de los dos; el dar las buenas noches con un beso liviano que abre camino a otros besos más hondos; el discutir qué película ver; el tener los libros en el suelo o en cajas por no tener sitio para estanterías. La vida en común que sabes que Ella tiene y adora. Esa vida en común que muchos detestan, que muchos tildan de difícil. Pero es que esa lucha y ese arduo camino es lo que tú quisieras y te parece delicioso de veras poder compartir todo con alguien. Y te refieres a todo: la pasión, la dulzura, la ternura y también los malos modales, las facturas, el estrés, las enfermedades, la risa, la calma, la música, el día de trabajo agotador, y todo, todo, absolutamente todo.</p>
<p>No has llegado aún a tu casa, aunque falta poco. De repente te imaginas que Ella está contigo, que plancha tus camisas y besa tus párpados. La recuerdas perfectamente. Eres consciente (en realidad siempre lo has sido) de que no merecías tanto como Ella te dio. Ella no es para ti. Ella es para El. Son tan felices. Y tú... tú ya has llegado a tu casa. Esa casa que los arquitectos construyeron para la soledad. Esa casa en la que nadie te espera. En la que no esperas a nadie. Quizá tan sólo ocasionalmente. La gente va y viene, como tu ánimo. Hay más pisos. Hay más habitaciones. Pero una casa que se conoce entera no merece habitarse. Total, tú siempre entendiste de casas. Cada uno tiene lo que se merece. Al menos esa certeza tienes. </p>
<p><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/almendors.jpg" width="533" height="400" class="imgdcha" />
</p>
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<title>CON LAS MANOS LLENAS</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/04/19/con-manos-llenas</link>
<pubDate>2006-04-19T12:40:06+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Vengo de la calle. Sola. Recuerdo cuando bajaba con Buster. ¿Tanto tiempo ha pasado? Casi en mayo y hace un fresco poco habitual. Quizá sea mi corazón que está frío. Me pongo un jersey. Quizá me haya puesto el jersey a modo de coraza contra los peligros de esta primavera que empieza, convaleciente aún de la larga enfermedad que me supuso el invierno de cinco años de relación patética, de su larga tristeza. De tantos sinsabores sin más recompensa que la de haber, finalmente, terminado.</p>
<p>Escribo estas líneas (ayer lo hice con pluma, al menos en casa así lo hago, abandonando –sólo temporalmente- el ordenador). Escribo estas líneas –decía- con esperanza (esa virtud bajita con las piernas más cortas que la caridad o la fe). ¿Qué sería del mundo si no hubiera esperanza?</p>
<p>La seguridad nos hace débiles. Estoy totalmente convencida de que cuanta más seguridad tenemos en nuestro entorno, más espontaneidad perdemos. <em><<br />
<Trabaja, hijo, estudia mucho para conseguir un buen trabajo que te ofrezca seguridad>>, </em>nos dicen nuestras madres. ¿Seguridad de qué?, me pregunto yo.</p>
<p>La inseguridad nos hace hostiles: herimos a los demás con nuestro escudo más que con nuestras armas. El temor a no ser bien recibidos nos impide intentar que nos reciban. Y, sin embargo, nadie sabe su verdadero nombre hasta que no es llamado por una voz ajena. Pero, la verdad, la seguridad pierde al hombre. Es curioso que los padres, para el porvenir de sus hijos, a quienes aman, aspiren a la seguridad. Seguridad, ¿de qué?: de ingresos, de instalación, de accesorios, de posición, de exterioridades. Seguridad, ¿a costa de qué?: de iniciativas, de movilidad, de viveza, de riesgo, de progreso (es decir, a costa de aquello que de más humano –por frágil, por crecedero, por íntimo, por perfectible-viene del hombre).</p>
<p>A cualquier opositor se le anima diciendo: <em><<br />
<Trabaja, hijo. Mátate durante dos o tres años. Ya tendrás largo tiempo de descansar, de salir con la novia, de hacer lo que te plazca. Cuando hayas sacado la oposición y estés seguro>>. </em>Qué terrible amenaza la de estar <em>ya</em> seguro. Qué pena para las oposiciones, ser mejor que los demás. </p>
<p>Igual que monopolizar. Los monopolios significan llevar al extremo aquel sentimiento de <em>victoria-por-incomparecencia-de-contrarios</em> que en la seguridad apunta. Por eso podrán decir que el metro de Madrid o la estatal Renfe funcionan bien. A pesar de estas huelgas que dan lugar a que espere casi media hora en la estación por las mañanas y más de una hora ayer por la noche. Y decía yo a un señor bajito y con una bolsa para el portátil al hombro: <<A ver si lo privatizan y despiden a la mitad>>. <<A ver si lo automatizan y despiden a todos>>, decía él, inexpresivo. Pues también es verdad, pensé yo...</p>
<p>Pero, decía, escribo estas líneas con la esperanza de que habrá un mañana mejor, de que esta situación es sólo temporal, de que el ser humano es fugaz, pero también auténtico. Con la esperanza de que, al menos, habrá un mañana. Con las manos llenas de todo lo que yo soy. Con las manos llenas... con mis manos.</p>
<p><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/sierra leona.jpg" width="446" height="456" class="imgcen" />
</p>
</<A></<A></Trabaja,></Trabaja,>]]></content:encoded>
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<title>PABLO</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/02/22/a-pablo</link>
<pubDate>2006-02-22T17:25:46+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Decía Chillida: <em><
<Por las mañanas cuando me levanto me mido. No para saber si he ganado altura, sino para saber si he crecido>>. </em><br />
Llevo observando el cielo desde que tengo consciencia de mí misma. Así me crezco. ¿Puede alguien que no tiene nada crecer? Si desde mi casa puedo ver el mismo cielo que ves tú, ambos podemos crecer. Es más: somos igual de grandes siempre que miremos el mismo cielo. Alguien desde su mansión verá exactamente el mismo trozo de cielo y no por verlo desde su casaza esta persona es más grande. A veces nos pesa todo. Sentimos un nudo en la garganta que nos oprime y no nos deja respirar, nos cuesta seguir... Es el peso de todo (no, no te preocupes, no es que hayamos engordado). Nos pesa lo vivido, pero sobre todo nos pesa lo no vivido: la cama no compartida, el zumo del desayuno, las malas noticias, el plancharte tus camisas, los cuadros sin colgar, las interminables tardes de domingo. Este sentimiento está más cerca de la desesperanza que de otra cosa pero no por eso ha de hacernos más pequeños como personas. </p>
<p>Una vez, cuando éramos más pequeños, mi hermano encontró un gorrioncillo que no podía volar. El frío del invierno había dejado inutilizada un ala durante un breve espacio de tiempo, justo cuando mi hermano lo subió a casa. El pobre se encogía, estaba asustado y aterido de frío. Mi hermano lo tenía entre las manos cogiéndolo firme pero con delicadeza y el pajarillo trataba de echar el vuelo pero con mucha torpeza y sin éxito. Recuerdo que Buster, nuestro perro, estaba todo el rato pendiente de las manos de mi hermano merodeándole intranquilo como si esperase que el gorrión iba a ser un juguete de esos que le dábamos para roer. Después de varios minutos, el pajarillo venció la torpeza al entrar en calor y pudo echar a volar poco a poco. Mi hermano fue hacia la terraza, se cercioró de que efectivamente no iba a desmoronarse y le soltó. Nos quedamos mirándole mientras echaba el vuelo y se alejaba. Buster le miraba también con los ojillos cristalinos como esperando su vuelta en cualquier momento. Así es como los humanos nos quedamos mirando las cosas que se nos van, como esperando que vuelvan en cualquier momento. Eso es lo que conocemos como eternidad. </p>
<p>Afortunadamente no todo está perdido. La felicidad, decía Proust, <em><<no existe, sólo podemos ansiarla>>. </em>Pues sí, al menos es lo que yo hago. Por eso debe ser una máxima para ti: Sé feliz y sé consciente de que lo eres. Siempre que puedas, sé feliz. Derrocha el tiempo siendo consciente de cuánto derrochas. Utiliza el tiempo no como si fuera un pasillo angosto y reducido sino como si fuera un amplio salón de baile en el que te puedes mover libremente. Andurréa, canta, baila; aunque no tengas piernas. Sé consciente de que estás deseando como nunca hacer todas esas cosas y nunca envejecerás porque habrás vencido al tiempo. Espero estar ahí para comprobar que sigues tan joven como cuando te vi en la cafetería de El Escorial por vez primera. Espero vencer al tiempo gracias a la belleza de las noches sin dormir contemplando tu rostro tan bello.</p>
<p>Hay algo que me atrae terriblemente. Más que la belleza, más que la inteligencia; incluso más que la juventud. Es la alegría de vivir (la eterna Carmen de Bizet). Las ganas de vivir <em><strong>a pesar de todo</strong></em>. Esa lucha continua que es el vivir –a pesar de que la vida no es nuestra, sino que nosotros somos de la vida- nos pone continuamente en la tesitura de tener que elegir (la comida de hoy, la película de ayer, el viaje de dentro de tres meses, incluso si comprarnos un coche o no). Elegimos todo aunque a veces se nos elija por nosotros. Pero siempre que tomamos una decisión, incluso cuando ésta sea equivocada, sabemos que somos nosotros los que la hemos tomado y eso nos hace sentirnos libres. Alguien muy pobre podría elegir ser rico pero, seguramente, sería muy difícil para él salir de su pobreza o quizá no llegando por métodos no muy éticos. Aún así estaría eligiendo la forma de continuar con su vida <em>(<<La abundancia me hizo pobre>>, </em>decía fantásticamente Ovidio). Afortunadamente para nosotros no es tan compleja la acción de elegir. ¿Qué es lo que realmente queremos? Ansiamos amar y ser amados. Esa es la pauta general. Pues bien, amemos y dejémonos amar. Que sea recíproco, que merezca siempre la pena. Amemos sin recato, besando, abrazando, tocando. Qué poco tocamos y qué poco somos tocados. Mi abuela solía decir que la única gente sin tacto que conocía era la maleducada. Y es que, en nuestra condición de mamíferos, tenemos la característica de poder tocar y sentir que tocamos y que somos tocados. Yo elijo amar, tocar, besar y abrazar. Sin reparo, sin recatos más bien propios de una vergüenza malentendida. Por eso no quiero que nuestra cálida cama de amantes inagotables, de risas y de muslos estremecidos y piel de gallina se convierta en la gélida cama conyugal. No, no, eso jamás!!!!</p>
<p>Y amar y ser amado no es vivir de la costumbre. Tampoco lo es vivir del olvido. ¿Por qué olvidar? Realmente no creo que se olvide. ¿Acaso no estamos hechos de todo lo que olvidamos? No, yo no quiero olvidar (<em>se me olvidó que te olvidé, a mí que nada se me olvida</em>). Pero sí pongo en una balanza las cosas que me merecen la pena y aquellas que me hacen desgraciada. Y me inclino del lado de las cosas que me hacen feliz. Y por eso me quedaré a tu lado y te invito a que me lo permitas de manera que todo lo que nos ocurra sea simplemente por una razón: porque hemos elegido vivir moviéndonos por la amplia sala de baile.</p>
<p>Entonces algún día le podremos decir a Chillida: <<No, Señor, nosotros no nos medimos. Nosotros nos pesamos. No para saber si hemos engordado sino para saber si esa felicidad nos hace crecer>>. Y yo, Pablo, sinceramente, sé que sí.</p>
<p><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/PABLO.JPG" width="2048" height="1536" class="imgcen" />
</p>
</<No,></<La></<no></Por>]]></content:encoded>
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<title>14 DE FEBRERO</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/02/14/14-febrero</link>
<pubDate>2006-02-14T12:08:24+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Decimos amor y se nos llena la boca de mieles. El amor no es distinto de nosotros mismos; es una emanación nuestra, una urgente necesidad de descansar en algo o en alguien. Vamos por una larga carretera, y nos detenemos a pernoctar en un motel. En ocasiones pasamos en él sólo una noche; en otras, continuaremos el camino acompañados. Pero la duración de la compañía no le transforma la esencia al sentimiento. <em><<Quizá hubiera descansado mejor solo></em>>, se dirá alguno. <em><<Quizá me equivoqué al elegir este motel>>, </em>se dirá otro. Y, sin embargo, ya el descanso y la equivocación y el acompañamiento iban dentro de ellos. ¿Es cuestión de elegir, o sea, es cuestión de arriesgarse? No sé si se elige el amor; pero, en definitiva, lo que importa es el camino; cómo se haga es un asunto personal.<br />
