Ayer, sin querer, vi la televisión mientras cenaba.
Algunas cosicas descubrí. Comienzo del ladrido:

  • Odio a Fernando Alonso. No me parece un héroe nacional, sino un petardo. Un petardo de tío. No tiene gracia. Es aburrido. Aburridísimo. Soso hasta la deshidratación. Soporífero. ¿Sopa? Lo peor es que sale hasta en la puta sopa. ¿Cuántos anuncios suyos tuve que tragarme junto con los canelones? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Alguien vio la entrevista en aquel programa de los domingos de Manel Fuentes? ¿Alguien más vio derramarse gotas de sudor por las sienes del pobre entrevistador, ante un 100% de respuestas lacónicas y monosilábicas? Sih... Noh... Nuseh... Unhhn.
  • Por añadido: Odio a Melendi. Por dedicarle una canción a Fernando Alonso, y por hacer una rima tan pestilente y forzada como sincera es su bandera. Ni siquiera el tío que escribió nuestro amor es azul, como el mar azul virtió tanta diarréa de su cráneo.
  • Odio el extremo opuesto de Fernando Alonso, pero esta vez en plan más genérico, sin rajar de ninguna persona en concreto. Joven de unos veintitantos, pelo enmarañado, algún que otro piercing, algún que otro tribal tatuado. Estilo nu-metal, estilo vocalista de Limp Bizkit. Alma de Jackass. Presentador típico de programas del palo a I bet you will, donde pillan a gente por la calle y les ofrecen 50 pavos (sí, sí... no más) por comer lombrices avec mierda de caballo, por lamer un neumático de un coche usado, o por cualquier tipo de humillación pública. Presentador locuelo de programas juveniles. Lo odio. No porque sea gilipollas —que presumiblemente lo será—, sino porque me inspira confianza nula. No me refiero a confianza con mayúsculas. No. Me refiero a un tipo de confianza de bajísimo rasero, como la que serías capaz de tener incluso por alguien que no conoces de nada. Es decir: no confiaría en un tío así ni para la tarea más sencilla y carente de responsabilidad. ¿Vas a poner la lavadora? ¡Vete a tomar por culo! Este tío es capaz de quemarte la casa para intentar poner la lavadora. ¿Cómo quieres que ponga la lavadora si no sabe encontrarse el agujero del culo? ¿Qué? ¿Que vas a hacer de niñera? No, no... No toques nada. Déjalo estar. Ejemplo español: Álex del primer Operación Triunfo. Mira, al final sí que he rajado de alguien. Que nos den bolsas de cacahuetes, y que baile mientras se los tiramos.
  • Odio a los guionistas de los anuncios publicitarios. Cada día más. Sus eructos cerebrales me dan ganas no sólo de matarles, sino también de matar a los actores que interpretan tan lamentables circos. ¿Qué culpa tendrán ellos? Hay que ganarse la vida. Pero es lo que hay: para atraer al público, por lo visto, hay que hacer el gilipollas. Cuanto más gilipollas sea el anuncio, más hondo debe calar en el subconsciente. ¿Qué hay más duradero y poderoso que el odio? ¿El amor? No hombre. Hagamos que la gente odie nuestra marca, que odien nuestra melodía y nuestros politonos, sonitonos y vomitonos. Eso es más fuerte que el amor. No vamos a decirles que les queremos, ¿no? Nos demandarían jaurías de abogados gafapastas. Hagamos que nos odien. Saquemos las manos por su televisor, con este barreño de plástico lleno de mierda, y esparzámosla por el salón o la sala de estar. ¡Jódete, jódete! A ver qué margarina compras ahora cuando vayas al Carrefour. ¿La del Dr. Sánchez Cardiopatitis Ocaña? ¿O la mía, que acabo de llenarte la alfombra de caca?

Ya está. Fin del ladrido. Hacía mucho que no gruñía, y el Abe Simpson que llevo dentro estaba empezando a ponerse pesado. No volveré a ver la televisión.