Si no hubiera perdido tanto en esta vida no podría disfrutar tanto con la felicidad de los demás; aunque ésta implique tanto o más temor a que ellos la pierdan, que a que yo pierda la mía -¿otra vez?-. Pocas veces puedo ver a alguien querido ganando, en sentido espiritual -no material-, algo tan importante. Recuerdo que cuando sucedió, me sentí inmensamente feliz. Como al ver el final de Amélie.
Pero hoy me ha entristecido ver lo poco que parece valorar algo así. Por más que nos repitan que no se valora lo que se tiene hasta que se pierde, nunca se termina de aprender. Hasta que se sufre por ello, claro. Y aun entonces es fácil olvidar lo aprendido.

Hay que tener la cabeza muy bien anclada en los hombros para recibir un amor tan único y no empezar a temer por su pérdida desde el primer día. Si no hay equilibrio entre ambas cosas, mejor no recibir amor alguno. Y si no se valora... será una lección que se tiene que aprender. Si estuviera en el lugar de la persona que ama, me sentiría ultrajado. No tengo que remontar muy atrás la memoria para sentir otra vez algo así. Dos dedos de frente sobran para clasificar, si se quiere, de qué va una relación. Y odio la palabra relación, porque suena muy judicial. Pero si lo que se busca es un polvo o cuatro abrazos, me hierve la sangre que a éso se le excuse como amor, cuando de éste tiene más bien poco. Me hierve la sangre, digo, que no se tome en serio el corresponder un amor tan puro. Aunque sea totalmente ajeno a mí.
Ojalá nadie tenga que sufrir por todo lo que ha pasado hoy. Como ya he escrito en algún post anterior, cada uno es felizmente libre de morir por lo que quiera: por su patria, por su fé, o por su equipo de waterpolo. Yo prefiero ponerme a la altura de los mejores guiones de telenovelas. Porque me da la gana, y mi código de valores es así de cursi: Si abren una Santa Inquisición de Poetas y Románticos Modernos Venidos a Menos para salvaguardar a golpe de mandoble los -hoy en día- escasos amores puros que se encuentran, no tardaría en licenciarme.

PD.: Mi quiropráctico opina que el ron Cacique tiene más peso sobre mis palabras que mi propia voluntad. Ya veremos si mañana no sufro arrepentimientos de borracho y tengo que borrar esto. No sabré hasta entonces si la lucidez temporal ha valido la pena.

PD2.: Amélie es mi musa de los Días Presentes. Pero mi musa de los Días Antiguos -y no voy a negar que no se den un aire, ¿casualidad que se llamen igual?- es...

Audrey Hepburn, que preside mi escritorio. Y mi carpeta, si la tuviese.