Tengo la suerte de ser la almohada de Patricia.

Patricia es preciosa. Se despierta por las mañanas envuelta en sábanas blancas y oliendo a mar y sirena del Cantábrico.


Se despereza encima de mí y da un par de vueltas antes de sacar sus pies de la cama. Se quita el camisón de raso y lo arroja sobre mí, como velas al viento.


Pasa al baño y abre el grifo de la ducha. Después sale y se pasea desnuda de un lado a otro, como si estuviera sola, buscando en un cajón la ropa interior, las medias y el vestido que se va a poner. No se da cuenta que yo desde la cama la miro como el mejor amante.


La oigo canturrear en la ducha y la imagino rodeada de pompas de jabón. Desde la cama la veo vestirse despacio frente al espejo; ponerse la ropa interior, las medias, la falda, abrocharse la blusa. Sólo después, corre de un lado a otro, sube la persiana, busca los zapatos, el bolso, estira deprisa las sábanas, recoge el camisón y lo dobla. En el último momento lo mete debajo de mí. Sus manos, entonces, me hacen cosquillas.


Paso el resto del día pensando en ella. Esperando que se haga de noche, que regrese a casa, que otra vez se desnude despacio frente a mí, notar sus manos suaves coger el camisón y ver como resbala después por su cuerpo.


Qué agradable su olor a mar, el tacto suave de su cuerpo, ¡Qué gusto cuando algunas noches se abraza a mi! Me mete entre sus muslos y se mueve rítmicamente. Noto el calor que desprende su cuerpo, su respiración se acelera, su corazón late cada vez más rápido. Después, en unos minutos rendida se duerme, abrazada a mí.