Adiós
Su inmensidad los dejaba absortos en una conversación de silencio. Mirando hacia el horizonte desde el coche, él rompió este estado letárgico con la voz triste:
- Me sobrecoge el mar, tan grandioso y azul. No se distingue la discontinuidad entre el cielo y la tierra.
Ella no podía dejar de mirar hacia las aguas porque si fijaba sus ojos en los suyos rompería a llorar. Él continuó hablando sereno:
- Es tan hermoso. Y yo estoy muerto.
- ¿Qué? – respondió extrañada.
- No hagas como si no lo supieras, estoy muerto y todos vosotros lo sabíais. Menos yo.
El silencio volvió a envolverlos.
- No queríamos que...
- Me sacaste de una farsa para traerme a la realidad, y al final, todo es mentira. Todos me han traicionado, pero tú...
- Entiende que si te lo hubiera dicho nunca habrías venido conmigo.
- Me has traicionado, ya no pertenezco a ningún lugar. Eres una traidora.
Salió del coche dejándola sola en el llanto por haber vuelto a perderlo, pero esta vez sabiendo que era por su culpa.
- ¿Por qué eres tan duro?- se preguntó susurrando sin saber porqué no le entendía.
