Imagínate en lo alto de la vieja colina de los enamorados, disfrutando de esa Coca Cola de vainilla en tu viejo Chevrolet Malibu del 64, con Mia Wallace. La contaminación luminosa de la ciudad apenas eclipsa el precioso cielo estrellado.

De repente, la aurora boreal.

¿La aurora boreal? ¿En este...?

La ciudad que yace a los pies de la colina sucumbe y se obscurece: un hermoso y manido apagón se propaga como fichas de dominó. Pero antes de eso, la radio del Malibú ha dejado de funcionar. Tu reloj de pulsera, también, aunque hasta dentro de unos minutos no te darás cuenta. Cuando el pánico se apodere de vosotros dos y eches mano de tu teléfono móvil, verás que también ha dejado de funcionar. El TomTom Navigator, muerto. Qué gloriosa sensación de soledad y de inferioridad: el ser humano aislado e incomunicaod.
Pronto empezarán a brotar pequeñas llamas en lontananza, producto de saqueos y confrontamientos civiles en los que tarde o temprano participarás, ambientadas en gritos de horror y disparos. Que tarde o temprano recibirás, por supuesto. A menos que tengas un arma. Porque tienes un arma, ¿verdad?

La aurora boreal era consecuencia, obviamente, de una ionización masiva en las capas altas de la atmósfera. Y ésta fue provocada por un ataque de pulso electromagnético, también conocido como ataque EMP o Bomba del Arco Iris. Una detonación nuclear a gran altitud que produce, en cuestión de un nanosegundo, un flujo de rayos gamma como consecuencia de las reacciones nucleares. Se produce entonces, por el efecto Compton, una gran cantidad de electrones que quedan atrapados en el campo magnético de la tierra. Digamos que dependiendo de la altura de la explosión, se creará un campo magnético que afectará a más o menos espacio. Si ha sido, por ejemplo, a 400-500 kilómetros de altura, el campo magnético afectaría a un territorio continental del tamaño de los Estados Unidos de América. Por lo que no sólo tu ciudad se ha convertido en una caótica y primitiva mancha negra con columnas de humo: el continente entero, también.

Lo único que podría haber salvado a tus dispositivos electrónicos de fallecer tan súbitamente es una jaula de Faraday, pero no tienes ninguna en la guantera. Y aunque la hubieras tenido, en un nanosegundo no te habría dado tiempo a guardar nada en ella.

El país entero está sumido en el caos, y el ataque EPM es sólo el comienzo. Ahora que estáis indefensos y desquiciados, una lluvia de fuego nuclear arrasará ciudades y campos; los edificios y las personas quedarán reducidos, con un poco de suerte, a sus respectivos esqueletos carbonizados.

Menuda intriga, ¿no?

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