Señor Sigmund Fraude: El insomnio termina con la inspiración.

Y su camino empieza en un claustrofóbico ascensor, cubierto por la intermitencia y el zumbido de un halógeno estropeado. Elemento común de un gran porcentaje de mis pesadillas. El mayor error es montarse en él y accionar el botón, pero aun así, nunca dejé de hacerlo. Siempre comenzaba igual. Ascendía o descendía, indistintamente, hasta llegar a la planta exhortada; pero nunca se detenía. Continuaba su camino, agitándose con violencia de lado a lado, y mostrando todo tipo de números incoherentes en su display. Las puertas de seguridad, que jamás existieron, me hubieran protegido de ver el apagado color marrón de las losas de la pared. El miedo, indiferente a la dirección del ascensor, pues siempre ascendía.

Si lograba superar el terror de la experiencia, abandonaba el ascensor; aunque muchas de las veces la única salida de aquel, fue la realidad. En una ocasión, la salida se encadenó con el elemento de las más abundantes y surrealistas de mis pesadillas. La razón por la que, de pequeño, jamás pisé un Galerías Preciados o un Corte Inglés.
Maniquíes. A día de hoy, todavía siento una terrible sensación de presencia cuando paso cerca de ellos, y jamás les quito el ojo de encima. Sus perfectamente simétricos rostros de plástico se me antojan la encarnación de todo lo malvado. Una vez que sobreviví al pánico del ascensor, lo abandoné en un pequeño recibidor, con unas escaleras que descendían, y un largo pasillo que se perdía en lo borroso. Alguien corría delante de mí, y se perdía también en él. Pero una mano de plástico sobre mi hombro me advirtió de que mi escape no sería posible, pues -y automáticamente- cada vez que uno de ellos me toca y soy presa suya, me quedo inmóvil y no puedo gritar. En muchas ocasiones me despertaba en semejante estado, aunque siempre hubiera deseado no hacerlo. No hay nada peor que despertar en la oscuridad de tu habitación, inmóvil, y que al intentar gritar sólo se escape un ligero murmullo.

En otras ocasiones, simplemente me devoraban los pastores alemanes. Por muy rápido que yo huyese. Solían cebarse con mis brazos, hasta que sólo me quedaban jirones y huesos machacados. Las marcas de sus dientes dolían hasta un buen rato después de despierto.

Dejé de tener estas pesadillas hace muchos años, con la muy esporádica excepción de la de los ascensores.

En mi pesadilla más recursiva -a día de hoy-, sueño con una enorme presión en mis mandíbulas, especialmente en los dientes, que tarde o temprano, y normalmente en el momento más inportuno -como por ejemplo, mientras saludo a Leonor Watling- terminan estallando en una lluvia de sangre y miles de diminutos trozos de hueso.