Lo que sí veo es que <strong>el amor </strong>no empequeñece, <strong>amplía</strong>. Y que el amor no se paga con el olvido, ni con el amor sólo; se paga reflejándolo, devolviendo –cada cual en lo suyo- la riqueza con que nos inundó. Y por eso, tal vez, escribo yo. Por eso quizá necesito yo materializar de alguna manera la amplitud que el amor me ha dado. </p>
<p>Por eso me parece una risible contradicción hablar del <em>día de los enamorados</em>. Intentar reducir el océano a una charca de veinticuatro horas resulta sorprendente. Tal desacreditadora fecha se inventó por vendedores de recuerdos. Pero el amor más verdadero no los necesita; está presente, iluminando todo igual que un faro: la noche y el motel y la carretera. ¿Es que acaso los amantes no saben cuál es su día inconfundible? Parece mentira que los amantes dejen que el entusiasmo y el rapto con el que el amor los arrebató concluyan en comprarse dos frascos de colonia o una corbata.<br />
Yo vengo de ese amor; no creo que vaya más a él. Por eso me permito hablar así. Sé que no se puede decir de esta agua no beberé; pero tampoco puede decirse de esta agua beberé. Yo, por lo pronto, ya he bebido. No sé si suficientemente; está claro que nadie bebe más agua que la necesaria para apagar su sed.<br />
De ahí que el amor dependa por entero de nosotros: de nuestra capacidad de ingerir y empapar y filtrar el agua de sus fuentes. No creo –repito- que vaya más hacia él; si me detengo en un motel de paso, no será para descansar, sino para morir, si es que morir no es sólo descansar. Y, aunque se produjese el adorable y menudo prodigio, no habrá manos, ni ojos, ni alma, ni cuerpo que me absorban, que me consuman, que me aten. Puesta a beber, mi sed sería mayor; pienso que sería insaciable. Y sólo encontraría agua en tus manos, en tus ojos, en tu alma y en tu cuerpo; absorbida, consumida y atada por ti. </p>
<p>No, nadie va a convertirme en celebrante del día de los enamorados. Mí día es aquél que paso contigo, o en el que hablo contigo, o en el que escucho tu voz y reímos juntos de la misma anécdota. Sólo de tal amor puede afirmarse que sea el motor del universo. Pero temo que a esa idea, en el día de mediados de febrero que se dedica a los enamorados, no se la llame amor.</p>
</<Quizá></<Quizá>]]></content:encoded>
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<title>OIDO</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/02/07/oido</link>
<pubDate>2006-02-07T14:52:08+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Era o podía ser presumible que, en este blog, sólo se hablara de nuestra intimidad, que se tratara de una retrospección sincera y reflexiva. Pero ¿quién aparta la urgencia de la vida? Ya vuelvo atrás los ojos, me recojo en mí misma y escucho, de repente, el acuciante silbido de la realidad que me reclama. Ahora mismo. Aquí mismo. </p>
<p>Hoy voy a hablar -¿y cuándo no?- de la vida. O sea, voy a hablar de, como dicen los andaluces, las entretelas de mi corazón, de mi médula misma reflejada en un cristal de aumento. Porque yo te decía un día: <em><<Lo que a mí me pasa es que creo que la vida, quien la inventó, la inventó para ser vivida no a medias, que no la convirtiéramos en un ejercicio de moderación, sino para que la consumiéramos hasta el fondo, con exaltación y apasionamiento>></em>. Recuerdo que mamá, como siempre más moderada que yo en todo, me apuntaba: <em><<Te envidio Concha, así es como tú la has de vivir y serás feliz>></em>.  Cuánto he ansiado consumirme en tus llamas. Te digo esto, como todo, con una sonrisa en los labios, estos labios que tú has besado y que sé que aún recuerdas porque no quieres olvidar ni puedes, ni tampoco quieres permitirte el lujo de olvidar: <strong><em><<Se me olvidó que te olvidé, a mí, que nada se me olvida>></em></strong>. ¿Olvidar? ¿Es posible el olvido? ¿No estamos hechos de cuanto olvidamos?<br />
Tú que me sabes de memoria y yo que te sé al dedillo, sabemos los dos que la vida es vida siempre y no tiempo. Me abate el hecho de saber que cuanta más vida tengamos, más vida habrá de morir; y, para empequeñecer la muerte, achicamos la vida. Qué tontos, Dios. Nosotros, -al menos yo-, ya no. Nunca más. Ahora agrando cada momento. Vivo para ser feliz. Ahora más que nunca.</p>
<p>Esta mañana he sentido un zumbido tremendo en el oído izquierdo. No sé por qué, realmente. Quizá para recordarme que hubo un tiempo en que tuve un acúfeno zumbándome continuamente la cabeza, especialmente cada noche. Qué curiosa es la mente. Esta noche he dormido de maravilla. Llevo durmiendo así unos ocho meses. Esta mañana he recibido carta tuya, felicitándome. Dedicándome un maravilloso día, augurándome un futuro mejor –supongo-. Jamás pensaste en un futuro conmigo, así que es de recibo que ahora, al menos, me desees un porvenir lleno de felicidad. ¡Cómo pasa el tiempo! Me parece increíble que hayan pasado casi seis años como un soplido. Así, sin apenas apreciar esa que yo fui. Esa que tanto te impresionó con su vida y su sonrisa. Ese seguir adelante, ese <em>a pesar de todo</em> que tanto empeño me ha proporcionado a la hora de continuar. Ese no parar, pase lo que pase. Además, ¿qué es el tiempo? ¿Qué es lo que el tiempo mide, y cuánto dura un beso? Yo sé que el tiempo para mí es como un salón amplio, enorme, en el que avanzo, retrocedo, freno indecisa. No es, desde luego para mí, un pasillo estrecho. Para mí es algo que, en sí, merece la pena. Y lo derrocho a manos llenas, desde luego, y con la certeza de lo que derrocho.<br />
En definitiva la vida es como el fuego: reanima al que tiene frío si se acerca, y lo consume si se adentra en él. <strong>Morir de vida es buen final</strong>. Sé que a veces piensas que no hay que vivir así, que ese momento ya no existe. El tiempo en el que amamos nos olvidó. No, no se extravió en ninguna parte, es sólo que lo dejamos por ahí porque nos molestaba en nuestro camino. Yo, de lo que sé de ti, sé que te urgía encontrar ese momento pero también sé, como tú, que todo en nosotros es irrecuperable.  Y la música, o es expresión de un concepto de la vida, o no es nada. Y si la música que yo llevo escuchando desde esa tarde de 6 de agosto es auténtica y no una simple y mera imitación, entonces un trozo de nosotros nos ha sido arrancado.</p>
<p>Aurore Dupin, más conocida por el pseudónimo de George Sand, escribió en una ocasión: <em><<No podemos arrancar una hoja del libro de nuestras vidas, pero siempre podemos arrojar el libro al fuego</em>>>. Llevaba meses, supongo, deseando poder enviar a hacer puñetas el libro entero. Lo hice un primero de mayo, con la considerable angustia y con el arrepentimiento posterior, pero ha merecido la pena. En algún momento habría tenido que hacerlo, visto lo visto. Lo que de verdad siento (en lo más profundo de mi alma) es que tú me dijiste un día que no ibas a tirarte a la piscina por mis circunstancias y, como le pasó a la destronadísima injustamente, Isabel Sartorius, algún día te tirarás al charco con otra, incluso menos “<em>adecuada</em>” que una servidora. Y yo lo tendré que ver. Me queda la certeza de saber que, para entonces, yo ya habré bebido tanta agua del mismísimo océano que apenas sentiré nada al enterarme de tu destino -este océano me embriaga cada día más-. Tan sólo me quedará el amargor de no haber sabido darte de beber. Pero, al fin y al cabo, nadie bebe más agua de la que quiere. Yo, por lo pronto, ya he bebido. No sé si suficiente; mi consuelo es que nadie bebe más agua que la necesaria para apagar su sed. De ahí que el amor dependa por entero de nosotros: de nuestra capacidad de ingerir y empapar y filtrar el agua de sus fuentes. Al fin y al cabo, lo que alguien dice, lo que una escucha, que en un momento dado se clava en el alma como agujas, se va disipando como la niebla y, en cuanto sale el sol, una olvida que hubo una vez en que amó tanto que tuvo que sacrificar ese amor. Lo que jamás me permitiré olvidar fue que, al menos durante un tiempo, pude escuchar de tus labios esa canción, la canción del amor, tus palabras, tus promesas. Promesas que ni tú ni yo volveremos a escuchar. <img src="myfiles/cosasquenuncatedije/nieve cachemira.jpg" width="562" height="400" class="imgdcha" />
</p>
</<Te></<Se></<Lo>]]></content:encoded>
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<title>ANTES DEL STAR SYSTEM</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/02/02/antes-del-star-system</link>
<pubDate>2006-02-02T14:01:21+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/damme.jpg" width="95" height="129" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/benicio.jpg" width="155" height="218" class="imgcen" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/marta5.jpg" width="167" height="163" class="imgdcha" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/fairuza.jpg" width="177" height="172" class="imgdcha" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/judelaw5.jpg" width="142" height="143" class="imgizqda" /><br />
<img src="myfiles/cosasquenuncatedije/jlopez.jpg" width="113" height="155" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/hugh.jpg" width="127" height="143" class="imgcen" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/julia6.jpg" width="163" height="200" class="imgdcha" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/julianne.jpg" width="107" height="151" class="imgcen" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/madonna3.jpg" width="101" height="140" class="imgizqda" /><br />
<img src="myfiles/cosasquenuncatedije/britney.jpg" width="115" height="156" class="imgcen" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/kimba.jpg" width="122" height="156" class="imgdcha" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/goldie1.jpg" width="149" height="188" class="imgdcha" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/brooke8.jpg" width="102" height="120" class="imgcen" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/cruise.jpg" width="108" height="142" class="imgdcha" /><br />
<img src="myfiles/cosasquenuncatedije/pfeifer1.jpg" width="104" height="150" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/cybill.jpg" width="121" height="153" class="imgcen" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/romjin.jpg" width="136" height="171" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/renee.jpg" width="123" height="200" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/cage1.jpg" width="106" height="156" class="imgcen" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/salma.jpg" width="156" height="166" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/seagal.jpg" width="117" height="161" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/yvonne2.jpg" width="100" height="206" class="imgcen" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/sharon.jpg" width="117" height="136" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/zeta1.jpg" width="155" height="160" class="imgcen" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/pamela1.jpg" width="121" height="161" class="imgizqda" /><br />
<img src="myfiles/cosasquenuncatedije/cameron.jpg" width="167" height="109" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/uma1.jpg" width="148" height="190" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/winona.jpg" width="136" height="187" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/jolie.jpg" width="154" height="172" class="imgcen" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/yul.jpg" width="143" height="192" class="imgizqda" /><img src="myfiles/cosasquenuncatedije/halle.jpg" width="164" height="210" class="imgdcha" /><br />
