Exangüe,
pues fluye más ponzoña hirviendo por mis venas,
que sangre.

Aunque mis aspiraciones budistas son bastante anárquicas y están llenas de parches -creo que tunear el budismo es una de sus lecciones implícitas, aunque no sé si será una excusa para permitirme ciertos excesos, como el del ron-, siento que sigo fallando en algunas de las facetas en las que más me esfuerzo por mejorar. Que esforzarse por hacer el bien -o no ser tan malo-, es algo bueno; pero más bueno es cuando la intención ulterior es de ese esfuerzo es pura. Vamos, que cuando leí ésto en no recuerdo cuál libro, me vi encasillado como becario pseudobudista; aunque considerando que nada es permanente, debería ver con optimismo el hecho de que algún día la esencia ulterior de mis acciones pueda ser buena y pura. Por ahora, en muchos aspectos, no lo es. Hoy mi sangre ha hervido como nunca antes, consecuencia de ser demasiado condescendiente con mi ex, y aguantar tonterías de niña de instituto, que es lo que sigue siendo pese a codearse ya con la élite universitaria de magisterio (uh). ¿Perder los papeles? No. Pero debajo de las intenciones reales, que ya de por sí son renegrías, había un torrente de sangre hirviendo que empujaba mala hostia a borbotones. Y éso causa un efecto dominó bastante despreciable; y aunque no haya perdido los papeles, he envenenado cada palabra a más no poder. Debería recurrir otra vez a la goma en la muñeca, para flagelarme cada vez que tenga malvadas intenciones, dignas de mi aguijonado e hipersexual signo zodiacal.
El buen Chico normal sostiene lo atractivo del lado oscuro; y cada vez lo creo más, pues cada vez que regalo a quien antaño lo fue todo para mí una de mis elaboradas parrafadas cargadas de veneno -parecido al asqueroso cáncer negro que le metían a Fox Mulder por los ojos- siento que se produce una inversión: antes yo recibía los hachazos y me arrepentía cual beato temeroso de Dios, y ahora es ella la que se arrepiente, y su conciencia mendiga cada días con más fervor y penitencia mi perdón.
En fin. Todos guardamos un cadáver bajo la cama. Yo incluso soñé con él una vez; lo escondía debajo de las sábanas y dormía encima de él. Era como dormir sobre una colchoneta de tofu. Luego me las veía putas para sacarlo de casa a pedazos y meterlo en el contenedor de aquí abajo, para que venga Otto el basurero a recogerlo. Ya hablaré algún otro día de mis perturbadores sueños de enfermo mental.
Mi sangre está ya más templada; ahora agradezco haber estado saliendo un par de meses con una adicta a las benzodiazepinas. Ni el de trainspotting. Aunque ya me queda poco género para jugar a los médicos; la última la guardaba para una ocasión especial, como la de hoy. Perdóname, Maider.
Alma negra, alma negra, pastilla amarilla.