Y ahí tenemos la biblia. Un libro que perfectamente podría ser un delirio de alcohólico, un delirio guiñado por la suerte que le ha hecho perdurar durante miles de años, y que es el pilar de una religión arcaica, corrupta y asesina. Es arcaica por su antigüedad, es corrupta porque, además de las corrupciones básicas, hay señores con gafas gigantescas y un tapete en la cabeza que se follan a niños; y es asesina porque no sé si son miles, o cientos de miles, o millones las personas que ha matado durante su existencia. Y no creo que ningún revisionista lo dude, aunque los habrá.

Después está la gente que todavía es más beata y más temerosa de Dios. No es sagrado el libro que adoran, ni es producto de una divina e infructuosa intervención. Tanto miedo tienen de soplarle el polvo, que seguramente en los próximos dos mil años seguirá intacto. Será más viejo, habrá dado cobijo a más corruptelas, y serán más las personas muertas en su nombre.

Seguirán hojeándolo y masturbándose pensando en ese concepto llamado nación, tan abstracto y opiáceo como la religión, y tendrán mucho cuidado de no dejar ningún semenazo en las hojas de la Constitución, no sea que eso signifique el desgaje de esta nuestra patria: España, el imperio donde hace lustros que sí se pone el Sol. Por eso hay que descuartizarla. Ya sabemos lo que sucede con el software que no se actualiza. Se queda obsoleto, y se usa a disgusto. Manan las vulnerabilidades, y cada vez son más quienes se aprovechan de ellas; sobre todo si hay dinero de por medio.

No dejemos -iba a decir- que se convierta en otra biblia obsoleta. Iba a decirlo, pero recapacité: dejemos que se pudra. Cuando el país explote, estaré sentado en mi sofá, disfrutando de mi cocacola y mi sandwich triple de nocilla, viendo cómo se mata la gente entre sí tras la seguridad de mi televisor. Lo mismo que haré si finalmente alguien la actualiza, venciendo ese miedo colectivo -ya visto en otros momentos de la historia- al cambio. Un cambio tan inofensivo como necesario.