Lo que son las cosas. Cuando un actor, cantante o actriz, no ha pasado por el <em>star system</em>, es tan sólo una persona,así de simple. Yo soy consciente de eso, jamás me ha quedado duda. He trabajado en Hollywood y he visto a chicas guapísimas incluso sin maquillar (Elisabeth Shue –con la cara lavadita- que es bellísima, Emma Thompson, Sandra Bullock –encantadora, por cierto), pero también he visto a una divertidísima pero feucha Cameron Díaz, con un cutis realmente desastroso (ella no va en absoluto de guapa), y a un Nicholas Cage estúpido y totalmente desfavorecido, que parecía el vecino del quinto con una camisa desastrosa, por no hablar de una vulgar a más no poder Jennifer López, que se quita el traje de la sofisticación en cuanto va al supermercado y es perfectamente confundible con la tata latinoamericana que tenían unos amigos míos cuando éramos pequeños. Ayer, charlando con un amigo, hablábamos de mujeres cañón, tipo la Zeta-Jones, o la Bellucci, y se revolucionó de tal forma que me dio por preguntarme el porqué de ese afán, de ese deseo, esa avidez entusiasta, máxime cuando este amigo no es una persona que derroche vehemencia, precisamente. En mi caso, he visto a Javier Bardem (el colmo de la sexualidad masculina), y Vin Diesel (éste sí va de superdivo), y la verdad, dos minutos hablando con uno y con otro, y te das cuenta de que el primero tartamudea y se te olvida que es un cañón de hombre en cuanto se pone a hablarte de un proyecto de guión que tiene, porque tiene sus inquietudes, y además no está interpretando ningún papel, mientras que el segundo lo ves cañón exactamente cinco segundos, a continuación no soportas el hedor que despide ni las varias filas de dientes –todavía no reconstruidos cuando yo coincidí con él en San Sebastián- como los tiburones y te das cuenta de que, al fin y al cabo, es el vecino del quinto de alguna otra persona. El caso es que yo me acordaba de una entrevista que le hicieron a Amber Valetta hace la tira de años. El entrevistador no dejaba de derrochar en cumplidos con ella, y ella –más interesada en hablar de su carrera que de su belleza-, afirmó que todo se lo debía a la cosmética y a las operaciones estéticas, pero que simplemente el marketing y la forma de tomar fotos eran definitivas para parecer atractiva. Ella –la Valetta- afirmaba que nadie es Amber Valetta, ni siquiera Amber Valetta es Amber Valetta, porque ella,- continuaba-, se levantaba para una sesión de fotos a las seis de la mañana con los ojos hinchados y la cara lavada, los pelos finos que tenía hechos un asco, y que de esa guisa, la cajera de su supermercado favorito, era más sexy porque, al menos –afirmaba la Valetta-, tiene mejor cutis, un pecho más alto y un cabello maravilloso, ah y no tiene ojeras. El entrevistador se quedó de piedra y ante tamaña serie de audaces afirmaciones, comenzó a preguntar a Amber acerca de su carrera de modelo. Ella quedó encantada, claro está. Y él, totalmente desconcertado.<br />
No hay más que echar un vistazo a las fotos que he publicado (muchas no se ven muy bien, lo siento) para apreciar qué razón tenía Amber Valetta. El primero a la izquierda arriba con esas gafotas es, ni más ni menos, que el actual gobernador de California, austriaco en realidad y casado con una descendiente de los Kennedy, ahora más interesado en la pena de muerte que en el culturismo, <strong>Schwarznegger</strong>. Sin embargo, el del birrete que sonríe orgulloso, está totalmente clavado a como es ahora, se ve que no cree en el star system, porque se mantiene tal cual, es <strong>Benicio del Toro</strong>. La niña de trenzas también pasa del star system, es ella, una maravillosa actriz, musa del cine independiente, que se ve que no ha pasado por quirófano, es <strong>Fairuza Balk</strong>. Y a su lado, una <strong>Marta Sánchez</strong> más parecida a una peluquera novata que a una cantante. Debajo, el rubito que mira a su izquierda, sigue tan mono, la verdad, porque es <strong>Jude Law</strong>, guapísimo en algunas películas. A su lado, la de los granos en la barbilla y aspecto de vecina del segundo derecha, es <strong>Jennifer López</strong>, ahora la reina de la sofisticación a más no poder, reina para los latinos que adoran un gran trasero y un pecho más bien escaso, justo lo contrario que los españoles, reconocidos adoradores de grandes pechugas y que no suelen soportar más cintura o más trasero que lo estrictamente necesario. A su lado, el mofletudo con cara de travieso y el pelo cortado por su enemigo –el peor-, es <strong>Hugh Grant</strong>, no es que haya cambiado mucho, la verdad. Debajo, la pelirroja que tan sexy está en Boggie Nights o en Magnolia, parece en esa foto, otra de mis vecinas, sólo que con más años de los que ahora tiene. Me ha sorprendido, porque <strong>Julianne Moore</strong> siempre me ha parecido de lo más atractiva. La niña altísima de coletas y gafas es <strong>Julia Robe</strong>rts, atractivísima en Pretty Woman y tan echada a perder posteriormente. Debajo la de pelito corto, tipo chico, es <strong>Madonna</strong>, casi más vulgar cuando empezó a cantar que en esa foto del cole. La de la boca como un buzón es <strong>Britney Spears</strong>, creo que a los jovencitos les gusta, misterios sin resolver. Debajo a la izquierda, una guapísima <strong>Brooke Shield</strong>, sin duda, la belleza en esta chica sí es innata, un rostro realmente agraciado, incluso sin pasar por el star system. A su lado una alucinada <strong>Goldie Hawn</strong>, sin más comentarios que añadir. La vulgar y regordeta jovencita de al lado con tanta frente como dientes, es <strong>Kim Bassinger</strong>, hoy tan retocada que debe resultar irreconocible a su madre. El chico de abajo, el que ha hecho un master en José María Tempranillo antes de ser perseguido por la justicia, es <strong>Tom Cruise</strong>, también muy retocado, aunque sin resultados tan óptimos como en el caso de <strong>Brad Pitt </strong>que, al menos, se está poniendo majete. La mofletuda de abajo a la izquierda que se parece a la madre de mi vecina del segundo izquierda, es <strong>Michelle Pfeifer</strong>, al menos sé de esta señora que no quiere operarse, ni siquiera esa boca torcida que tiene. A la derecha, la sonriente del birrete es <strong>Cibyl Shepard</strong>, que era ya atractiva, sigue atractiva y que ya hemos visto que tiene de los mejores cuerpos de Hollywood (aunque ahora los gustos están cambiando y gustan las chicas de 1,80). Debajo a la izquierda, una <strong>Rebecca Romijn-Stamos </strong>que no la conoce ni la madre que la parió, el caso es que era monilla. A su lado, una <strong>Renee Zellweger </strong>con más cara de pan todavía, y ahora se la ve de lo más guapa, y no hay quien acierte a reconocerla. El de al lado, con notable desnutrición y cara de pánfilo, es <strong>Nicholas Cage</strong>, anduvo acertado en Moonstruck y en cuanto a empezó a gesticular hasta la saciedad, no hay quien le aguante. Justo debajo de Cage, apoyada en la mamá y con pinta de gitanilla traviesa una <strong>Salma Hayek </strong>que, a pesar de haber pasado por quirófano, sigue con esa barbilla prominente y ese gesto desagradable, soy consciente de que hay hombres que la adoran, otro misterio sin resolver. Debajo a la izquierda, para partirnos de risa, un <strong>Steven Seagal </strong>que parece querer formar grupo con Martes y Trece. A su derecha, con pinta también de vivir en un poblado, está <strong>Ivonne Reyes</strong>, la verdad, ahora de plástico, y nada guapa, aunque ella se empeñe en afirmarlo. En la línea de abajo, hay algo que me desconcierta, no sé si es la cinta en la cabeza o que parece un clon de Leticia Sabater, pero desconcertada me tiene esta <strong>Sharon Stone</strong>, una de mis preferidas, tan poco atractiva antes del star system. A su lado, la morenaza, es <strong>Catherine Zeta-Jones</strong>, muy cañón hoy en día, aunque no nació así como se ve en la foto. Abajo a la izquierda, igualita que la cajera de Carrefour que mejor me atiende, una <strong>Pamela Anderson</strong> antes del plástico, hay que tener en cuenta que, aunque vulgar, casi era más mona antes. A su lado la pobre <strong>Cameron Diaz </strong>cuando llevaba aparato, nunca ha sido muy femenina, ella misma lo reconoce. Al lado <strong>Uma Thurman</strong>, siempre he visto a esta chica feíta hasta que la vi enfundada en un traje de motero amarillo y luchando, espada en mano, con cien mil chinos en Kill Bill 2, ahí está guapísima, lo reconozco, el papel lo es todo, no cabe duda. Debajo a la izquierda, sin haber pasado por el star system ni falta que la ha hecho nunca, porque es realmente una de las caras más guapas, <strong>Winona Ryder</strong>, realmente una cara tipo Audrey Hepburn, sólo que sin pasar por Dior. A su lado, igualita que mi amiga Marisa, aunque ésta tiene mejor tipo, <strong>Angelina Jolie </strong>quien, si no fuera por el defecto que tiene en la boca, sería muy guapa. Tipo aparte, su cara sí me resulta atractiva, a veces, no siempre. Debajo <strong>Yul Brinner</strong>, sin comentarios, un hombre tan atractivo como sexy, aunque yo buscaba una foto que tengo en un libro en la que parece El Fary. Yul Brinner con pelo y antes del star system, era realmente El Fary, igualito. En cuanto se afeitó, cuánto ganó. Como no he encontrado la foto a la que hago referencia, pongo ésta, qué atractivo!!! Y por último lugar, pero no por ello menos importante, <strong>Halle Berry</strong>, aunque parece, más bien, la madre de Halle Berry en esa foto. En otras instantáneas está peor, pero no diré nada más, ahora resulta muy mona. </p>
<p>Es una pena que hoy en día estos personajes se hayan convertido en modelos a seguir por mucha gente. Una pena que los niños y niñas de hoy, hombres y mujeres mañana, se obsesionen con un físico que nadie tiene y, en mi opinión, en muchos casos, nada atractivo. El papel, en el caso de los actores, hace mucho. Si una hace de patito feo, nos lo terminaremos creyendo aunque sea la mismísima Monica Bellucci, mientras que si nos quieren convencer de que un tío gordo, ordinario, y con cara de pánfilo, es de lo más atractivo, lo harán. Un ejemplo claro es el de George Clooney, otro misterio sin resolver. A mí, sinceramente, me parece de lo menos atractivo que he visto en mi vida. Mientras que un hombre como Michael Madsen (incluso cortándole la oreja al poli en la escena de alto voltaje de Reservoir Dogs al ritmo de <em>Stuck in the Middle with you </em>de Stealer’s), al natural, resulta magnético y no tiene operaciones. Qué pena que los modelos elegidos por los niños sean carne de quirófano. Si de algo pueden presumir Susan Sarandon, Diane Keaton, Michael Keaton (no es de la misma familia), Sigourney Weaber, Winona Ryder, Michael Madsen y algún otro que se me escapa, es de no haber pasado por quirófano. Y, qué curioso, a mí todos ellos me encantan. Y es que mientras no comprendamos que envejecer es algo intrínseco al ser humano, algo inevitable y que conlleva cambios físicos, muchas veces realmente dramáticos, no podremos aceptar la idea de la muerte. Y es que lo que está claro, es que aquí no se queda nadie. Ni siquiera mi vecino del quinto. </p>
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<item>
<title>Campo de sangre</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/01/30/campo-sangre</link>
<pubDate>2006-01-30T18:59:12+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>En Andalucía no es moro todo lo que reluce, pero mucho de cuanto reluce sí lo es. Si se molestaran –o nos molestáramos- en excavar, encontraríamos  con frecuencia superpuestos templos fenicios, tartesios, griegos, cartagineses o romanos por debajo de los visigóticos y los árabes. Y, por descontado, el fundamento de gran parte de iglesias y catedrales andaluzas son sinagogas o mezquitas.</p>
<p>Me encanta esta tierra. Me chifla Andalucía… La mañana abre su concha sobre la mar de olivos. El mediodía se tiende sobre los huertos y los cereales, todo es amarillo, ocre; hay un sol que calienta el pan creciente, un sol que vuelve el cielo como un lienzo dorado. Cae la tarde sobre los exquisitos restos de Medina Azahara; pasta el ganado por las terracitas que descienden, con paciencia, hasta el río.</p>
<p>Una vez más, una comprende que en esta tierra se le hayan enredado para siempre el corazón y la memoria. Porque es un paraíso laborado, un amor correspondido, un sudor bien oliente. Y una piensa: felices quienes nacieron en un paisaje así, los sureños a los que esta luz acaricia, los sonrientes, que siembran y aguardan sosegados, y recogen…<br />
Lo cierto es que una pequeña (o no tan pequeña, a veces) sombra oscurece esta tierra amarilla y ocre. La tan esperada reforma agraria, la falsedad de algunas gentes, la pobreza, la falta de recursos (acompañada, con frecuencia, de la falta de lluvia). Escasez. Escasez de todo y plusvalía de buenas intenciones que, con frecuencia, se quedan sólo en eso: intenciones.</p>
