Todo comenzó el domingo pasado, cuando conduciendo por la madrileña M45, lo esquivamos para no atropellarlo. Paramos, en el arcén, unas decenas de metros más allá de donde él estaba, y corrimos raudos a espantarle para ahuyentarlo y que saliese de esa muerte segura que era la carretera. Los coches que venían, lo esquivaron también, quizás por nuestra presencia y nuestros aspavientos, o bien, por respeto a la vida. Finalmente, al acercarnos, lentamente, salió de la calzada, pero tan lentamente, que nos dio a entender que algo no iba bien.
Eugenio, el conejo, estaba enfermo de mixomatosis. Una enfermedad muy común en ellos que arrasa con la vida de muchos individuos. Sus ojos pegados, unidos por un grumoso fluido purulento, inflamados, ciegos. Flaco y pulgoso, lleno de garrapatas, hongos, sus testículos inflamados, pequeñas tumoraciones en el hocico. Lo cogimos sin dificultad del terreno agreste, lugar en el que este animal vive, alimentándose de la paja seca dejada por el verano. Lo metimos en el coche.

El veterinario nos contó que la mixomatosis es una enfermedad de origen vírico, mortal en la naturaleza en dos semanas, si ningún depredador se anticipa antes, pero que puede tratarse. El virus ataca las mucosas, creando heridas y llagas, que son bien aprovechadas e infectadas por las bacterias (esos animales no sintientes, que tanto bien y tanto mal hacen), privándole de defensas, dejándole ciego y provocando apatía y falta de apetito. Esas infecciones son las que finalmente le provocan al animal la muerte, y la falta de alimentación, así como la indefensión ante posibles ataques, por lo que eliminando las infecciones, curándole las heridas, sobre todo los ojos, e incitando su apetito, es posible y muy probable una recuperación exitosa.
Eugenio le pusimos de nombre, pues era el nombre que había puesto en la caja de cartón que nos dieron nuestros amigos, para llevarle, el nombre del padre de uno de ellos. Como agradeceros vuestros esfuerzos, amigos.
Al salir de la clínica, muy por la noche ya, se volvió a repetir la escena. De nuevo una conejita, más joven quizá que Eugenio, acurrucada en la calzada. Otra víctima de la enfermedad. ¿Qué podíamos hacer? ¿Y si tenía otra enfermedad y se contagiaban mutuamente?... decidimos rescatarla de una muerte segura y dolorosa. Si no por el asfalto con sus aplastantes ruedas, sí por la enfermedad agónica.

Ya antes de llegar a casa, retiré de la calzada otro conejo anónimo, del sucio y gris asfalto. Uno más atropellado por nuestra ¿imperiosa necesidad? de trasladarnos a toda velocidad, por nuestra imprudencia y falta de respeto al hogar de los demás. Este estaba sano.

Fue llegar a casa y, a los pocos minutos, Eugenia falleció ante nuestros ojos. No hubo ninguna posibilidad, nada que hacer a esas horas de madrugada. Sin veterinario, ni experiencia, ni conocimientos, aplicamos el mismo tratamiento a esa jovencita, pero no hubo opción. Murió dejándonos tristes y desamparados, exhaustos.
Eugenio, sin embargo, pareció adaptarse bien en su pequeño hospital de campaña, muy casero e improvisado, pero creemos que le resultó acogedor. Una caja de cartón suficientemente amplia, con mantita, empapador, cestito de pienso de conejo y agua. Así estuvo todos estos días (ni una semana), recuperándose poco a poco, cada vez más animado y despabilado. Sus ojos parecían mejorar y su apetito crecía. Las curas eran cada vez más dificultosas debido a la fuerza que estaba adquiriendo, se revelaba, mordía en ocasiones con esos enormes dientecitos. Vitaminas, antibiótico, desinfección, comida, agua, cariño y tranquilidad, evitandole todo estres posible, es lo que se le ha dado. Pero algo anoche no parecía ir bien y esta mañana... se ha confirmado.

Ya solo me resta pensar que no haya sufrido más de la cuenta, tras unos agónicos minutos de convulsiones y pataleos. La enfermedad debía estar más avanzada de lo que creíamos, o quizás, algo hicimos mal al tratar su enfermedad. No lo sé, pero intentaremos enterarnos que le ha sucedido, porque parecía que se estaba recuperando sin problemas, antes de ser liberado a la naturaleza de nuevo, cuando mejorase y estuviese en perfecto estado de salud. Es importante para la vida de otros que puedan necesitar nuestro auxilio, para otros que puedan pedir su Derecho de Auxilio, como dice Tom Reagan en “Jaulas vacías”.
No nos arrepentimos de haber intervenido. No vamos por ahí buscando animales enfermos para ayudarles. La vida es muy cruel y nuestro tiempo y recursos limitados... muy limitados para tanto sufrimiento. Pero aquel con el que nos topamos, le ayudamos. Creemos que es un derecho que tenemos todos los que somos capaces de sufrir. Es una necesidad que no se puede obviar y si se puede, se auxilia, se ayuda en la medida de lo posible. Soñábamos con un lugar idílico y bucólico para Eugenio y Eugenia. Ya estábamos buscándolo. Sucederá ahora en nuestros sueños y, seguro, se hará realidad para otros con los que nos crucemos por el camino y lo necesiten.
Mi última reflexión es para todos aquellos que, a diferencia de ellos, no han visto siquiera la luz del Sol. Eugenio vivió en libertad y pudo relacionarse como un conejo con los suyos. Sin embargo, miles de millones de conejos en España son criados en cautividad, en minúsculas celdas, jaulas de metal que les arruinan, que les hacen la vida miserable y tortuosa, para llegado un día concreto, ser matados para consumir sus músculos y piel. Degollados en vivo colgados cabeza abajo, despellejados y descuartizados. Quizás a día de hoy, no podamos afrontar el reto de erradicar todo sufrimiento en la naturaleza, pero si podemos erradicar la esclavitud, tortura y muerte de nuestros pequeños hermanos de vida, siendo veganos, no demandando sus cadáveres. Libérate de ataduras y convencionalismos, porque no necesitamos de sus cuerpos ni para vivir ni para vestir. Su sufrimiento es igual que el tuyo y su vida tan suya como la tuya es sólo de tí mismo.