Traumas de la infancia, capítulo quincuagésimo séptimo.
Tenebrosas previsiones de cara al domingo se confirman tras la siguiente pregunta: ¿qué vamos a hacer hoy?. En retrospectiva, aseguraría que esa cuestión también servía para convocar el cuerpo astral de J.A. Labordeta, que solía flotar acompañado por una nube de esencia de orégano y hez bovina durante el tiempo que tardaban en contestarme. Lo siguiente:

Vamos a ir a un pueblo.

Esa respuesta significaba perder absolutamente todo el día en alguna de las siguientes actividades:

  1. Deambular por carreteras de tierra en un coche del año de la Tana (1641) con clarísima y, por aquel entonces, preocupante tendencia a estar ubicadas en zonas excesivamente frondosas y/o montañosas, lo cual significaba: deambular por carreteras de tierra en un coche del año de la Tana (1641[1]) rodeado de vómitos con clarísima y, por aquel entonces, preocupante tendencia a estar ubicadas en zonas excesivamente frondosas y/o montañosas.
    Al final no llegábamos a ningún pueblo, porque acabábamos perdidos, pero parábamos cerca de algún riachuelo para refrescarnos la cara y mirar alrededor durante varios minutos.
  2. Acabar en el pueblo okupa abandonado.
  3. Acabar en un pueblo no-okupa, no-abandonado, idéntico a todos los otros pueblos no-okupa y no-abandonados visitados anteriormente, e idéntico al todos los pueblos no-okupa y no-abandonados que serían visitados en el futuro, para comprar queso (de pueblo), huevos (de pueblo) o miel (de pueblo) a una anciana (de ciudad, pues sólo va al pueblo los fines de semana a vender queso, huevos o miel).

Y ahora que no soy tan pequeño, me gustan los pueblos, y el queso. Especialmente el queso. Pero ya no es lo mismo.