<p>¡Qué triste realidad la de Andalucía! Algo habría que hacer con esta tierra. O una reforma agraria seria, o apechugar con las consecuencias de no emprenderla. No están las cosas para chapuzas: no puede plantearse una reforma agraria como un fin en sí mismo, sino como un instrumento de cambio económico y social de una vez por todas.</p>
<p><em>Hacéldama</em>, que quiere decir campo de sangre, se llamó al sitio donde se ahorcó Judas. Que sobre el campo de sangre de Andalucía se ahorquen las traiciones, porque España debería ser una unidad y conmoverse ante un desgarro tal. Aunque ahora, con el Estatuto, la nación y toda esta historia, no esté el horno para bollos. <img src="myfiles/cosasquenuncatedije/Torrox-Provincia-de-Malaga_7596.gif" width="300" height="200" class="imgizqda" /></p>
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<title>VISTA</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/01/25/ingresaste-mi-vida-agosto-caluroso-e-interminable-y-dios</link>
<pubDate>2006-01-25T18:31:29+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Ingresaste en mi vida un agosto caluroso e interminable y Dios sabe cuándo saldrás de ella. Aquí estoy escribiendo de nuevo, delante del ordenador, con mil ilusiones y con las mismas manos que tú apretabas con fuerza hace unos meses. </p>
<p>El invierno, en su recta final, se muestra generoso conmigo. Apenas termino de escribir estas líneas y salgo a la calle con el abrigo y la sonrisa puestos. Me empiezo a sentir ubicada. Veo sentido a lo que hago. Mi vida sigue adelante, la primavera me asalta cada tarde en mi casa porque tengo a alguien que come y bebe de mí. Tan afilado es su sentimiento que sé que existo cuando pronuncia mi nombre. Mi ánimo, impaciente como siempre, me lleva al irremediable olvido. O quizá no. No es olvido realmente. Sé que no volvería contigo. Sé que no eres mi destino, que jamás estuviste por la labor. Sé, además, que estás ahí, que te intuyo, te recuerdo, pero no te añoro. Quizá añoro quien yo fui. Añoro esa inocencia, esa coartada dulce y mansa que habitaba a los pies de mi corazón y que, como el fulgor de un rayo, salía de mis manos, de mis ojos, de mis labios, de mi cuerpo entero, aliado de tanta docilidad. </p>
<p>Mucha gente, si leyera en mi blog, pensaría que tú no existes, que te he inventado, que eres producto de mi imaginación. Podrán pensar que eres una especie de coartada literaria, tan sólo un apoyo para escribir algo. Tú y yo sabemos que las únicas coartadas son la supervivencia y el arte y el amor. El amor es maravilloso como la expresión del amor en sí. Pero el sentido del amor es como una carnicería, es un abatimiento, una derrota, te deja hundido y sientes que todo se acaba, o que quizá ni siquiera empezó. Tú, no. Tú has sido la compañía más leal, más duradera, más veraz que he tenido en mi vida. Las otras, más tarde o más temprano, han vuelto la mirada hacia sus cosas. Y acaso tú también: lo que sucede es que yo formo parte de tus cosas. </p>
<p>Te veo, pienso en ti y me parece que eres el mismo que vi en la tienda el otro día. Desde la ventana ante la que escribo te veo pasar tal cual, como hace unos días, con tu <em>Barbour </em>y tus vaqueros impolutos, y tu cara de expectación y, sobre todo, de cansancio. Como aquel verano, cuando coincidíamos en todas partes, al principio con nuestros amigos, luego solos cuando me llamabas a todas horas con la excusa de que te aburrías.</p>
<p>Empezamos a vernos a diario, y enseguida me enamoré de ti, poco a poco, de manera lineal y continua, suave como el delicado roce de la seda sobre la piel desnuda. Llegó el Amor, llamó a mi puerta, y cuando le miré sus ojos de niño que espera nada a cambio de todo; le dejé entrar en mi casa y tiré la llave fuera. Ibamos a cantar una canción, ¿o acaso lo hemos hecho ya? ¿o es que la hermosa y dulce canción nuestra es finalmente este desbarajuste, esta confusión, este cúmulo vago de recuerdos? ¿O es que sólo al final, cuando ya no estemos, cuando ya no seamos <em>tú y yo</em>, alguien podrá saber entera nuestra canción, la que teníamos que cantar nosotros? Nuestra canción, querido, sin nosotros. Vaya desastre. <em>Antes la vida era el futuro, ahora la vida es el pasado</em>. Mira la vida y el futuro qué deprisa se extinguen. Mira cómo puede cambiar una mirada el curso de una vida. No pienso que nada de lo que cantamos sea en vano, para nada. Siempre hay un sentido para todo...</p>
<p>Ovidio, escribió en Los Amores, <em><<Léame la doncella inflamada en presencia de su prometido, y el inexperto adolescente que por primera vez sufre el amor. Quiero que algún joven, herido por el mismo dardo que yo llevo clavado, reconozca, leyéndome, las señales del fuego que le abrasa, y tras un largo asombro, exclame: “¿Por dónde ha penetrado este poeta mis secretos dolores?”>></em>. Puede que estas Notas sean leídas, una tarde lluviosa, por un niño que hoy no sabe leer. Estas Notas, en este blog, las escribo para ti, que, quizá no las leerás o no te darás por aludido. Comentarás sonriendo: <<Qué cosas tienes. ¿Quién es ese individuo que conociste hace tantos veranos? ¿Lo conozco acaso yo?>> Y yo te sonreiré y te diré que no.... Hoy he visto los primeros naranjos. Flotaban en el aire, alrededor de tu cabeza, bajo la intensa y palpable luz de finales de enero.<img src="myfiles/cosasquenuncatedije/nieve boxer.bmp" width="300" height="150" class="imgcen" /></p>
</<Léame></<Qué>]]></content:encoded>
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<title>AFRICA</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2006/01/11/africa</link>
<pubDate>2006-01-11T17:59:57+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Si alguna vez he sido feliz, ha sido en Africa. En ningún lugar ni en ninguna época como en Africa.</p>
<p>Desconozco la explicación científica, pero la luz es diferente en Africa. En Africa, el tiempo se detiene. No me gustaría pensar que no vaya a pasar ratos parecidos a los que he pasado ahí, pero sé, casi con total seguridad, que tan sólo recordar esas horas, días, semanas, y su magia; me llena de gran dicha. </p>
<p>No es sólo felicidad física. No. En Africa el tiempo se detiene, todo lo demás no tiene importancia. Apenas una puede pensar en algo que no tenga que ver con lo que ahí está viendo: los zocos con calles de <em>sal-si-puedes</em>, las interminables sonrisas de sus gentes, el caos tan bello, la luz entrando por arriba siempre, los alminares de sus mezquitas, la llamada a la oración del almorábide y el eco de las demás mezquitas, los encantadores de serpientes, el barullo de las tatuadoras de Henna, los abrazos de los niños descalcitos. Y no es sólo esa felicidad física. Es también ese amar la felicidad presente. </p>
<p>El dolor también se siente, también se para. Y es evidente que el corazón se cansa. Se cansa de amar, se cansa de sufrir, se cansa de mantener los ojos fijos, se cansa del esfuerzo prolongado y continuo que supone alimentar cualquier fuego sagrado. El corazón no es un atleta. Lo que caracteriza al atleta es su preparación de cada día, el duradero impulso, el entrenamiento sin desmayos. La proeza es sólo una anécdota, la meta es lo que sobreviene.</p>
<p>Cuando un amigo se suicida sin éxito –y la expresión ya tiene guasa-, le llevamos flores y libros y revistas como si fuese una recién parida (de alguna forma lo es, pues significa el triunfo de la vida), pero, ¿acaso lo vimos, antes, consumirse, enfriarse, irse acercando a la muerte poco a poco, echando una ojeada alrededor? Cuando un amor nos abandona, lo daríamos todo, todo, para que no se fuera, pero ¿acaso cuando era huésped nuestro lo sonreímos; cuando era imprescindible le dijimos palabras cariñosas, le rozamos la mejilla o el pecho o la cintura, le cedimos el sitio más soleado de nuestro corazón? Qué confuso y reacio el corazón humano, que sólo reacciona bruscamente cuando la última pena se aproxima.</p>
<p>En Africa, algo así me ha pasado siempre. Cada vez que vuelvo de Africa, abro mi casa con la sensación de que no me he despedido apropiadamente, con la sensación de que debo volver cuanto antes. Siempre he pensado que la luz es diferente en Africa. Los atardeceres no son como en Europa, como en América. Me atrevería a decir que tan sólo he sentido esto en el desierto. El cántico bajito de los camelleros, el sol grande y anaranjado sobre la arena. El ulular de la brisa, ese calor infinitamente cansado.<br />
Mi anhelo inquebrantable hacia lo bello, digamos, muere aquí. Hacia lo bello y hacia la belleza. Podía, de hecho, morir ahí. Después de haber estado en el desierto, después de haberme sentido iluminada por sus pueblos, sus calles, sus casas y sus gentes. Podría morirme en ese mismo instante. Porque la belleza –la diana del alma-, lo mismo que el amor en el Paraíso, es lo que mueve al Sol (ese sol grande y bello), y a las demás estrellas. También al Sol y a las estrellas de este amanecer de hoy en Madrid. Amanecer que será cuna de otros muchos. Siempre ha sido así. A Dios gracias.<img src="http://www.lacoctelera.com/myfiles/cosasquenuncatedije/naranjas.bmp" width="600" height="461" class="imgdcha" /></p>
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<title>Gastos de envío y otros lances</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2005/12/27/gastos-envio-y-otros-lances</link>
<pubDate>2005-12-27T12:24:15+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Raimundo Rodríguez se despertó diez minutos antes de que su despertador se pusiera en marcha. Se suponía que debía estar nervioso por la entrevista, sin embargo se sentía tranquilo. Tenía cincuenta y seis años y jamás se había sentido protagonista de nada. Ni siquiera cuando viajaba en ese tren a Vigo mirando todo el trayecto por la ventana. Su madre le había estado hablando, y él apenas la hacía caso hasta que le advirtió de que terminaría con la vista defectuosa de tanto mirar por la ventana. En apenas dos semanas tuvo la necesidad de visitar al oftalmólogo por una conjuntivitis. El verano siguiente ya usaba gafas.<br />
Tras veinte minutos bajo el agua de la ducha, Raimundo Rodríguez se vistió con sus pantalones crudos de felpa y su camisa de algodón a cuadros. Salió a las siete en punto para llegar a la estación de San Fernando a las siete y veinte y tomar el tren de las siete y veinticuatro que le dejaría en su lugar de destino a las ocho en punto. Anduvo durante diez minutos hasta el metro y, una vez en la salida de Plaza de España fue caminando hasta el número 26 de la Gran Vía. Al entrar en el vasto portal, no tomó el ascensor. No lo había vuelto a hacer en veinte años desde esa vez que tomó uno en casa de su tía Adelaida tras la visita quincenal, -al fin y al cabo ella fue quien se hizo cargo de sus estudios de Estadística-, y bajando, ya en el cuarto piso, una señora gorda y con una verruga en el mentón paró el aparato para subirse junto a su perrito pequinés y un bolso enorme de plástico negro. Raimundo la miraba fijamente hasta que, casi en el piso bajo, ella le espetó lo de que el perro era buenísimo y que si no era así, que se parase en ese momento el elevador. Casi al llegar al primer piso, el aparato paró en seco, desestabilizando a la gorda, al perrito pequinés y al gran bolso de plástico. Raimundo estuvo tranquilo durante la media hora que tardaron los bomberos en sacarlos de ahí. Lo peor de todo fue aguantar a la gorda llamándole gafe, cenizo y aguafiestas por tan infortunado incidente. Por supuesto el perrito pequinés fue buenísimo y tan sólo se limitó a lamer las asas del bolso y a abrir la boca mientras su gorda propietaria profería todo tipo de descalificaciones a Raimundo.</p>
<p>Enriqueta Flores terminaba de arrancarse un pelito de sus afiladas cejas ante el espejo cuando uno de los becarios, desde el otro lado de la puerta del lavabo, le apremiaba para que fuera saliendo. Si algo no soportaba Enriqueta Flores era a esos becarios jóvenes y omnipresentes. Llevaba en antena casi treinta años y, en la actualidad, era la estrella de las mañanas radiofónicas con su programa <em>Gente de a pie</em> y no podía tolerar que un jovencísimo becario en vaqueros y camiseta de <em>South Park </em>le dijera cuándo debía salir del lavabo. No obstante su disciplinario cumplimiento del deber hizo que estuviera ya sentada tres minutos antes de que se iluminara el cartel rojo de <em>en el aire</em>. Una hora y media después del comienzo del programa, le pasaron la nota para avisarle de que “<em>el gafe de las ocho y media</em>” ya había llegado y estaba listo para la entrevista. </p>
