SABER COMUNICATIVO
El haber asumido la competencia comunicativa como una realidad compleja en la que interactúan saberes, acciones y actitudes, nos ha permitido acceder a una conceptualización más cercana a los desarrollos de la ciencia contemporánea, en especial lo que tiene relación con la observación de un objeto complejo que ha de ser explicado por la teoría. En este caso, hablamos de la competencia comunicativa en tanto producto humano que puede responder a lo expuesto por Bernárdez (1995: 66), en su intento de clarificar el carácter complejo que es dable asignar a determinados fenómenos de la realidad que no son producto de laboratorio y, en consecuencia, se asumen con toda su capacidad estocástica -por oposición al carácter determinista que adquiere lo artificial-:
La complejidad, además, puede definirse en función de las interacciones entre elementos numerosos. No es, por tanto, el mero número de elementos, sino el carácter de la interacción entre ellos. Nos interesa ahora, en nuestra búsqueda de una definición de lo complejo, la idea de la «naturalidad» de esos fenómenos. En referencia al lenguaje, las oraciones como estructuras abstractas serían el equivalente de objetos de laboratorio, como ya hemos visto, mientras que los textos, en tanto en cuanto manifestaciones y realizaciones de alguna capacidad lingüística y/o cognitiva, corresponderían a los fenómenos naturales.
Así, pues, una competencia que propicia la generación de textos, ha de ser vista -al igual que éstos- en su comportamiento azaroso, dada la multiplicidad de causas que generan variaciones en sus manifestaciones y que -al menos por el momento- nos lleva a forjar conceptos como el de azar epistemológico[1][6] que busca dar cuenta de hechos que «nos parecen» azarosos porque carecemos de los elementos de juicio necesarios para entender sus causas o porque, en palabras de Bernárdez, “cuando la cadena de causas es infinita es cuando hablaríamos de azar” (1995: 46).
Vistos como objetos complejos el lenguaje, la competencia y el texto, no podemos menos que asumir de la misma manera el proceso de comunicación, ese campo de combate en que los otros tres libran sus batallas hacia la construcción de sentido.
Tradicionalmente, hemos participado de modelizaciones reduccionistas del proceso de comunicación en las que se privilegian el emisor, el receptor, el canal, el mensaje, el código y el contexto o referente. Sin embargo, en los últimos años han tomado vuelo -al menos- tres propuestas teóricas que nos permiten entender la comunicación como un proceso multifactorial, en el que coexisten muchos más elementos funcionales que los anotados anteriormente[2][7].
Como resultado, hemos iniciado una explicación del proceso en el que intervienen, entre otros, los siguientes factores:
saber de las redes de comunicación o, simplemente, saber comunicativo,[3][6] es decir, un saber construido desde la comunicación con otros individuos o grupos de otras culturas científicas que manejaban el saber local y/o regional. También compartía saberes con la gente “normal” de los respectivos lugares, lo que forma el aspecto social de cada saber. Se podría decir, que este saber es un saber compuesto de caminos y redes; los caminos de Humboldt en América fueron enhilados de redes de comunicación y cadenas de palabras. Esta forma de saber representaba las ventanas o, más bien, las puertas en los círculos de la “alta” cultura europea de Humboldt. Humboldt en América, durante su viaje de 1799 a 1804 se hizo centro de una red (o varias redes) que aseguraba la comunicación entre el saber europeo y los grupos de saber americano local y regional.[4][7] Estas redes americanas e hispánicas a su vez eran las bases para las redes “mundiales” que Humboldt comenzó a manejar después de su viaje a América.[5][8] Esto es lo que Ottmar Ette llama “redes ambulantes” y “ciencia interconectada”.[6][9
