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desdeminube

28 Octubre 2007

Por momentos.

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Se me da bien esto de esconderme bajo mi disfraz de metal, de puro acero inoxidable. Así no parezco tanto yo. Más de mi y menos de lo que fui.

Tengo varios disfraces en el armario. Normalmente intento no recurrir a ninguno, por eso de simpatizar con mi propia piel y lanzarme contra la realidad tal y como vine al mundo, en cueros, desprovista de protección alguna. Así es como se aprende, dicen.

Convivir con mi realidad, esa fina línea imaginaria de material frágil, tal vez de vidrio. Sé que ese es mi deber, mi papel en aquella función, mi rol en este juego. Hacerlo no es tarea fácil, pero no hay otra… es la obligación.

Desde pequeña he sido muy obediente hasta que me han impuesto órdenes que subestiman mi razonamiento moral y ético, sobrepasando mis principios. En esos momentos me rebelo y mi parte dócil y apacible se esfuma, como un chasquido en el aire.

En momentos de oposición contra lo que, creo, es una injusticia actúo. Pero a veces no es suficiente. A veces no hay fuerzas, no hay medios, a veces el control no depende de uno mismo.

Para eso tengo mi armario repleto de disfraces de todo tipo, desde los más sofisticados hasta los más variopintos.

Éste es el que mejor me entra en estos casos, mi disfraz de metal, el más duro e impenetrable.

Me suelto el pelo, me ajusto bien las botas y salgo al mundo.

Parezco un artista en su escenario, dejando atrás su persona y sintiendo que nada como pez en el agua tras su ansiada transformación. En esos momentos uno puede ser lo que quiera, héroe, malabarista, soñador y hasta un completo idiota.

Arranco el coche y me adentro en las carreteras de la ciudad que no duerme ni de noche. Agarro más que un volante, siento que tomo las riendas de mi vida. Me sumerjo en un paisaje de luces de farolas y asfalto cimbreante bajo las ruedas. Jóvenes y ancianos, escaparates que dormitan, parques hambrientos de amor.

No sé hacia donde voy, pronto lo sabré. Es algo que me gusta de este disfraz, no hay que planear nada, no hay que pensar demasiado. Te lleva y ya está, solo hay que esperar cómodamente a que llegue el momento.

Porque sabes que nada malo puede pasar.

No tiene efectos secundarios, no lastima el cuerpo. Es elegante como un traje de etiqueta y cómodo como un chándal. Te ofrece una sensación de poder indescriptible, momentos intensos, aunque breves a mi pesar.

Es algo así como la ansiada y dudosa felicidad.

Hay veces que lo pierdo y no sé donde está. Creo que lo hace a caso hecho o que a veces no doy la talla. Pero hoy me enfundo en este disfraz, de apariencia de cuero, que tan bien me sienta.

Hoy que puedo.

Y es que para penas y lamentos, mañana ya habrá tiempo.

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24 Octubre 2007

Como ayer.

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Voy a calcular mentalmente la distancia que media entre los dedos de tus pies y mi frente pegada a tu nariz. Un abismo. Jamás dos cuerpos entrelazados en aparente y perfecta armonía distaban de estar tan lejanos. Yo, me columpio en el techo enganchada de alguna gotera. Tú, con los ojos abiertos descansas en blanco.

En tu ausencia la dejadez y el abandono me tomaron prisionera. La ropa que se arruga amontonada en la silla, el bizcocho que se quema en el horno, los gorriones que hace tiempo se olvidaron de cantar. El reloj que se cubre de polvo y aguarda su muerte, ese que antaño mataba por un segundo más.

En la mesa descansan los platos sucios que se cenaron nuestra incómoda postura que la tele encendida nos permitía disimular. La luz tenue que llega desde el salón en lugar de difuminar tu sonrisa, deja entrever tu ceño fruncido y exhibe mi desencanto. Nada como ayer, ya sabes, y me parece que así sería mañana o dentro de cien años.

Cupido desvió sus flechas y agujerearon las paredes de este cuarto. El olvido traicionero que se coló por las rendijas de las puertas, que secó las macetas del balcón, que nos meció en un vaivén de olas revoltosas que consiguieron separarnos.

Lo que una vez llamé destino hoy es casualidad. Lo que en un momento pareció divertido hoy es fatalidad.

Solo necesito que me encuentres, más allá de la máscara que me improvisé para esconder mis intenciones. Necesito recorrer con mi dedo índice tus cejas, tu sien, tu oyuelo, y sentir que te reconozco, que todavía eres el chiquillo que escalaba hasta mi ventana con un candil las noches de luna nueva, para ahuyentar los monstruos de mi armario. Ese que me cantaba al oído letras de autores raros, que usaba mil coletillas, que me prevenía del mal humor y me dejaba notas en sitios insospechados.

Para ello necesito que me abandones, cierra los ojos y escapa por esa ventana. Deseo hallar tu recuerdo, grabado a fuego en algún rincón bajo tu cuerpo. La única forma de desenterrar el pasado es regresando a hurtadillas.