<p>Tras cuatro minutos de publicidad, y después de haber revisado juntos la estructura de la entrevista, Raimundo Rodríguez y Enriqueta Flores se sentaron en la mesa ovalada caoba. Y comenzó el interrogatorio tras unas palabras de presentación. </p>
<p>-	“Y... díganos, Don Raimundo, ¿Cuándo se dio Vd. cuenta de que es gafe?”<br />
-	“Pues mire Vd.- respondió parsimonioso Raimundo Rodríguez- fue desde muy pequeño. Mi madre, Doña Adoración de los Angeles Rodríguez, una señora respetadísima en el pueblo, devotísima y muy decente, era una sabia. En cuanto me decía ponte la chaqueta que te vas a resfriar, al día siguiente un servidor permanecía en cama con fiebre. O cuando me dijo una vez, no te subas a esa bicicleta que te vas a caer, pues tuve que llevar escayola en la pierna derecha y en ambos brazos”.<br />
-	“Es decir, Sr. Rodríguez- seguía preguntando Enriqueta Flores mientras consultaba el reloj de la pared- que Vd. está convencido de que, cada vez que se le advierte de una desgracia, Vd. va derecho a ella”.<br />
-	“Pues sí, la verdad, así ha sido siempre. Un día mi hermano Sebastián, el mayor de los ocho, llegó a casa en un permiso del servicio militar y me puse su boina de paseo mientras me miraba al espejo. Como yo no era muy alto y apenas tenía barba, seguía pareciendo un crío y Sebastián rompió en carcajadas cuando me vio con su boina y me aseguró que con esa cara parecía un conejo. Esa misma primavera, iba yo paseando por el campo con unos amigos de la escuela, cuando noté en mi cuello un escozor insoportable. ¿Yo cómo iba a saber que estábamos en el interior de un coto privado de caza? Pues fue un perdigonazo, fíjese. Como si yo fuera un conejo, claro que ya lo había dicho mi hermano Sebastián”.<br />
-	“Vaya, hombre. ¿Y Vd. sufre entonces?”, continuó Enriqueta Flores.<br />
-	“Pues sí, mire usted. Nadie sabe lo que es esto. Es que no falla. Alguien me vaticina alguna desgracia e, inexplicablemente, ésta se cumple. Y, claro, yo sufro muchísimo porque mi experiencia me dice que voy a caer en todo tipo de desastres y desdichas. Como cuando mi amigo Lucianito, que era un trasto y siempre andaba metido en líos, me animó a que le acompañara a robar alguna gallina de casa de Don Romualdo, el de la casa de al lado del río, ¿sabe Vd.?, y yo fui con Lucianito todo el rato pegado a su vera porque iba muerto de miedo. Entonces Lucianito se enfadó muchísimo y me dijo que parecía un cromo, todo el rato pegadito a él”.<br />
-	“¿Y qué pasó entonces, D. Raimundo? ¿Algo malo ocurrió, también en esa ocasión?”<br />
-	“Pues bueno, yo me separé mucho para que Lucianito no se volviera a enfadar, y entonces él me dijo que no me iba a querer nadie por pesado. Y, mire usted, yo jamás he tenido a nadie. Mi madre, Doña Adoración, murió y mis hermanos y sobrinos apenas los veo una vez cada dos años y siempre tienen excusa para evitar mi visita y yo jamás me he casado ni ninguna mujer se ha interesado por mí, ni siquiera cuando la herencia, ¿sabe a qué me refiero?”</p>
<p>Desde detrás del panel, Enriqueta Flores recibió la señal de que el tiempo de la entrevista había concluido y, mientras observaba los pantalones de felpa de Raimundo Rodríguez, su camisa antigua, su peinado relamido, sus ojos saltones y sus hombros caídos, despidió el programa:<br />
-	“Y aquí finaliza nuestro protagonista de hoy, Don Raimundo Rodríguez, quien lleva sufriendo los designios de la suerte muchos años. D. Raimundo, gracias por haber asistido a <em>Gente de a pie</em>. Le deseo de todo corazón que jamás vuelva a sufrir, que termine su eterna mala racha y que acaben todas sus desdichas de una vez por todas”.</p>
<p>Semanas más tarde, un domingo luminoso, Enriqueta Flores ojeaba el periódico mientras tomaba a sorbos una taza de café: las mismas noticias de siempre, los anuncios de inmobiliarias, los clasificados, las fulanas, travestis y los números de teléfono para un calentón. La misma mierda de siempre, pensó. Mientras tanto, a unos veinte kilómetros de la madrileña Gran Vía, apenas amaneciendo, Raimundo Rodríguez yacía en su cama con su pijama abotonado de algodón. Tardarían seis días en encontrarle los vecinos. El juez levantaba cadáver y, mientras apuntaba algo, la vecina del cuarto piso, todavía en bata y sin peinar, leía por encima del hombro del juez unas líneas: <em><<Causa de la muerte, inexplicable. El sujeto no ha sufrido>>.  </em>Desde el fondo de la habitación, la radio, que llevaba Dios sabe cuántos días encendida, emitía una música pegadiza de fondo mientras la voz de una señora aseguraba: <em>“Soy Enriqueta Flores. Bienvenidos a Gente de a pie, donde usted mismo puede ser el protagonista”.</em><img src="http://www.lacoctelera.com/myfiles/cosasquenuncatedije/Akiyoshi's illusion.bmp" width="500" height="375" class="imgdcha" /></p>
</<Causa>]]></content:encoded>
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<title>GUSTO</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2005/12/23/gusto</link>
<pubDate>2005-12-23T18:28:43+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy ha muerto el singonio. Llevaba conmigo desde el 96. Lo encontré en el jardín del Mena House, frente a las Pirámides. Era una ramita de singonio con tres hojitas lánguidas y lo cogí para traerlo a Madrid. Mi idea, en un principio, había sido la de buscar al jardinero que algún día llegué a ver en la piscina, y darle la rama con el encargo de plantarlo apropiadamente. Luego pensé que tal vez le resultaría más fácil arrojarlo al cubo de la basura y, sin concenderle el beneficio de la duda, metí la ramita en una botella de agua <em>Ciel</em>, lo tuve los días que me faltaban de permanencia en Gizeh y lo llevé en el avión hasta llegar a Madrid. Diez días antes, pernoctando en El Cairo (yo lo prefiero a Gizeh, enseguida ésta se me queda pequeña y perfectamente encuadrada mientras que aquélla siempre es grande, enorme, contaminada, incoherente, caótica, maravillosa), me había acordado de mis plantas. Siempre las dejo al cuidado de mamá cuando viajo pero las plantas son caprichosas y, si las dejas mucho tiempo a cargo de otra persona que no se ocupa tanto como yo, al final empiezan a hacer cosas extrañas (una cheflera que tuve le dio por tirar hojitas al suelo y mamá la cambiaba de sitio pensando que era por las corrientes, pero en cuanto yo volví, la cheflera dejó de echar hojas; por no hablar de una chumbera que dio flores, fenómeno poco habitual en un cáctus, naturalmente nadie creyó ni una palabra de lo que voy a contar porque los cactus rara vez echan flor, pero como la tenía cerca de unas begonias que requieren mucho más cuidado, cada día dedicaba más tiempo a éstas, y desde mi punto de vista, la chumbera debió <em>pensar</em> que mi atención se debía a que aquéllas tuvieran flores, así que echó una florecita a ver, y resultó, porque la hice más caso para que no se muriera la flor aunque, finalmente, ésta se marchitó en apenas dos semanas). La verdad, desconozco los motivos de las plantas, pero siempre tratan de acaparar tu atención.</p>
<p>Hoy ha muerto el singonio. Recuerdo cómo lo cuidaba en la terraza de la iluminada habitación del Mena House. A la sombra, naturalmente. Fue sólo un día, pero revivió, se hidrató, se puso verde y guapo. Incluso a veces me parecía que sonreía. Como si de un perrillo se tratara, adiviné que quería venirse conmigo así que lo traje a Madrid. En apenas cuatro meses tenía ya cerca de cuatro tallos y más de una veintena de hojas. En un año empecé a hacer esquejes de él y saqué otros cuatro singonios más, hijos todos de él, igual de guapos y de sanos que su padre, pero incluso más altos. Desde entonces, había venido conmigo a la playa (su sitio favorito, el Mediterráneo. Se le escuchaba cantar su canción cuando estaba en la terraza frente al Mediterráneo), al Oriente Medio, incluso una vez asistió a un campeonato de wind surfing en Tarifa. Hoy me he enterado de que el singonio había muerto. Hasta hoy no lo he sabido. Hasta hoy, en que he visto, todas las hojas secas sobre el suelo. Las corrientes, pensé. Pero realmente no he caído en que el aire no levanta las hojas vivas. Es decir, lo que vuela no vive: vuela tan sólo. Y sin saber volar. Nosotros, que avanzamos con torpeza alrededor de nuestro corazón, sentimos la fatiga de las promesas que no se cumplen nunca. Vemos ir y venir a cuanto vuela, tan cerca y tan lejos a un tiempo. No hay nada más sencillo que un ala por el aire, que una hoja por el aire, que las motitas de polvo en un halo de luz; no hay nada más sencillo y más ajeno. Pensaba yo. Y entonces vi que el singonio se había muerto. Yo sabía que, los otros árboles no, pero el singonio es delicado, sabía que me echaría de menos y que se dejaría morir. Tanto ir y venir de Madrid a Barcelona en el 2000, se ponía furioso. Estoy convencida de que pensó que yo jamás volvería y se negó a que sus raíces chuparan los hidratos y se dejó morir. Los hijos son muy independientes, la cheflera poco caso me hace ya y los potos están acostumbrados a mis viajes. Pero este singonio encontrado en El Cairo que nació sin pedigrí alguno enfrente de las Pirámides, no supo si yo volvería, no supo si volvería a sentir mi presencia, si volvería a ser sacado a la terracita cuando pulverizaba sus atléticas hojas, si volvería a sentir los quelatos de hierro en la tierra cuando sus hojas empezaran a ponerse amarillas, si acaso volvería a sentir mis piernas que lo rozaban cada vez que yo me subía a mi ventanita con las manos ocupadas con un té, un cigarrillo y mucha esperanza. Y decidió morirse. El singonio murió. El desamado por la vida, muere. ¿Qué día murió el singonio, cuya muerte hoy conozco? ¿Qué día comenzó a extinguirse aquel amor inextinguible: el que no llego jamás a vivir en mi casa, a sentarse en mi ventanita a los pies de la tarde, a dormir en mi cama, a abrir el balcón del dormitorio abrazando la mañana con un brazo y a mí con los dos? ¿Cuándo es cuando morimos? ¿Estaremos ya muertos? ¿Vivimos todavía, o somos sólo los severos testigos de una vida cualquiera? Hoy me duele el recuerdo tanto que no puedo dejar de escuchar su canción. La canción de aquel amor imperturbable, fresco, otoñal. Amor de paseo por Avila con la luna detrás, amor de olor a tierra, amor de noche contemplando tu rostro, amor de vinos y de noche de estrellas y de centellas, amor de teba verde junto al naranjo, amor de plato para dos y un solo tenedor, amor de luna en cuarto creciente. Murió el singonio, Angel, pero no la canción del singonio. Aún la oigo hoy. Le sucedió lo mismo que al amor: se queda por el aire su música, sobrevuela a la muerte. La continúo oyendo, más afilada que antes, entre el ensordecedor coro de los singonios vivos y los amores vivos. Unica y precisa, quebradiza y dorada. Como las hojas secas que sobre el césped derraman su memoria. Acaso la vida y el amor consistan sólo en eso: en morir poco a poco, hasta que acabe su eco. Y nuestro eco se acaba, como el del amor y el del singonio, después que nuestra vida... Mientras te escribo estas líneas apresuradamente, con la urgencia de quien no está segura de llegar hasta el fin, aún escucho la esbelta y grácil voz del singonio, junto al que crecieron promesas incumplidas: las promesas que nadie volverá a hacerme nunca, y que ni él ni yo volveremos a escuchar.<img src="http://www.lacoctelera.com/myfiles/cosasquenuncatedije/san stephanus nieve.bmp" width="586" height="400" class="imgcen" /></p>
]]></content:encoded>
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<title>EL SUICIDIO DIARIO</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2005/12/21/el-suicidio-diario</link>
