ROSMARY Y LOS OJOS DEL DIABLO (1)
Unos días después de su boda con Frank Sinatra y justo antes de rodar La semilla del diablo (Rosmary´s baby, 1968), Mia Farrow vivió una de esas experiencias que sólo el demonio puede uridr, mezclando la crueldad y el desconcierto.
Pocos días después del enlace, el cantante acudió disparado a cumplir con uno de sus inenudibles compromisos en Las Vegas. Pasar por la vicaría no iba a quitarlo de sus veladas demanciales con sus amigos de Rat pack, los políticos, los mafiosos y un puñado de prostitutas de lujo. Además, la ciudad del juego es un sumidero que reclama y paga bien a los artistas dentro de un entramado de diversión casi constante. Cualquier cosa para evitar que quien se ha dejado los ahorros de toda una vida, no se le ocurra salir hacia el aparcamiento, ese el lugar donde la estadística, pasatiempo que ocupa a dueños y usuarios del casino, señala como un lugar sin retorno.
Una de las noches, la actriz acudió a verle, se sentó entre el público y así pasar lo más desapercibida posible. La actuación llevaba ya un rato cuando Frank consiguió distinguirla entre los asistentes y la saludó desde el escenario. Con toda la atención sobre ella, y un auditorio entregado, una joven Mia Farrow que por entonces sólo tenía 19 años, se levantó y confundida saludó a todo el publico que respondió con una ovación desmesurada. Iba a sentarse, pero Sinatra se lo impidió, comenzando a hablar. Allí estaba la muchacha, en aquella situación no prevista, poniendo la mejor de sus caras de circunstancia ante un auditorio que no había parado de jalear. Es entonces cuando el ídolo soltó a bocajarro: "Ya veis que me he casado. Pero tenía que hacerlo, por fin he encontrado a una chica fácil de engañar".
Que aparezca algo en muchos sitios y más si es un hecho circunstancial, no es una casualidad. Muchas de las biografías de Frank Sinatra y la propia Mia Farrow, señalan aquel incidente como el comienzo del fin de su relación. Allí estaban todos riendole la gracia al cantante, y ella de pie poniendo cara de agrado, una expresión que poco a poco se fue tornando en agustia, hasta que, sin que casi nadie lo percibiera ,sus ojos se fueron llenando de lágrimas al tiempo que toda la sala reía a carcajadas, incapaz de reaccionar y de entender a qué había venido semejante comentario.
Hay perliculas que van ligadas a la evocación de un determinado sentimiento, un gesto de una actriz o actor, siempre claro que éste sea lo suficientemente auténtico, y aunque contenido en muchas ocasiones, intenso. Y La semilla del diablo es una de estas películas, en las que todo el argumento se me resume a la expresión de Mia Farrow cuando descubre todo el pastel...Un dulce con guinda envenenada que no tuvo saberle muy distinto del que probó aquella noche ante el auditorio de Las Vegas.
Decía Roman Polanski, que el director ha de ser el primer observador, el primero que se sitúa delante de la escena, en un lugar determinado en el que se va a rodar, visualizar la acción y luego intentar plasmarla tal y como se percibe . "Simplemente pongo la cámara donde antes he estado y si la muevo es porque también me he movido yo para comprender qué está pasando". Es así de simple y La Semilla del diablo esta rodada de esta forma, su simplicidad, esa sensación de que no está pasando nada y que somos meros espectadores de hechos cotidianos es lo que la hace tan terrorífica.








ignacio gonzalez dijo
Gracias a ti por dejarme tus letras. Evidentemente que muchas afirmaciones son provocadoras, pero lo bonito son las interpretaciones, y que cada uno haga lo suyo.
Del cine, lo que más me gusta son las cosas que escribes tú.
nacho.
2 Mayo 2008 | 09:24 PM