Como ayer.
Voy a calcular mentalmente la distancia que media entre los dedos de tus pies y mi frente pegada a tu nariz. Un abismo. Jamás dos cuerpos entrelazados en aparente y perfecta armonía distaban de estar tan lejanos. Yo, me columpio en el techo enganchada de alguna gotera. Tú, con los ojos abiertos descansas en blanco.
En tu ausencia la dejadez y el abandono me tomaron prisionera. La ropa que se arruga amontonada en la silla, el bizcocho que se quema en el horno, los gorriones que hace tiempo se olvidaron de cantar. El reloj que se cubre de polvo y aguarda su muerte, ese que antaño mataba por un segundo más.
En la mesa descansan los platos sucios que se cenaron nuestra incómoda postura que la tele encendida nos permitía disimular. La luz tenue que llega desde el salón en lugar de difuminar tu sonrisa, deja entrever tu ceño fruncido y exhibe mi desencanto. Nada como ayer, ya sabes, y me parece que así sería mañana o dentro de cien años.
Cupido desvió sus flechas y agujerearon las paredes de este cuarto. El olvido traicionero que se coló por las rendijas de las puertas, que secó las macetas del balcón, que nos meció en un vaivén de olas revoltosas que consiguieron separarnos.
Lo que una vez llamé destino hoy es casualidad. Lo que en un momento pareció divertido hoy es fatalidad.
Solo necesito que me encuentres, más allá de la máscara que me improvisé para esconder mis intenciones. Necesito recorrer con mi dedo índice tus cejas, tu sien, tu oyuelo, y sentir que te reconozco, que todavía eres el chiquillo que escalaba hasta mi ventana con un candil las noches de luna nueva, para ahuyentar los monstruos de mi armario. Ese que me cantaba al oído letras de autores raros, que usaba mil coletillas, que me prevenía del mal humor y me dejaba notas en sitios insospechados.
Para ello necesito que me abandones, cierra los ojos y escapa por esa ventana. Deseo hallar tu recuerdo, grabado a fuego en algún rincón bajo tu cuerpo. La única forma de desenterrar el pasado es regresando a hurtadillas.
Voy a pedirte que hasta mañana, con el primer café, no me digas adiós. Duerme conmigo esta noche, que tengo miedo de sentir. Deja que me deslice hasta tu lado derecho y me apoye en tu pecho, donde siempre hacia calor. Prometo no hacer ruido, prometo velar tus sueños con los míos y en breve rumiaré todo lo que no te supe decir.
Cuando llegue la mañana el despertador me arrastrará al mundo donde la cordura es la protagonista y la locura una vagabunda infeliz. Entonces me olvidaré de ti. No recordaré tu corazón latiendo desmesurado bajo mis pechos, exigiéndome explicaciones que solo el tiempo nos puede dar, mañana o dentro de cien años. Seremos desconocidos que se cruzan en la calle, inmersos en el gentío que abarrota las calles de la ciudad. Solo eso, dos extraños.
Duerme, que quiero sentirte otra vez. Tal y como ayer.






alicia18 dijo
Hola Nube, es un hermoso post, con hermosas palabras que saben a despedida, y te puedo afirmar que las despedidas cuando las alargamos se hacen más dolorosas y nuestro pobre corazón se resiente.
Besitos angelicales........
24 Octubre 2007 | 05:56 AM