<pubDate>2005-12-21T10:40:08+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>No veía nada. Germán no veía nada. Apenas dos rayitos de luz por la juntura de la puerta. Se acababa de despertar, había abierto los ojos. La habitación le decía poco; había estado demasiado sumergido en la nada, de la que acababa de emerger. No tenía fuerzas para determinar su situación en el tiempo y en el espacio; tampoco lo deseaba. Estaba en algún lugar; para regresar de la nada había atravesado extensas regiones. En el centro de su conciencia existía la certidumbre de una infinita tristeza, pero esa tristeza lo reconfortaba porque era lo único que le resultaba familiar. No necesitaba otro consuelo. Permaneció un rato completamente inmóvil, en un descanso absoluto para hundirse luego en una de esas somnolencias ligeras, momentáneas, con imágenes oníricas que suelen suceder a un sueño largo y profundo. De pronto volvió a abrir los ojos y consultó su reloj de pulsera. Fue un puro acto reflejo, porque al ver la hora se desconcertó. Se incorporó, echó una mirada a la habitación charra, se llevó una mano a la frente y con un profundo suspiro volvió a tenderse en la cama. Pero ya se había despertado; en pocos segundos más supo dónde estaba, que la tarde terminaba, que había dormido desde el almuerzo. Oía a su mujer en la habitación contigua, taconeando con sus chinelas sobre el liso suelo de baldosas, y ahora que había alcanzado otro nivel de conciencia en el que no le bastaba la mera certeza de estar vivo, ese ruido lo tranquilizaba. Pero qué difícil era aceptar la alta, estrecha habitación con su cielo envigado, los colores neutros de la pared, la ventana cerrada con sus vidrios rojos y anaranjados. Después bajaría de la alta cama para abrir la ventana, y en ese momento recordaría su sueño. Porque, aunque le era imposible reconstruir un solo detalle, estaba seguro de haber soñado. Del otro lado de la ventana habría aire, tejados, la ciudad, el mar. El viento vespertino le refrescaría la cara y en ese momento reaparecería el sueño.</p>
<p>En la terraza del Café de <em>Hackenmül-Noiseaux</em>, unos pocos árabes bebían agua mineral; la mayoría tomaba su té dulce de piñones o de menta. Los lustrabotas casi desnudos, en cuclillas sobre sus cajas, miraban al suelo, sin fuerzas para espantar las moscas que les corrían por la cara. Sentados a una mesa del rincón más oscuro del interior del café había dos jóvenes españoles: Germán y su mujer Isabel, a quien él llamaba cariñosamente Belita. Durante muchos años habían sido felices. Ahora su vida burguesa los había ido apartando al uno del otro. Al principio de todo habían vivido cómodamente, con varias casas aquí y allá, cuatro o cinco viajes al año, tres coches, un amplio círculo de amistades y una misma pasión compartida por la literatura de los clásicos y el arte modernista. Pero, cuando tras unos años, esa pasión se había convertido en rutina, tras haber abierto dos galerías en España, una en París y la última en Nueva York; toda ilusión por seguir se había desvanecido. Ella se había vuelto más desconsiderada hacia las cosas de él y él había perdido todo interés en todas las cosas en las que ella se iba metiendo. Cuando Germán había decidido hacer lo que realmente le gustaba: tocar el clarinete, Belita se opuso rotundamente. Era por el dinero, decía ella. Pero en realidad, era por la amenaza que suponía un entretenimiento como ése en su mundo de rutina. Una vez que Belita se hubo habituado a esa dulce monotonía, ya nunca más, ni por una sola vez, le apetecía ningún género de distracciones, con el fin de no llegar a descubrir que se aburría todos los días. Pero Germán era diferente. Germán sabía que podía recuperar el amor de su mujer y que, una vez desvanecida esa ilusión, debía encontrar el sueño que los uniera de nuevo. Pero acaso ese sueño no lo recordaba, o quizá ya había dejado de soñar.</p>
<p>-	“<em>Ayer tuve un sueño extrañísimo</em>”- dijo Germán-. “<em>Estuve tratando de recordarlo y acabo de conseguirlo”.</em>-	 <em>“¡No!”. </em>Exclamó enérgicamente Belita-. <em>“¡Los sueños son tan aburridos! ¡Por favor!”</em><br />
-	“¡<em>No quieres oírlo</em>!”-. Exclamó él riendo-. “<em>De todas maneras voy a contártelo. Te lo contaré rápidamente. Era de día y yo iba viajando en una especie de cama con ruedas totalmente tapado por montañas de sábanas. </em><br />
Belita dijo maliciosamente:<br />
-	“<em>Consultar el Diccionario gitano de los sueños, de Madame Dominique Chofeur”.</em>-<br />
- <em>“Calla”-</em> interrumpió Germán-. <em>“Y pensé que si quería podía empezar a vivir de nuevo, volver al principio y llegar hasta hoy, viviendo exactamente la misma vida hasta el más ínfimo detalle.</em>Belita cerró los ojos desconsolada.<br />
-	<em>“¿Qué sucede?”, </em>le preguntó Germán.<br />
-	“<em>Me parece sumamente desconsiderado y egoísta insistir en esa forma sabiendo lo aburrido que es”</em>. Belita abrió un ojo y lo miró. Llegaban las bebidas.<br />
El siguió con el relato de su sueño:<br />
-	“<em>Entonces me dije: ¡no! ¡no! No podía soportar la idea de pasar nuevamente por todos aquellos miedos, por todos aquellos sufrimientos, por las decepciones, los temores, los disgustos. Y, sin motivo, miré los árboles por la ventana y me oí decir: ¡sí!. Porque sabía que estaba dispuesto a pasar otra vez por todo eso con tal de volver a sentir el olor de la plancha en la casa de mi infancia, los abrazos de mis padres, el almendro que veía desde la ventana de mi habitación de niño. Pero ahí me di cuenta de que era demasiado tarde, porque mientras pensaba ¡no!, me habían arrancado los dientes como si fueran de yeso. La cama de ruedas se había detenido, yo tenía los dientes en la mano y me eché a llorar. Con esos sollozos terribles de los sueños, que nos sacuden como un terremoto, ¿sabes?</em> Torpemente, Belita se levantó de la mesa y se dirigió a la puerta que decía <em>Dames</em>. Lloraba.</p>
<p>El calor tunecino se veía reflejado en la Kasbah. El aire del desierto era como una bofetada en el rostro. Habían llegado a Sidi Bu Said hacía más de una semana y no sabían a dónde irían después, si acaso a Douz o Tozeur. Si se adentraban más en el desierto, llegarían a Matmata y allí habían estado ya hacía muchos años. Ella no quería volver, no quería revivir el pasado. Ya estaba todo acabado: su amor por él, sus planes de futuro, su inmensa sonrisa, incluso su ilusión por vivir. Al menos ahí, no tenía que pensar en qué ropa ponerse, ni tenía que dar explicaciones a nadie, ni siquiera tenía que contestar el teléfono. Tan sólo admirar el desierto y ver cómo se iban desvaneciendo, ya lejos en el espacio, todos estos años.</p>
<p>Aquella tarde, salieron a dar un paseo. Iban de la mano, como siempre. La brisa soplaba cada vez más fuerte. Donde terminaban las casas, el desierto se iba abriendo paso. El la ayudó a subir a un montículo bajo. El desierto se extendía a sus pies, mucho más abajo que la llanura de donde acababan de subir.<br />
-	“<em>La puesta del sol es una hora tan triste... es como si algo terminara”</em>. Dijo ella de pronto.<br />
-	<em>“Yo no considero que la puesta de sol sea el final de nada</em>”- exclamó él mirando hacia lo lejos-. <em>“¡Oh, Belita! Estás loca, la puesta del sol es una hora maravillosa”.</em>No contestó. La entristecía comprobar que, a pesar de tener tan a menudo las mismas reacciones, las mismas sensaciones, nunca llegaban a las mismas conclusiones, porque sus respectivas metas en la vida eran casi diametralmente opuestas.<br />
Se sentaron en las rocas, uno junto al otro, frente a la inmensidad de la arena. El miraba hacia delante; después suspiró y, finalmente, sacudió lentamente la cabeza.<br />
Lugares como éstos, momentos como éste eran lo que Germán más amaba en la vida; Belita lo sabía y sabía también que los amaba más si ella estaba presente para compartirlos. Para Germán amar significaba amar con mayúsculas y amar por encima de todo. ¡Y hacía tanto tiempo que ya había desaparecido el amor, toda posibilidad de amor!</p>
<p>Mientras permanecían ahí, en silencio, Germán dijo con gran ansiedad:<br />
-	<em>“¿Sabes? Creo que los dos tenemos miedo de lo mismo. Y por una misma razón. Nunca hemos conseguido, ninguno de los dos, entrar en la vida. Estamos colgando, en la puerta de la vida, esperando nuestra oportunidad para entrar, mirando por el escaparate, pero cuando queremos darnos cuenta, ya han puesto el cartel de cerrado".</em><br />
Ella no dijo nada. Sólo cerró los ojos un momento y varias lágrimas le empaparon las mejillas y los labios. Entonces Germán la besó.</p>
<p>Cuando regresaron al hotel, ya de noche, subieron a darse una ducha rápida, se vistieron y bajaron al vestíbulo. Entraron al comedor y cenaron, apenas sin intercambiar una palabra. El dijo que se quedaría un rato leyendo el periódico y Belita, con el rostro visiblemente cansado, subió a la habitación a dormir.<br />
Entonces Germán hizo algo curioso. Se fue solo al mercado, se sentó en el café unos minutos a contemplar a los hombres y los animales a la luz tímida de las lámparas de carburo y comenzó a andar hacia el mismo sitio donde habían estado Belita y él hacía sólo unas horas. Allí arriba, entre las rocas, hacía frío, soplaba el viento de la noche. No había luna; Germán no veía el desierto que se extendía a sus pies. Sólo las duras estrellas titilaban en el cielo. Se sentó en la roca y dejó que el viento le helara la cara. Entonces se puso a pensar en Belita, en su pelo negro ondulado, en sus labios perfectamente perfilados, en sus pechos suaves y duros, en su magnífica sonrisa. Y sintió una soga que le apretaba el cuello. Era como la soga que, diariamente, va apretando con lentitud y parsimonia. Era la soga de su muerte, de su suicidio. <strong>De su suicidio diario: la resignación</strong>, la que tantas veces se había negado a aceptar y abrazar y, sin embargo, seguía sintiendo la soga apretando y cómo ésta le iba dejando, cada vez más, día a día, ciudad a ciudad; sin respiración. Mientras bajaba hacia el hotel, comprendió que nunca podría confesar a Belita que había vuelto a aquel lugar. Belita no entendería que hubiera querido volver sin ella. O quizá, reflexionó, lo entendería demasiado bien.<img src="http://www.lacoctelera.com/myfiles/cosasquenuncatedije/café zeitun.bmp" width="550" height="358" class="imgizqda" /><img src="http://www.lacoctelera.com/myfiles/cosasquenuncatedije/sidi bou said.bmp" width="278" height="420" class="imgdcha" />
</p>
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<title>OLFATO</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2005/12/13/olfato</link>
<pubDate>2005-12-13T17:44:02+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>La verdad, yo me lo sigo preguntando: ¿Qué es la felicidad? ¿Qué es lo que hace que nos sintamos felices o ser felices o vivir felices? ¿En dónde estriba la diferencia entre la felicidad y la infelicidad o la no felicidad?, si es que es lo mismo. Decía Confucio: "<em>Hoy he hecho feliz a mi perro, no le he pegado</em>". ¿Es que es esa la única felicidad a la que el hombre puede aspirar? ¿Sólo cabe ahora esperar no ser malheridos, ni maltratados ni que las desgracias caigan sobre nosotros? ¿Qué hay de los momentos de felicidad <em>porque sí</em>? Si no existiera la felicidad, no podría existir el dolor. Si sentimos dolor es porque también podemos sentir felicidad. Así como sentimos cuando llegan la tristeza y la alegría, o sea, las hermanas cotidianas del dolor y la felicidad. Tristeza y alegría, son más útiles y más activas que sus hermanas dolor y felicidad. Sí: tristeza y alegría. Cuál <em>Marta</em> y cuál <em>María </em>eso ya no lo sé. Pero las dos son como activas asistentas que van quitando el polvo al recuerdo. Las dos tienen impulsos repentinos y a veces, les da por limpiar la casa desde el desván hasta el sótano. Cuando algo termina, aparecen los dos serviciales sentimientos: la alegría de haber llegado al final, la tristeza de haber llegado. Del brazo, las dos, se presentan ante nosotros y nosotros nos pensamos que hay que temer a una y dejar pasar a la otra. ¿Y si las tratamos de igual forma? Decía Kipling que cuando lleguen la fortuna y la derrota hay que tratar a ambos impostores por igual. Sí, es cierto, dos impostoras son la tristeza y la alegría, y yo seguiré el consejo de Kipling y las trataré de igual forma a las dos porque la alegría me recuerda que hubo momentos de tristeza y que, sin duda, los habrá y la tristeza me hace mirar los momentos de alegría que ya pasaron y acaso los que vendrán. ¿Acaso no fuimos felices? Queremos serlo a toda costa, por lo menos yo, pero tampoco ha de ser para siempre. Bueno, ni tú ni yo vamos a vivir siempre. Y entre nosotros, ¿qué es siempre? Un poco más de tiempo y ya está. Yo, bien lo sabes, <strong>prefiero acabar de una vez a no haber empezado</strong>. Lo espantoso sería sobrevivir rodeada de los tipos más capullos y despreciables, como la protagonista de mi guión de cine: Miranda, esa aristócrata que en plena guerra nuclear se fuga con uno de los ingenieros de su marido, no por amor, ni encoñamiento, ni por rebeldía siquiera, sino para vivir. Estallará la bomba, pero Miranda no se perderá el hongo. Y no se mete en el refugio antinuclear. Y vive ¿cuánto? ¿24 horas? ¿30 horas? Ay, al menos vive. Yo tampoco me perdería el hongo, sinceramente.</p>