Voy a pedirte que hasta mañana, con el primer café, no me digas adiós. Duerme conmigo esta noche, que tengo miedo de sentir. Deja que me deslice hasta tu lado derecho y me apoye en tu pecho, donde siempre hacia calor. Prometo no hacer ruido, prometo velar tus sueños con los míos y en breve rumiaré todo lo que no te supe decir.

Cuando llegue la mañana el despertador me arrastrará al mundo donde la cordura es la protagonista y la locura una vagabunda infeliz. Entonces me olvidaré de ti. No recordaré tu corazón latiendo desmesurado bajo mis pechos, exigiéndome explicaciones que solo el tiempo nos puede dar, mañana o dentro de cien años. Seremos desconocidos que se cruzan en la calle, inmersos en el gentío que abarrota las calles de la ciudad. Solo eso, dos extraños.

Duerme, que quiero sentirte otra vez. Tal y como ayer.

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21 Octubre 2007

Aires de otoño

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Hoy amaneció soleado y brillante. Un temporal apacible que no encaja con mi fuero interno, algo impredecible. Lástima que uno no pueda elegir el color del cielo acorde con su estado de ánimo, cómo lo haces con la ropa o el maquillaje.

No es tristeza lo que me invade, no es cansancio si no hago más que estar quieta, no es soledad de la que se incrusta en la piel o te atraganta como espina.

Es indiferencia. Mi propio cielo hoy es gris plata, naranja atardecer.

Al final opté por colocar mi escritorio frente a la ventana, porque así es más fácil escapar, volar. También porque desde allí se ve el mar. Oigo como palpita, como ruge desbaratado, como escupe al viento su canto de sirenas, esas que solo saben de boleros y amores no correspondidos. Me estremezco al contemplar su inmensidad, me embelesa su misterio.

Me acuerdo de esas noches cuando te decía que me construiría una casita frente al mar, como esas que se fabrican en lo árboles y salían en las peliculas que veía de niña. Una casita pequeña descansando en la arena, como de muñecas, con su caña de pescar, para salir de madrugada a cazar sueños perdidos bajo la profundidad de las aguas. Tú reias sin pensar que hablaba en serio, sonreias y me prometías que de vez en cuando vendrías a visitarme.

Y pensar que ahora ando por las nubes, tan alto, tan lejos, donde ya no puedo verte.

Esta mañana últimando las reformas de mi cuarto, mientras abría cajas y cajas de recuerdos para sacarlos y que nunca se mueran de polvo, decidí que el mar sería mi confidente, un aliado en mi cielo anaranjado y mi noche cargada de brumas.

Te sustituí por mis fantasmas que me rondan a diario, vendí mi futuro incierto al azar, al destino caprichoso. Cambié tu pelo salpicando en mi espalda por esta corriente revoltosa de aire chocando en mi cara. He sustituido tus susurros erizándome la piel por balbuceos incomprensibles del silencio,que nunca dicen nada.

Indiferente bajo mi cielo anaranjado que agoniza en el horizonte.

Y ahora el mar. Todo está cambiando, todo acaba y empieza en esta madrugada de sábado. El reloj que se acelera, aquel que se detenía a golpe de ingratitud. El tiempo que se encoge y se estira como un acordeón al compás del viento.

Huele a noviembre.

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19 Octubre 2007

Sabor de la mala hora

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01:30 AM:

Estaba imaginando, que no recordando, el sabor de los besos del corazón. No de los besos cualesquiera, preliminares del acto primitivo cuyo fin es la procreación (y no por eso pretenden el fin mismo), no del simple fusionamiento de labios entre desconocidos que dicen conocerse, no del gesto automático y rutinario de chocar con la cara del otro el capricho del momento o la obligación acordada. Quiero encontrar la definición exacta del beso del corazón y hacerme partícipe de su magia.

Pienso en los besos que arrancan de lo más profundo del alma, allí donde el dolor son cuchillas rasgando la piel y se piensa menos, donde la razón no tiene cabida y se teje la materia de la que están hechos los sueños. Besos con sabor a helado de frambuesa, a cacahuetes, a salitre de mar. A tardes de domingo agarrando una mano amiga, a paños de lágrimas que enjuagan esperanza y aliento. Besos que se revuelven en las entrañas y son fruto de los entresijos del corazón. Eso, besos del corazón.

Pienso en esto mientras deshago las maletas y voy esparciendo por la cama todos mis enseres y pertenencias, las pocas que me he traido a mi nuevo hogar. La mundaza más pesada y con menos carga que he hecho en mi vida. Aún nosé donde colocaré mi escritorio, si frente a la ventana o frente a la pared. Si lo hago frente a la ventana mis borradores se llenarán de impresiones con la perspectiva que me ofrezca la luna cambiante o los transeúntes que despistados cruzen bajo ella. Si es frente a la pared construiré alguna dimensión que me permita escapar más allá del cemento, soltar los pies del suelo y atravesar el muro que se me imponga, para volver lo impenetrable reversible.

