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Historias soñadas y otras ficciones

El lugar donde no habías estado.

21 Septiembre 2007

Atrapado en la casa de madera (Parte 3 y última)

Mientras desciendo buceando por el hueco de la escalera me doy cuenta de que no recuerdo haber visto ninguna trampilla de ningún sótano cuando estuve inspeccionando el primer piso de la casa, hace unos minutos. Y, desde luego, el escaso tiempo que podré aguantar la respiración no me deja mucho margen para encontrar la trampilla salvadora, si es que existe; de modo que solamente se me ocurre una posibilidad. Sólo me queda una bala y tengo que acertar; o todo o nada. Entro en el salón y me acerco a la alfombra, aquella tan bonita pero estropeada por el agua; la enrollo y compruebo que debajo hay... ¡una trampilla! Sin tiempo para alegrarme por mi buena intuición intento abrirla. El peso del agua que llena la casa me lo pone más difícil y me estoy quedando sin aire. Consigo abrirla un poco y veo como empiezan a salir burbujas mientras el agua entra en el sótano. Necesito abrir la trampilla, necesito entrar. NECESITO EL AIRE QUE HAY AHÍ DEBAJO. En un último esfuerzo que me cuesta el poco aire que me quedaba consigo abrirla lo suficiente y me lanzo por el hueco, hacia lo desconocido. La trampilla se cierra bruscamente mientras desciendo en la oscuridad. Finalmente aterrizo contra el suelo, por tercera vez, ya me estoy acostumbrando. Respiro; mejor dicho, el aire irrumpe violentamente en mis pulmones y, tras unos momentos necesarios para recuperar la compostura, me incorporo y trato de averiguar dónde he caído exactamente. Mientras mis ojos no se adapatan a la oscuridad me voy moviendo a tientas. El agua que ha entrado mientras la trampilla estaba abierta me llega hasta los tobillos. Doy pequeños pasos y extiendo los brazos a mi alrededor haciendo movimientos suaves. De repente mi rodilla tropieza con algo. Acerco mis manos con cuidado. Parece que estoy tocando algo de madera. ¿Una caja? Un baúl grande. Encuentro la cerradura. Estará cerrada con llave, con la racha que llevo. ¿No? Que extraño. Pues lo abro. ¿Qué habrá dentro? Una linterna con pilas sería lo máximo. Hay ropa, telas, cosas así. Dejo el baúl y sigo inspeccionando el sótano. Un poco más allá tropiezo con otro baúl, que también está abierto. Dentro hay objetos metálicos, herramientas, cuchillos; mejor no meto demasiado la mano aquí. Poco a poco mi vista se adapta a la oscuridad y adivino el contorno de otros baúles de madera esparcidos por todo el sótano. Una tenue luz entra por una minúscula ventanilla que hay en la pared, cerca del techo. También distingo una estrecha escalera que sube hasta la trampilla por la que entré. Parece que hayan desvalijado la casa y metido todas las cosas en estos baúles. Con razón no encontraba nada cuando estaba arriba, todo está aquí abajo. La pequeña ventana de la pared da al exterior y a través de ella se puede ver que el sótano está por debajo del nivel de agua que rodea la casa. Está completamente sumergido. Genial, estoy en una burbuja de aire bajo el agua. Acabo de librarme de morir ahogado dentro de la casa para morir asfixiado en este maldito sótano hermético, ¡vaya día que llevo! ¿Y ahora cómo salgo de aquí antes de que se agote el aire? Quizá la llave que abre la puerta de la casa o alguna ventana esté aquí abajo, escondida en algún baúl. Pero aún encontrando la llave, ¿cómo salgo del sótano? Ya fue difícil abrir la trampilla para entrar y si intento abrirla para salir el agua que entraría al sótano me empujaría hacia adentro. Y en el supuesto de que consiguiese salir del sótano, ¿cómo estar seguro de que la llave abriría la puerta? Si esa llave, que todavía no tengo, no funcionase, todo se habría terminado para mi. ¿Qué hacer? Me pongo a rebuscar por los baúles. No voy a quedarme de brazos cruzados, algo habrá que intentar. No encuentro nada que me sirva: candelabros, velas, lámparas de aceite, utensilios de cocina, sábanas... Resignado, me siento sobre un baúl. Ahora mi vista se ha adaptado totalmente a la oscuridad y puedo ver perfectamente todo el sótano; me fijo entonces en algo en lo que hasta este momento no había reparado. En la pared del fondo, la que había permanecido más oscura en todo momento por ser la más alejada de la ventanilla, hay un objeto colgado. Me levanto y camino hasta la pared. Es un hacha, un hacha grande de leñador. La descuelgo; pesa un poco pero puedo manejarla. Acabo de tener una idea, una idea para salir. Subo la escalera del sótano y me quedo a una distancia prudencial del techo. Entonces empiezo a darle hachazos a la trampilla. Intentando cortar los listones transversales de refuerzo. Los primeros golpes cuestan trabajo, empiezo a sudar y el esfuerzo hace que consuma cada vez más aire. Pero poco a poco logro hacer hendiduras por las que ya empieza a colarse el agua. Cada vez es más fácil y la madera va cediendo más hasta que con un último hachazo logro partir la trampilla de lado a lado. El peso del agua encima de la trampilla hace que se hunda hacia el sótano cayendo sobre mi los trozos de madera. El agua entra en tromba por el hueco de la trampilla y me impulsa hacia el suelo. Me aparto del chorro de agua y, con el hacha bien sujeta, espero a que se inunde el sótano.