<p>Pero mira, la tristeza y el dolor son media vida: si renuncio a ellos, estoy renunciando a la pasión. A la pasión por activa y por pasiva. No, me niego a renunciar al dolor. El hombre a medias – o la mujer a medias- da agua para que le den sed y da amor para que le correspondan. El hombre entero –o la mujer entera- el que o la que con naturalidad huele los olores que flotan en el aire, le llama de tú al dolor, lo encara, lo habita y deja que él lo habite. Lo mira fijamente a los ojos y charla con él, le deja que le cuente de dónde viene, de qué familia es, qué intenciones tiene, cuánto se va a quedar. Y así, ya habitado o habitada de dolor, se da cuenta de que su casa se ha ensanchado, y, cuando venga la alegría, tendrá más sitio donde recrearse. No, me niego rotundamente a renunciar al dolor, a no sentir, a no padecer. Estoy viva, así soy yo y mi vida, al igual que el dolor, es mía, y como también es mío tu olor, y no renunciaré a él el próximo otoño cuando, tímido y vacilante, una brisa lo haga entrar en mi casa y me pregunte si puede quedarse, abriré de par en par mi cuerpo y diré: <<Sí, ya te esperaba, puedes pasar, quédate ahí que ahí es tu sitio>>. <<¿Dónde? ¿En tu cuerpo?>>. <<Sí, instálate en mi cuerpo, en mi alma, en mi corazón, y en mi nariz. Y vuelve siempre que quieras, olor, olor de mi amor, amor mío, vida mía>>.<img src="http://www.lacoctelera.com/myfiles/cosasquenuncatedije/lluvia.bmp" width="329" height="500" class="imgcen" /></p>
</<¿Dónde?></<Sí,></<Sí,>]]></content:encoded>
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<title>TACTO</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2005/12/07/tacto</link>
<pubDate>2005-12-07T13:45:01+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Ultimamente me ha dado por preguntarme por qué siempre se ha dicho que el don de lenguas era el dominio de un idioma y por qué no sería más bien otra cosa. No hago más que repasar tu frase de que yo pongo los cinco sentidos en vivir mi vida, y sí, puede que así sea. Lo que a mí me pasa es que creo que quien inventó la vida, lo hizo para ser vivida no a medias, para que no la convirtiéramos en un ejercicio de moderación, sino para que la consumiéramos hasta el fondo, con exaltación y apasionamiento. Lo que tuve que cantar, ya lo he cantado. Lo vivido, tan sólo requiere un punto y aparte. El antes y el después. La vida antes era el futuro, ahora la vida es el pasado. Tú decías que yo pongo los cinco sentidos en todo, tal vez por eso mi problema ahora en el ojo, el recién curado oído, mi paladar que ya no aprecia ciertos sabores. Todo está <em>tocado</em>, en cierto modo. Pero el tacto no. El tacto es el primer sentido que el bebé desarrolla y el último en desaparecer en el anciano. Mi abuela siempre decía que la única gente sin tacto que conocía era la maleducada. El caso es que yo –educada, en cualquier caso, bastante bien- no dejo de sorprenderme del poco tacto que he tenido en mi vida. Si la carencia de un sentido agudiza los otros, a mí desde luego, me ha <em>tocado</em> la peor parte, precisamente por no haber tocado o por no haberme dejado tocar lo suficiente. Qué idiotas somos. Ojalá no sea demasiado tarde para corregirnos. La educación, que insistimos en llamar buena, nos conduce a tener muy poco tacto. Porque me niego a pensar que somos castos, fríos o ariscos por naturaleza, o tontos de remate, como quieras llamarlo. Me acuerdo de frases de cuando era pequeña, que decían los adultos muy a menudo: <<<em>No cojas tanto al perrito, que lo vas a amariconar</em>>>, o <<<em>No me achuches tanto, que me vas a despeinar></em>>, o <<<em>No me beses, que estoy resfriado</em>>>. Qué pena.</p>
<p>Hemos hecho el ridículo, no me cabe duda. Hemos ahorrado tanto tacto, hemos sido tan tacaños, que tenemos tal cantidad de dinero negro en tacto que podríamos comprar lo que se nos antojara más una isla entera en el Caribe. Mi madre tenía una teoría, que ahora recién entrado el siglo XXI, los expertos  están proclamando a gritos, a saber: que los mamíferos somos de sangre caliente y que necesitamos tocar y ser tocados; sentimos hambre en la piel y hambre de piel y que si esta hambre no se calma se produce un desarrollo más lento del normal, menor inteligencia y trastornos de conducta. Se ha experimentado con crías de  monas. Pero sospecho que entre ellas y nosotros existen muy poquitas diferencias. También leí una vez acerca de la patética necesidad de contacto que solían tener los actores de películas pornográficas, debido, precisamente, a esa separación del cuerpo que exige la cámara para que el coito o la práctica sexual en cuestión sea vista por los consumidores, debido, precisamente, a que es el fin propio de estas películas: ver y no imaginar. En fin, que la falta de contacto no nos hace ningún bien, más bien al contrario. Nos llama la piel, nos llama tocarnos. El tacto y el roce. </p>
<p>¿A santo de qué he empezado a decir yo algo sobre el don de lenguas? Ah sí, ya sé: porque yo, ingenua de mí, pensaba en voz alta que esto del don de lenguas tenía que ser otra cosa y no el hecho de dominar un idioma. Así que busqué <strong><em>beso </em></strong>en el diccionario. <<<em>Beso</em>>>, leí: <<<em>acción de besar</em>>>. (Qué trasiego el de la Academia, se habrá herniado para llegar a tal conclusión). Los gestos del amor son seductores siempre. La caricia es como un prolongado y hermoso viaje. Una siente bajo su mano, bajo sus piernas, el frío y fuerte hueso del cuerpo que ama; nota que se estremece y se despliega, lento y delicioso. Pero el beso da un paso más. El beso humedece ese territorio, lo impregna, deja su blando y delicado rastro en él. Y, al llegar a la boca, se instala allí poderoso y absorto; en el lugar que le estaba destinado. El beso, sí señor, el beso es el único y verdadero don de lenguas. El hecho de dominar una lengua poco me impulsaría a mí a demorarme breves y  gustosas medias horas en tu boca, en una ocupación insustituible, donde nuestras lenguas sin hablar se entienden, se acomodan, descansan y se excitan, entrelazan, resbalan, conquistan el próximo deseo, se adormecen, se transponen de gozo. El beso es el auténtico don de lenguas. No se me ocurre otro más claro. Dice Gala que el beso es una toma de medidas, que puede transformarse en la toma de la Bastilla. Buena forma de describirlo. Yo además opino que quien no lo sienta así, que prescinda de él y se dirija a la guillotina simplemente. Cuando estuve en México pasé un buen rato hablando con mi guía de la historia de Doña Mariana, la intérprete y posterior amante de Hernán Cortés, una india que atendió a los españoles y que la apodaron la <em>Malinche</em> (de ahí, que incluso todavía, se diga en todo México que algo es una <em>malinchada</em> cuando una persona vende a otra, un <em>chaquetero</em>, vamos). Entonces me comentaba el guía –Juan- que malinche significa lengua en el antiguo lenguaje azteca. Y hablábamos de que, realmente, <strong>el beso con lengua </strong>es europeo total, de la Europa Mediterránea, para ser más exactos: España, Francia, Italia, Grecia... Claro, la apodaban la Malinche porque hacía de intérprete entre los indios y los españoles, ¿claro?, pues no, no lo veo del todo claro. Y empecé a pensar si no sería más bien porque aprendió a besar con pasión a nuestro modo. Ahora va a resultar que, aparte de la bella lengua española, a América le dimos también nuestras fervorosas lenguas personales. Vaya momento, acaso en el próximo Centenario del Descubrimiento sea un momento ideal para volver a hacerlo. En cuanto a mí, ya lo sabes, te aseguro que para eso no hay momento malo.<img src="http://www.lacoctelera.com/myfiles/cosasquenuncatedije/cachorra.bmp" width="470" height="500" class="imgizqda" /></p>
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<title>INVITACION</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2005/12/05/la-fusion-del-gozo-y-dolor-comprension-lo-que</link>
<pubDate>2005-12-05T13:34:08+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>La fusión del gozo y el dolor, la comprensión de lo que significa <<<em>morir de gusto</em>>>, la nueva sensación que nos hace bendecir el sexo y su desorden, capaces de librarnos de nuestros lastres y de nosotros mismos, estallan en agobiantes, desenfrenadas y, ¡quién lo dijera!, serenas preguntas: ¿Se opone el amor a la pasión? ¿Cabe la pasión sin amor? ¿Es siempre mentira la eternidad que la pasión promete y verdadera la que anuncia el amor?<br />
La vida, a pesar de ser la antesala gozosa de la muerte, no es mezquina..., es derrochadora, y yo –que sé que ella no es mía, sino yo de ella- aspiro a prolongar este breve pasillo del placer de vivir. Hasta morirme en él, o morirme por él... Ay, si el placer matara.</p>
<p>El destino es como la luz de las estrellas muertas: ya se ha apagado, y aún la vemos. Hay trenzas que, cortadas, permanecen negras cuando ya ha encanecido la cabeza que las sostuvo. Al escuchar el disparo de la salida –cuanto antes mejor-, hay que echar a correr y amar. No caben dudas para la pasión. El amante, <em>sujeto activo</em>, se presenta siempre dispuesto a correr el riesgo, oye el pistoletazo de salida y no duda en ir hacia su meta, incluso cuando el camino hacia la misma es, mcuhas veces, tortuoso y pesado. El amado, sin embargo, -<em>sujeto pasivo</em>-, no más espera en la meta para reunirse con el amante que llega, en ocasiones, exhausto de su carrera de obstáculos. </p>
<p>Todas las noches que he pasado contigo yo no puedo dormir. Estoy poseída de una agitada felicidad. O quizá no de felicidad, porque supongo que ése ha de ser un sentimiento menos torturador. Lo que no me deja dormir es una tensión que me representa, detalle por detalle, lo sucedido; la necesidad de que no pase la noche, y a la vez de que llegue el día siguiente para comprobar, a su luz, que todo ha sido cierto, y que, a pesar de ello, yo sigo siendo la misma. Con los ojos abiertos en lo oscuro, yo percibo resonancias no percibidas hasta entonces en las noches de mi vida: los sonidos quebradizos y entrecortados del agua, los remotos chasquidos de la <em>yerba</em>, el aire insomne desordenando los jardines, el silencio armonioso que luego he escuchado tantas noches descender de las estrellas.<br />
Supongo que el enamorado es igual que un faquir. Yo piso descalza sobre las brasas del amor; me acuesto en su cama de clavos; devoro sus antorchas. Y, en apariencia, sigo ilesa. Ilesa y moribunda. Nada de lo que yo te diga hará que te separes de tu propio camino. Por eso me atrevo a decírtelo... Yo, en eso, soy como quien amenaza al aire: <<<em>cuando no necesite respirarte, te vas a enterar de lo que vale un peine</em>>>.Yo he habitado un sueño del que me desahuciaron. Ahora, ante sus puertas, en una calle pública y sonora, miro sus ventanas cerradas. No me siento morir. Sencillamente, he dejado de sentirme, y eso es peor. Nada en mi vida ha sido correcto. He hecho lo que me ha dado la gana, eso siempre, y nada de lo que he hecho ha sido lo correcto, lo esperado, lo cabal. Y, sin embargo, siempre he estado rodeada de hermosos resultados. No de serenidad, no de despreocupación, no de paz, pero siempre de una remota pasión agridulce que me ha dado alegrías ilimitadas y, en ocasiones, el más puro éxtasis. Por eso escribo. Por eso comparto. Por eso animo, sin reservas, a la pasión.</p>
