A estas alturas -22 años- mis amigos ya empiezan a discutir sobre si es mejor meterse a una hipoteca o alquilar. También algunos empiezan a ir a bares de tranquis a sentarse y contarse quién hizo más pesetas u horas extra a lo largo de la semana, como diría Manolo Kabezabolo. Así es como algunos de ellos acusan el paso del tiempo: se cansan enseguida, beben menos que antes, y a la una en casa. ¿Con 22 años?
Yo he acusado el paso del tiempo, principalmente, en:

  • La mirilla de la puerta no es un obstáculo salvable únicamente mediante un taburete. Ahora tengo que agacharme para poder mirar a través de ella.
  • Tampoco es un obstáculo la verja del colegio, ni el muro de la casa de la playa de Torre de la Horadada, ni cualquier otro muro. Puedo coger un vaso o lavarme los dientes sin necesidad de usar una silla. Sé que es lo mismo que el punto anterior, pero la carga sentimental de la mirilla es poderosa.
  • Una Príncipe de Beukelaer me cabe entera en la boca, al igual que un Petit Suisse -aunque apostaría lo que fuese a que éstos cada día son más pequeños-, o un flan. Las cucharas grandes ya no dan arcadas.
  • Las piscinas cubren menos. Cuando vuelvo a una piscina que llevaba años sin marcar, me pregunto: "Joder. No cubre. ¿Habrán subido el fondo?" o "Joder, me hago un largo de dos brazadas".
  • En general, todo se hace más pequeño. Habitaciones, patios, personas o helados.
  • Antes, gentuza era un calvo gordo y sudoroso que conducía uno de esos mercedes viejos de color verde oliva y tenía un par de huertas en Mazarrón. Ahora nos tienen rodeados.
  • Componente física y sexual.
  • Dibujos animados que fabrican subnormales en cadena.

Sexual va en negrita sólo para llamar tu atención.