De pequeño me fascinaban los holocaustos nucleares. No sólo dibujaba Freezers cercenados, no. Me fascinaba dibujar hongos nucleares, enormes bolas de fuego que se elevaban hacia el cielo, de la que brotaban personas trituradas en derredor, reducidas a una pulpa violácea y gelatinosa impulsada a una velocidad malsana (unos mil doscientos kilómetros por hora, la velocidad del sonido).
Gracias a un artículo de Adastra, he revivido esas ánsias hecatómbicas de mi infancia. Y en los ratos libres de esta mañana de cinco de julio escribiré unos cuantos artículos sobre holocaustos, si este señor de dos metros con gafas que se sienta a mi lado en una papelera me lo permite. Hasta el momento he encontrado un par de suculentas curiosidades, carne roja esperando mi hacha vikinga. ¿Por qué no?
Como decían en Peter Pan (versión Disney):

¡A volaaaaaaar!