Denúnciame, gilipollas.

Así respondía Arnold Schwarzenegger a una especie de maniquí-taxista, que fue estrella invitada en alguna que otra de mis pesadillas automanotofóbicas, segundos antes de que deflagrara con violencia.

La Justicia. El sustituto barato de la violencia y los instintos naturales homicidas del ser humano. Porque ya no descuartizamos a nuestros congéneres para resolver nuestras diferencias: ahora interponemos demandas o los llevamos a un programa de televisión que se llama El Diario de Patricia. O, también, el obsoleto Tribunal Popular. Pero en el fondo, deseamos la muerte ajena. Siempre que una persona me ha denunciado -y aquesto ha sucedido en más de una ocasión-, he visto en sus ojos la impotencia y la ironía producidas por estar recurriendo, para vengarse, al mismo organismo que le castigaría en caso de desatar sus instintos primigenios.

No os escondáis detrás de un maletín y de un señor que huele a ascensor lleno de señores que se esconden detrás de un maletín. Matad. Salid a la calle. Id a un Mercadona, comprad una pipa. Pegadle un tiro al primero que os rebase fuera de ciudad por la carretera. Sed libres. Libres. Seamos el héroe casero que todos queremos ser.

Duran muy poco los héroes caseros.
¡Cuanto más se resisten más me divierto!

Mañana habrá luto en la oficina de correos.
Visto y no visto: cargadores vacíos
y cartas de póker para los caídos