Y mientras organizo mentalmente las formas, el orden, el color que quiero darle a mi nuevo hábitat, pienso en los besos del alma. Porque sí, porque llega el día en que te planteas si alguna vez los has conocido, y cuando te lo planteas lo más probable es que no haya sido así.

Así que anoto en mi interminable lista de cosas por hacer: dar un beso del corazón. Luego lo borro en una especie de acto reflejo, porque al colocar el punto final y llevarme el bolígrafo a la boca me sabe raro pensar que nunca he sentido un beso de esta índole, o que no lo he dado con cariño, hasta pienso que resulto un ser vacio y superficial exponiendo tal sugerencia.

Entonces recuerdo. Recuerdo muchos besos y muchos momentos. Personas que se han aproximado tanto a mi cuerpo como a mi alma, que me han arrebatado sueños que se deslizaban tímidos por la comisura de los labios. Escalofrios de placer recorriendo la espina dorsal, mariposas que revolotean en el estómago, poemas que se escriben con la mirada y el movimiento que derivan de la pasión terrenal.

Caigo en una vorágine de recuerdos, un tanto agridulces, y de reojo miró el reloj. Son más de las dos de la madrugada y aún no me he acostado, bien, mañana mis ojeras irán acumulando este insomne despiste.

Me quito la ropa y mientras lo hago me doy cuenta de algo. Nunca he desnudado mi corazón a nadie, quiero decir por completo. Jamás he renunciado a mi totalidad y la he puesto en manos de ninguno, abandonándome a la suerte. Esto me perturba un poco, pero a lo mejor no soy tan rara y es un poco culpa mia el no haber llegado a tocar el cielo con la punta de los dedos al besar. Puede ser que si no entregas hasta el útlimo hueso que te sostiene el cuerpo no puedas saborear del placer sublime que pareciera proporcionar un beso del corazón, no tendría forma ni se podría licuar de caramelo tanto sentir. No sería capaz de mover el mundo de punta a punta, de hacer temblar la tierra, de ponerla del revés.

Solo que las ventajas podrían no compensar los inconvenientes. Llegar a este punto significaría perder parte de uno mismo, exponerla a un daño irreparable, después del cual uno nunca podría sentirse igual. ¿Mereze la pena entonces correr el riesgo?.

Me tumbo y apago la luz. Sigue lloviendo desde nubes próximas, últimamente las gotas no cesan y las tormentas no hacen más que amenazar cielos que hace menos de una quincena auguruban un verano eterno.

Cierro los ojos a pesar de que el sueño me da la espalda. Mañana será otro día, más productivo espero.

6:00 AM:

Enciendo la luz, tomo el bloc y anoto:

- Dar un beso del corazón.

Y debajo en letra pequeña y mu pegadito añado:

Lanzarme sin paracaidas.

Noto que mi nube se retuerce y tiembla un poco. Temo perder el equilibrio y me agarro fuerte a la almohada, siento un atisbo de miedo.

Vuelve a llover.

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18 Octubre 2007

Contadores a cero.

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Puede que sea demasiado tarde para empezar de cero, a mis veintetantos. Quizá no es la estación adecuada para iniciar alguna transformación que me aporte un poco más de equilibrio o algo más de serenidad a mi vida. Y nunca me consideraré tan fuerte como muchos, tan paciente como tantos, tan segura de mi como aparento en mi escaparate de éste, mi teatro.

Puede que desista en el intento, que me esfuerze para de nuevo, una vez más, dar con el precipicio que me quiera echar como siempre para atrás. Tal vez haya dejado por estos caminos a muchas almas errantes, que me acompañaron como estrellas a la noche, y hoy no son más que tumbas de sombras que oscilan por mi recuerdo, que palpitan en mi semblante.

Me mudo. Cambio de acera, o de planeta, quién sabe. Me traslado de un blog a otro sin avisar, sin compañía. Otra vez yo, sola. Desde mi anonimato más tranquilizador, para que los ojos que me miraban se desvien hacia otro lugar, más interesante seguramente.

Quiero dejar de ser yo, deseo fervientemente olvidarme de mis partes mustias que de esta forma no hacia más que alimentar, perderme para encontrarme de una vez.

Sí, seguramente es tarde. Seguro que no dispongo de los medios adecuados, de la motivación y el empeño necesarios en cualquier aventura que se tercie.

Pero siento que el vaso se desborda, aquel que se pasó de medio lleno. Se vacia, se va vaciando lentamente.

Es lo que tiene este frio otoñal que se cuela bajo la ropa, que parece que activa el dolor de las cicatrices que no cerraron bien. Las que nunca terminé de curar.

Bienvenida a mi nueva nube, me repetía intentando desechar el pensamiento, en un primer momento absurdo.

Y llegué hasta aquí.

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Sobre mí

Prefiero soltar los pies desde el anonimato y emprender un viaje sin sentido, a cualquier rincón, donde hallar mi reflejo perdido.

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