Gracias a todos por vuestros ánimos en el último post —en La Coctelera lo llaman artículo pero es algo que siempre he asociado a cosas más serias—. He estado leyendo cuanto he podido en vuestros blogs sin comentar muchas cosas, ya que durante los primeros días no he tenido mucha oportunidad de sentarme tranquilo a deglutir despacio todo lo que habéis escrito: tengo que regularizar mi situación de inmigrante para no levantar miradas de suspicacia de barbudos hombres con turbante.
(Oh no, teclado holandés...)
También he descubierto unos cuantos ruidos. Sí, de esos que se echan de menos cuando abandonas un lugar, como el mensaje de próxima estación del metro/cercanías de Madrid.
Si alguna vez me voy de aquí, echaré de menos el timbre de las bicicletas, que te salva de una muerte segura; tan segura como la de acabar cercenado bajo las ruedas-cuchilla del tranvía: su campana, que suelen tocarla dos o tres veces, es ya el segundo sonido que echaría de menos. El ruido de los semáforos para peatones, que suena como un metrónomo de ritmo metálico, denso y suave, y que sólo se acelera cuando tienes que cruzar la carretera. Es un timbre de buen augurio, ya que después sueles escuchar timbres de bicicleta o campanas de tranvía. El sonido de las gaviotas, a todas horas del día, también se echaría de menos. No así el de las palomas, que bajo el influjo de la droga, caminan torpemente y vuelan a la deriva luchando por no estamparse contra la cara de los Amsterdamers. Que por cierto, son muy altos.