EL IMPARABLE SOLSTICIO
Si hay algo de lo que siempre te estoy escribiendo, es de la vida misma, y del amor. No hay nada absolutamente en mis cartas que no haga vislumbrar mis sentimientos, las entretelas de mi corazón. Aunque escriba sobre Andalucía o sobre la vejez, sobre perros o sobre una tía en La Rioja, siempre se puede entrever, como si la carta llevara un cristal de aumento, todo lo que pienso, siento y yo misma soy. Cuando escribo de forma manuscrita con la pluma, es como si me pasase el folio por el corazón. Cuando lo hago en el ordenador (últimamente más frecuente de lo que yo quisiera, por lo del sentimiento de adulterio que me causaba al principio dejar la pluma para utilizar el teclado), es evidente que, por cuestiones de peso y tamaño –incluso estéticas-, no puedo pasarme la CPU por el corazón, pero como si lo hiciera. Algunas cartas derramarían sangre por los cables de la impresora, en vez de tinta.
De lo que sé de la vida, es que no es nuestra, sino nosotros de ella. Y que nos ha sido dada –o bien nosotros a ella- para utilizarla con propiedad, es decir, gozando de cada minuto como si fuera el último, sacando todo el provecho a la vida misma como si se fuera a terminar al día siguiente que, de alguna manera, se termina y nunca sabemos cuándo. Que el milagro de la vida es, en sí, un deber intrínseco que implica llevarla a cabo con la mayor dignidad y sin desperdiciar ni un segundo de la misma.
De lo que sé del amor, es que llega en cualquier momento y de cualquier manera. Que no hay que llamarlo, ni buscarlo, ni siquiera esperarlo. De lo que sé de mí, como la persona más cercana y con la que me veo obligada a convivir a todas horas, es que siempre he ansiado el amor como algo susceptible de existir, algo pleno, único, irrepetible. El amor como un trabajo consistente en ayudar a que alguien se cumpla y que, al hacerlo, me cumpla a mí misma. Me cumpla y me complete. Cuanto más impulsivo el amor, es decir, cuanto más irracional, más inmediatamente feliz. Cuanto más reflexivo, calculador y consciente, no es que se haga más humano, sino más aproximado a otro concepto que no tiene, en principio, nada que ver con él. Me refiero al concepto de la prostitución (prostitución por etimología no es más que poner en venta). Hay muchos que no tienen qué comer y prestan su cuerpo para que les den (de comer, digo). No obstante el ser humano aspira a mucho más que la comida. De ahí que existan prostitutos que sí dicen su nombre, mientras que otros hacen lo mismo pensando en otra cosa. Putos son todos, sea cuales sea su estatus y su sexo y su edad: cualquiera que finja, por un interés no amoroso, los gestos del amor, cualquiera que consienta, sin deseo, el deseo de otro para obtener algo distinto del puro gozo carnal. Aquí no cabe la caridad ni la beneficencia: o se hace a gusto o se es puto, se cobre como se cobre: en dinero, en especie, en esnobismo, en fama o en peldaños... Por eso el haberte conocido de la manera en que nos conocimos no me preocupa en absoluto. Lo animal no se equivoca casi nunca, lo instintivo acierta casi siempre. Mientras lo sobrenatural, la razón decidiendo en total lucidez y en plena vigilancia, yerra a menudo. Al menos, en mi caso. Yo contigo decidí –no, ni siquiera llegué a decidir, eso implicaría haber adoptado la determinación de resolver algo que estaba llamado a ser solventado como si de una tarea se tratase- más bien me entregué –voluntariamente aceptado mi destino- al abandono que supone esperar que llegue la luz, el arco iris, la sugerencia. Ahí reside, pues, la garantía de acierto que, día tras día, me convence –si cabe- aún más de que mi abandono ha sido, es y, sospecho, será; mi felicidad por definición.
Sé que en anteriores ocasiones creí escuchar el disparo de salida. A veces eché a andar, otras tan sólo dejé que el tiempo se instalara, como un huésped insólito, sin apenas ilusión, con pretensión de algo pero sin el afán que ello requiere. Pero el amor es una ciencia exacta. No requiere pruebas, no precisa de explicaciones. Aquí no cabe la duda: o se ama o no se ama. Si hay la más mínima duda entonces no es amor.
