Hay un sitio especial en casa donde yo me encuentro bien y me siento a escribir: El porche. Igual me da la mesa grande de la cocina o el asiento del coche, pero es en el porche donde más me gusta estar y donde me llevo el ordenador, un boli, papeles o mi diario para escribir.

Al principio el porche estaba al aire libre, casi no lo utilizábamos, pero hace ya más de 10 años que lo ampliamos con un techo de cristal y cerramos con grandes ventanales. Me gusta desayunar con Pepe los fines de semana todavía con bata, estar en él cuando llueve pues parece que caiga el agua sobre mí, y cuando anochece y empiezan a salir las estrellas, entonces apago las luces y enciendo sólo unas velas.


Cuando estoy en casa sola, allí estoy. Con tanta luz, libros, folios y algún perro no me siento sola. La música de Cat Stevent me acompaña muchas tardes mientras espero que Pepe llegue a casa del trabajo, las clases, el gimnasio...

Marta, hace ya mil años, aprendió a leer en su mesa camilla, yo descubrí con ella que hay 6 continentes, que la Antártida es uno más, como Asia o Europa y las capitales de los Países del Este.

Los muebles son azul grisáceo como los ojos de mi hija Ana y amarillos como siempre ha sido su color preferido, como su cepillo de dientes, como la servilleta. Las fotos de mis 3 hijas, montones de sobrinos y hermanos sonríen en la mesa junto a la máquina de coser.

Me siento cómoda en el sofá lleno de almohadones, donde a veces con una manta me quedo dormida después de comer, o en los sillones de mimbre, sin televisión que distraiga mi lectura, lo que escribo, o mis pensamientos.


Marta, la pequeñaja se ha hecho mayor, ya no estudia allí, me encantaba cuando era pequeña y juntas pasábamos la tarde, ella haciendo sumas con cifras larguísimas, luego quebrados y después ecuaciones y logaritmos, yo escribía, cosía, leía, hacia labores o simplemente repetía y recordaba la lección con ella.

Sentada en él he visto cambiar el paisaje, bostezar o mover la cola a Ringo cuando le acaricio, caer las hojas del plátano en otoño, llorar a mis hijas y las he oído reír, he jugado al pinacle con mis padres, y he perdido al trivial con las niñas.

He comenzado montones de labores, cortinas para la casa, jerséis a mi nieto, he pintado muebles y cuadros, he visto llover e inundarse el jardín y como poco a poco se construía la casa de enfrente, borrando las vistas sobre el hoyo 7. He tomado montones de cafés en invierno y helados en verano.

Allí preparamos la boda de María, se hicieron las fotos y en su techo, para que no se arrugara, estuvo colgado el traje de novia.

He visto salir el césped cuando se plantó, secarse alguna encina, hacerse de noche esperando a mi príncipe azul. He soñado historias fantásticas, he esperado a las niñas cuando llegaban del cole, las he visto bajar del autobús y correr por la cuesta rodeadas de los ladridos de Ringo.

En él he escrito cuentos, historias y parte de mi vida, he visto crecer la forsitia hasta convertirse en un arbusto y a mis hijas independizarse y hacerse mujeres.