Hemos entrado corriendo en clase y nos hemos encontrado con una desagradable sorpresa: Doña Amparito estaba junto a la pizarra y se disponía a decirnos alguna cosa. Nos hemos sentado en nuestro sitio sin apenas respirar para no llamar su atención: —Vuestro profesor no ha podido venir, está malo. Así que vengo yo. Haced lo que tengáis que hacer....
La semana pasada me encontré con ellas en la esquina derecha del edificio de enfrente. Me sorprendió verlas. Nunca se dejan ver. Esos ojos. Esas sonrisas desdibujadas.