Yo había llegado a olvidarme de mí misma. Últimamente, no hacía otra cosa que no llevara consigo bullicio, jolgorio, algarabía. Como si la falta de bulla implicara la soledad o la melancolía, parecía que me hubiese propuesto estar toda mi vida de cachondeo. Sin preocuparme de las resacas del día siguiente, ni de la vertiginosa caducidad de las caricias sin sentimiento. Sólo vivir el día a día, con bulla, a castañuela batiente y sin tiempo para otra cosa. Entonces irrumpiste tú. No sé si entraste violentamente o con paso suave. Pero, sobre todo, con paso firme, hacia delante, como tú lo haces todo. Sin dudas, sin vacilaciones. Ingresaste en mi vida una mañana cálida de febrero y ya nunca saldrás de ella. Y fui conociéndote, poco a poco, a ciegas, sin presentir. Sin prejuzgar. Como si fuese a terminarse el mundo –que de alguna manera se termina- y sólo existiera el presente, así me entregaba yo a ti en cada encuentro. Sin temor ni proyecto. Subió el deseo por mis ojos, llegó hasta mi boca. Extraviado y a la vez recuperado. Y tú ahí, concreto, tangible aunque inaccesible para mí en esos momentos. Pero estabas a mi alcance. Me miraste a los ojos el primer día, justo después de haberme follado infinitas veces: metiste tus ojos en los míos y yo ya no vi más.
Y, de repente, como un milagro, te entregaste a mí en la forma que se entrega uno como un jarro que se vacía, sin que le quede nada dentro. Por eso esta vez he escuchado el disparo de salida y he echado a correr y a amarte. Sin gafas de cerca, dejando que todo vaya desarrollándose sobre la marcha. Sin más temores que los propios. Y cada día sucede un milagro aún mejor, un día aún más luminoso, una mañana aún más resplandeciente. Si yo te doy mil caricias, tú me las devuelves multiplicadas por cien mil, si yo te tiendo la mano tú me abrazas entera, si yo caigo, tú me alzas en tus alas y me dejas en un lugar, si acaso, más arriba del que estaba antes de caer. Si yo invento una estrella, tú ya la conocías anteriormente y le das el nombre del recuerdo. Y la haces tuya. Como a mí. Y juntos malgastamos, porque para eso es nuestro, el tiempo, y porque es lo único que con él puede hacerse (con el amor también, a manos llenas). Y juntos devoramos la menuda fruta de los besos con voracidad. Y sentimos el calor de los abrazos seguidos del hola y el frío del adiós de las despedidas nos atraviesa el alma con su filo.
Nunca te lo he dicho pero, justo el domingo después de haber estado en el Parador, en medio del aperitivo con unos amigos colombianos; tuve que ir al lavabo porque algo aprisionaba mis sentidos. Tenía unas irrefrenables ganas de llorar (cosa que hice nada más llegar al baño) y pensaba –no sé por qué- que esa era una de las últimas veces que iba a encontrarme contigo. Así que escribí un mensaje en borrador de mensajes de mi teléfono. Sin enviarlo. Lo dejé preparado para la ocasión. Listo para enviártelo cuando descubriera o me dijeras que no querías verme más. El mensaje decía algo así como: El día que tú no estés, yo miraré esa estrella. Cuando tú no estés, yo besaré tu tierra, tu río, tu trigo. Yo pondré las bridas a tu caballo cuando tú no estés. El día que tú no estés.... Al poco tiempo lo borré. Supe que no tendría que enviártelo.
El imparable invierno se acerca. Y con él, tú. Ambos os vais instalando, os siento llegar. Y llegarás ya pronto. A nuestra casa. Todo manga por hombro. Todo por ordenar. Las bombillas desnudas inaugurarán la luz a unos días llenos de albor, de resplandor. Y yo iré a esperarte. Y ya nunca tendré que dormir sin ti. Y volveremos a despertarnos juntos, a un mundo recién inaugurado, ileso, intacto, virgen. Día tras día. Con el afán de nuevas pasiones o, en su defecto, como decía Lezama Lima, el escritor cubano: utilizaremos las viejas pasiones con igual intensidad que si fueran nuevas. Con el ardor de siempre. Porque, en la vida y en el amor, todo es arder. Ahora y siempre.
Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.

Khaos dijo
Crei que nos habias abandonado,que no regresarias,no sabia si por pura felicidad tuya o por pereza.Por suerte no ha sido asi y me alegro porque leerte es un placer y ya se sabe que el placer que llega sin avisar tiene su punto.Un beso y sigue regresando por favor.Yo mientras tanto voy una vez mas a recordarla.(y a echarla muchisimo de menos).
30 Septiembre 2006 | 12:07 PM