PABLO
Decía Chillida: <
Llevo observando el cielo desde que tengo consciencia de mí misma. Así me crezco. ¿Puede alguien que no tiene nada crecer? Si desde mi casa puedo ver el mismo cielo que ves tú, ambos podemos crecer. Es más: somos igual de grandes siempre que miremos el mismo cielo. Alguien desde su mansión verá exactamente el mismo trozo de cielo y no por verlo desde su casaza esta persona es más grande. A veces nos pesa todo. Sentimos un nudo en la garganta que nos oprime y no nos deja respirar, nos cuesta seguir... Es el peso de todo (no, no te preocupes, no es que hayamos engordado). Nos pesa lo vivido, pero sobre todo nos pesa lo no vivido: la cama no compartida, el zumo del desayuno, las malas noticias, el plancharte tus camisas, los cuadros sin colgar, las interminables tardes de domingo. Este sentimiento está más cerca de la desesperanza que de otra cosa pero no por eso ha de hacernos más pequeños como personas.
Una vez, cuando éramos más pequeños, mi hermano encontró un gorrioncillo que no podía volar. El frío del invierno había dejado inutilizada un ala durante un breve espacio de tiempo, justo cuando mi hermano lo subió a casa. El pobre se encogía, estaba asustado y aterido de frío. Mi hermano lo tenía entre las manos cogiéndolo firme pero con delicadeza y el pajarillo trataba de echar el vuelo pero con mucha torpeza y sin éxito. Recuerdo que Buster, nuestro perro, estaba todo el rato pendiente de las manos de mi hermano merodeándole intranquilo como si esperase que el gorrión iba a ser un juguete de esos que le dábamos para roer. Después de varios minutos, el pajarillo venció la torpeza al entrar en calor y pudo echar a volar poco a poco. Mi hermano fue hacia la terraza, se cercioró de que efectivamente no iba a desmoronarse y le soltó. Nos quedamos mirándole mientras echaba el vuelo y se alejaba. Buster le miraba también con los ojillos cristalinos como esperando su vuelta en cualquier momento. Así es como los humanos nos quedamos mirando las cosas que se nos van, como esperando que vuelvan en cualquier momento. Eso es lo que conocemos como eternidad.
Afortunadamente no todo está perdido. La felicidad, decía Proust, <
Hay algo que me atrae terriblemente. Más que la belleza, más que la inteligencia; incluso más que la juventud. Es la alegría de vivir (la eterna Carmen de Bizet). Las ganas de vivir a pesar de todo. Esa lucha continua que es el vivir –a pesar de que la vida no es nuestra, sino que nosotros somos de la vida- nos pone continuamente en la tesitura de tener que elegir (la comida de hoy, la película de ayer, el viaje de dentro de tres meses, incluso si comprarnos un coche o no). Elegimos todo aunque a veces se nos elija por nosotros. Pero siempre que tomamos una decisión, incluso cuando ésta sea equivocada, sabemos que somos nosotros los que la hemos tomado y eso nos hace sentirnos libres. Alguien muy pobre podría elegir ser rico pero, seguramente, sería muy difícil para él salir de su pobreza o quizá no llegando por métodos no muy éticos. Aún así estaría eligiendo la forma de continuar con su vida (<
Y amar y ser amado no es vivir de la costumbre. Tampoco lo es vivir del olvido. ¿Por qué olvidar? Realmente no creo que se olvide. ¿Acaso no estamos hechos de todo lo que olvidamos? No, yo no quiero olvidar (se me olvidó que te olvidé, a mí que nada se me olvida). Pero sí pongo en una balanza las cosas que me merecen la pena y aquellas que me hacen desgraciada. Y me inclino del lado de las cosas que me hacen feliz. Y por eso me quedaré a tu lado y te invito a que me lo permitas de manera que todo lo que nos ocurra sea simplemente por una razón: porque hemos elegido vivir moviéndonos por la amplia sala de baile.
Entonces algún día le podremos decir a Chillida: <
Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.
heliopolis dijo
Cuanto me alegro.
23 Febrero 2006 | 07:36 PM