Empiezo a flotar y me voy acercando al techo. El peso del hacha hace que sea más difícil flotar pero no tengo más remedio que llevarla conmigo. Cuando ya quedan sólo unos centímetros para que el agua llegue al techo cojo todo el aire que puedo y salgo buceando por el hueco de la trampilla. Me dirigo a las escaleras y subo al segundo piso donde, tal y como esperaba, el agua que ha inundado el sótano ha dejado espacio para el aire. Respiro, me coloco frente a la ventana y empiezo a hachazos. El nivel de agua no para de subir, la tengo en el pecho, y yo no paro de soltar hachazos. Por un momento me creo el personaje de Jack Nicholson en El Resplandor, sólo que el ansia homicida no la tengo contra mi familia sino contra la cerradura de la maldita ventana. Con el agua al cuello suelto un hachazo fortísimo y escucho el sonido de una cerradura rompiéndose. La cerradura se ha roto. Veo un chorrito de agua que sale hacia el exterior. Suelto el hacha y abro la ventana de par en par. El agua sale por la ventana. Me asomo y respiro el aire de fuera. Allá en la orilla se ve una hierba verde muy apetecible. Salgo por la ventana y me descuelgo por la pared exterior hasta el suelo. Voy hasta la orilla y me siento mirando hacia la casa. El agua de la cascada cae sobre la casa, entra por el agujero del tejado y sale por la ventana que he abierto. Me tumbo de espaldas y miro las nubes. Todavía hace calor. No me importa quedarme dormido en tierra firme.

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

noe

noe dijo

¡Que bo, Dani! Parecía que me afogaba ó ler que non dabas aberto a porta do sótano. ¡Que mal rollo! Estás feito un escritor de primeira, chaval. A ver cando sacas outro relato que, como fan túa número un, estou impaciente. Sigue así e a ver se nos vemos :)

7 Octubre 2007 | 04:13 PM

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O Porriño, España
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Calderón decía que la vida era sueño. Yo digo que los sueños son historias. Por tanto, aquí encontrará el visitante relatos de sueños, aventuras oníricas contadas sin mayor objetivo que hacerle pasar un rato entretenido; amén de otras historias no necesariamente inspiradas en sueños, para cuando la memoria me falle al despertarme. Page Ranking Icon

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