Me los estaba imaginando, reunidos en un despacho de su lujoso palacete de Madrid -lujoso teniendo en cuenta que se trata de una organización sin ánimo de lucro; y si tenerlo en cuenta, pues todavía más lujoso- mordiendo trocitos de queso duro de forma compulsiva, con sus afilados colmillos goteando saliva. Se mueren de hambre por el dinero ajeno. Todos repetían:

Que no nos comparen con la industria del tabaco, que no nos comparen con la industria del tabaco; por Vector 45 Omega, que a nadie se le ocurra ese paralelismo.

Hasta que entonces sonó el móvil de uno de ellos.

Piiiripi pi pipipi piriripipipipi piriiipi piiipi piripi pipi pi pi pi pi pí.

El tiempo se detuvo hasta que un nuevo salivazo salpicó la mesa, que estaba hecha de huesos humanos y carne putrescente. De los 8 vicepresidentes ejecutivos, 6 llegaron al orgasmo, salpicando la mesa. La carne de la mesa, todavía viva, se quejaba. Pero poco podía hacer. Parecía que alguien se hubiera dedicado a chafar escarabajos, allí en lo más profundo del Castillo Cuartel General de la SGAE.

Habían descubierto una nueva veta de oro:

Podemos hacernos más ricos gracias a las melodías de los móviles. ¡Podemos pillar tajada de los apestosos soniquetes que se bajan los mundanos mandando mensajes al 5588!

Y todos se regodearon en su propia crapulencia. Excepto la mesa, cuyas almas atrapadas no podían sino rezar para que no descubrieran un nuevo invento del que sacar tajada.



(Imagen sacada de El Jueves - Ortega y Pacheco, por Pedro Vera. Todos sus derechos reservados y bien aparcados)