<p>No hay nada más sencillo que poseer un cuerpo, y nada tan complicado como poseer un alma: un alma que ni siquiera se niega a ser poseída, sino que simplemente está mirando hacia otra parte, o no mirando nada. Lo sé desde hace mucho tiempo, el que no ama siempre tiene razón: es lo único que tiene.  La soledad del que está solo no es la peor, porque aún le queda la esperanza; pero a la soledad del que está acompañado por quien no le corresponde, sólo queda la desesperación. No es posible conquistar a quien ya es nuestro, a quien nos obedece con sumisión y afecto, pero con un afecto que no es equiparable al que nosotros requerimos. El amor seguramente no es más que un deseo, y el placer seguramente no es más que un alivio del dolor que ese deseo nos produce; pero cuando el deseo no se sacia, sino que se multiplica, el dolor, en lugar de calmarse, crece hasta hacerse irresistible. Es una hidropesía en la que el agua da más sed, y en la que hasta el beber es ya también un daño, quizá sólo inferior al que nos produciría el no beber. Me quiso enseñar el agua, dice <strong>Jesús</strong>, y yo no la quise ver, también lo dice. En mí no hay nada de miserable ni de cicatero. Es posible que mi pecado sea la espontaneidad. Y, para colmo, que no sepa transmitir a quien yo quiero, y con humildad, lo feliz que soy tal como estoy. Ante el agua, no sería capaz de quedarme contemplando sin más. Ni siquiera un chapuzón en invierno lograría calmar mi ansia por lanzarme al océano. Y, siempre lo digo, no hablo de charcos, no hablo de ríos siquiera. El Océano, el Amor, la Pasión, en definitiva <strong>la Vida</strong>, no caben en nuestras almas y, sin embargo, nosotros sí formamos parte del océano. Y de la pasión. Y de la vida misma. A la que nosotros, incluso tú y yo, y queramos o no, hemos sido invitados. Nadie que haya aceptado la invitación en algún momento, ha nacido muerto. </p>
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<title>ALQUIMIA</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2005/12/02/alquimia</link>
<pubDate>2005-12-02T17:23:42+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>Al final me fui a Praga. Me hice una impresión de las cartas de <strong>Jesús</strong> y tomé un vuelo económico. Había reservado en el <em>Raffaello</em>, que no lo conocía, pero que está a dos pasos de la Mala Strana, buen lugar donde pernoctar. Yo no fui feliz en Praga. Estuve en el 95, creo, y allí no fui feliz. No del todo. Me encantó, incluso más que Budapest – al menos en mi recuerdo que no puede ser menos fiable-, pero no fui feliz. Por eso me decidí a volver. A un sitio donde se ha sido feliz jamás se debe volver. Por eso no creo que vuelva a México. En México fui feliz. Total, ¿qué se nos ha perdido en México? Supongo que todo, por eso no tengo motivos que me animen a volver. Pero Praga. En Praga sólo he estado una vez, y en diez años, Praga, ha cambiado muchísimo, me consta. </p>
<p>Durante el vuelo –nocturno, como siempre, y con cuatro copas entre pecho y espalda para superar mi miedo a volar-, releía las cartas de <strong>Jesús</strong>. Yo sólo deseaba estar con él. Al menos, con el que yo conozco. Recordaba lo que decía Pessoa con relación a lo de que uno no ama a nadie en concreto, sino que ama la idea que tenemos de alguien. Supongo, entonces, que yo deseaba estar con el Jesús que me he formado en mi mente. Así que concluí que deseaba estar con un concepto mío, es decir, conmigo misma. </p>
<p>Una vez llegué al hotel de Praga, sin cenar siquiera, me acosté. Justo antes de eso estuve mirando por la ventana más de media hora. Escudriñando las figuras humanas, los raros perros, los charros bancos de una especie de placita justo debajo de mi hotel. </p>
<p>Al día siguiente, cogí mi bolso de los viajes, mi mapa y anduve sin rumbo fijo. No recordaba Praga así. Cuando yo estuve, todavía se atisbaban los últimos vestigios del comunismo. No había hamburgueserías, no había ni siquiera cabinas telefónicas. Recordaba los cristales rotos y, dentro de los edificios tan hermosos, los niños cantando con esas voces de infinito cansancio. Hermosas y tristes a la vez. Praga había cambiado tanto en diez años. Me acordé de una niñita de unos doce años que llevaba un perro enorme en sus bracitos al que transportaba a duras penas. Tendrá una pata rota o estará enfermo, -pensé yo-. Le pregunté a la niña. No comprendió. Deduje que la necesidad –de ambos, perro y niña- por la cual la niña llevaba en brazos al animal, era más bien afectiva. Mientras iba disfrutando de la magnífica vista desde el Castillo, tomé la calle Nerudova, hasta llegar al Puente de Carlos que, como siempre, me lo crucé varias veces entre el tumulto de los artistas tragando fuego, los pintores bohemios sentados en banquitos plegables, algún paseante despistado y muchos niños que iban correteando. Luego llegué a la plaza de la Ciudad Vieja, maravillosa, incluso fui a la Torre de la Pólvora. Sin embargo, en cuanto las ruinas de la tarde iban apareciendo, con los estigmas de la media luz en mis ojos, justo antes de que me percatara de que era casi de noche, decidí ir a la Zlatá Ulièka, la antigua calle de los alquimistas, la calle del oro. Mientras paseaba, iba pensando en lo mucho que deseaba caminar entrelazada de la mano con <strong>Jesús</strong>, sin hablar, tan sólo pasear, sin llegar, tan sólo ir. Sabía que mi fascinación en algún momento terminaría para dar paso a la desesperación. Y entonces empezó a llover. Pero seguí enmimismada, tranquila, buscando a mi derecha o abrazándome por la izquierda, a <strong>Jesús</strong>. Me acordaba de nuestras conversaciones, de que una no siempre da todo lo que le piden. Recordaba su dulzura, sus cumplidos y, a la vez, su forma de expresarse de la que siempre he deducido que piensa más rápido de lo que luego es capaz de escribir. Por eso releo sus cartas, impresas, que llenan de luz mis dedos mientras las sostengo. </p>
<p>Al final, siempre estoy sola. En Praga caminaba sola, feliz. Al menos, serena y esperanzada. Y no es fácil. Desde que me conozco, he tenido que mantener el tipo –y qué tipo tenía yo- por no dejarme avasallar. Siempre he trabajado en puestos responsables. Siempre he hecho lo que me ha dado la gana. Soy mi propia dueña. Me moriré en una acera, porque me encanta andurrear, observadora y distraída; si mi casa se hunde, no me coge debajo, desde luego. No soy feminista, no soy machista, sólo soy yo, así, sin más. Es que hay algunas feministas que son peores que los hombres: qué mandonas. La igualdad de derechos no quiere decir que todos seamos iguales: eso sería morir de aburrimiento. Pero al final, siempre estoy sola. Para una mujer es tan fácil todo. Todo lo relativo a la compañía, digo. Si eres atractiva no necesariamente es más fácil. Sólo ser mujer basta para disfrutar de una compañía, al menos durante unas horas. Pero yo no quería eso. Tan sólo quería pasear por la calle de los alquimistas, la dorada calle por la que un día, mientras releía las cartas de <strong><strong>Jesú</strong>s</strong>, le imaginaba a mi lado, sonriéndome, prestándome su mano y su infinito cariño en cada esquina, culminando con un abrazo.<br />
El aire era helador. La bendita calle del oro, la escena de mi imaginación, los labios contraídos, mis manos enguantadas, mi corazón lleno con la luz de tus escritos, todo enmarcaba el lienzo hermosísimo de dos días inolvidables en Praga. Dos días en los que yo no dejé de ser yo, pero sí imaginé que era –al menos- el concepto de otro, tu concepto, quizá. Nos faltó Praga entera y juntos. Nos faltó esa foto en el puente, ese mirar hacia el río. Se nos quedó ese largo paseo por la calle nigromántica y mágica bajo el gélido manto de las estrellas, nos faltó un <em><<¿estás bien?>> al llegar al hotel. </p>
<p>De nuevo enfrente del ordenador, me pregunto quién aparta la urgencia de la vida. Aquí, sobre el teclado, con un vaso al lado, me gustaría tener alguien a quien preguntarle <<<em>¿con hielo?, ¿en vaso de tubo?</em>. No me siento sola, y estoy feliz mientras miro, por mi ventana, la tarde empapada cayendo. El camino es largo y, vivido lo vivido, me doy cuenta de que me sigue quedando camino por delante. Mis recuerdos, el amor, el libro a medias, las amistades, el viaje soñado, las largas noches de viernes. Todo está conmigo. Todo lo llevo, como una mochila, montado en la grupa. Poco más tengo. Pero todo está de mi parte. Incluso mi incapacidad para transmitir cuanto tengo dentro. Incluso mi malinterpretada espontaneidad. Al fin y al cabo, el que no ama siempre tiene razón: es lo único que tiene. <img src="http://www.lacoctelera.com/myfiles/cosasquenuncatedije/castellana.bmp" width="604" height="400" class="imgizqda" /></p>
</<¿estás></<<em>]]></content:encoded>
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<title>SANGRE EN EL CORAZON</title>
<link>http://www.lacoctelera.com/cosasquenuncatedije/post/2005/12/01/sangre-el-corazon</link>
<pubDate>2005-12-01T12:24:06+00:00</pubDate>
<content:encoded><![CDATA[<p>De madrugada nos hemos amado de una forma pausada y deliciosa. En las primeras veces, los primeros encuentros, todo era apresurado y algo torpe. Al principio, después de derramarnos juntos, permanecíamos quietos y abrazados. Poco a poco, tu satisfacción ha conducido a la mía. Ahora te presentas a mí coronado de flores –sólo de flores-, como a una primera cita. Te acercas a la cama, donde yo ya yazco, y te aproximas a mí, cálido y con brazos enormes y preciosas manos. Te acercas a mí como una copera que ha de servir a su joven ama, que lo espera, impaciente y ávida, sobre el lecho. Y te miro despacio, casi extraviado el deseo de tanto desearte. Y en ese momento eres un hombre que besa la boca que en ese instante quiere: mi boca; que deslizas tu mano, despojada de anillos, por el cuerpo que anhelas: mi cuerpo, tembloroso de lascivia igual que quien al amanecer se destapa entre sueños; eres un hombre que pones tu mente, despojada de títulos, sólo en darme placer: a mí; eres un hombre que llega hasta el lugar propicio, entre los largos muslos: mis muslos, y mojas tus dedos en el inconfundible testimonio del ansia; eres un hombre que me entrega su corazón, despojado de cualquier religión, y lo introduces en todo mi ser. Y estoy allí sin obligación alguna que me lo exija. Y tu cuerpo junto a mí, o bajo el mío, se entrega y se abre, dulce y maduro lo mismo que una fruta, flexible y dócil, generoso de sí y hambriento de mi cuerpo, emanador de placer y placentero sólo con que se rocen tu piel y la mía, bienoliente que no perfumado, como un pan recién cocido dispuesto para saciar un apetito.</p>
<p>A media mañana nos hemos amado con tan solemne lentitud que parecía que cumpliéramos una ceremonia religiosa, y sin duda lo era. He pasado mi lengua perezosa por los rincones de tu cuerpo, y cubierto de saliva tu ombligo, en el centro de tu abdomen, en el centro del universo. Así de pausadas supongo que se aparearán las tortugas. Y tú, con los ojos entornados, me has devuelto todas las caricias. Yo, montada sobre ti, he recorrido los misteriosos triángulos de tu cuerpo, excitándote y aniquilándote. Poseída por esa embriaguez, en que se deja de vivir por vivir más, o en que una deja de ser todo lo que vibra, con todo lo que palpita en este mundo, he pensado a ráfagas qué breve y sucedáneo es el deleite de la masturbación comparado con este otro, tan inducido como compartido, donde la crueldad y la generosidad, el egoísmo y la largueza se enredan y confunden.</p>
<p>Después te has tenido que ir. Es normal. Pero volverás otro día, quizá a esa casa con vistas al mar en la que yo te colmo de atenciones y lisonjas. Y, regreses cuando regreses, encontrarás todo tal como lo dejaste; y a mí, tal como me dejaste. Seguiremos en lo nuestro. Con la misma alegría, con la misma pasión desesperada. Con la misma forma de mirar hacia dentro, con la misma manera de entrelazar las manos. Y volverás a irte. Es lógico. Así debe ser. Después de despedirte, paseo por la orilla del mar, con vaqueros y los pies calzados; lógico en este tiempo. Llego a casa tras el largo paseo, llevo los botos manchados de tierra –si es que la tierra mancha- y, como un perro que sube de su paseo vespertino, te busco en la habitación en la que hemos estado amándonos. Tú no estás, pero tu olor permanece. En mi ropa, en mi cuerpo, en mi cabello. Abrazada a la almohada echo un vistazo a la habitación donde, hace apenas unas horas, cupimos tú, yo y el amor. Nada dura más de un cuarto de hora. Nada dura menos que el amor. Tarde o temprano, la rosa en el corazón se marchita. Porque el corazón no tiene agua, sino sangre. La misma sangre que, mientras escribo estas líneas, fluye con más fuerza que los ríos. Y, mientras tú me lees, deberías sentir tus dedos (en este caso, tus ojos), manchados con mi sangre.</p>
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