La relación entre un matón de escuela primaria y su víctima es harto genealógica. Quien antaño fue la víctima, hoy es el agresor: alguien que canaliza con violencia irracional sus complejos, miedos, traumas y ácidas ansias de venganza. Creo que ya sabéis a qué me refiero. Sus víctimas serán, a su vez, nuevos agresores; y así la cadena se prolongó durante lustros y decenios hasta que, a mediados del siglo pasado, el pueblo judío fue la víctima. Y años después del holocausto se ha convertido en el agresor, mimetizando hasta el más mísero acto, como negar sus propias casquerías. Pero este nuevo agresor, a diferencia de su estereotipo, no es aguerrido ni gallardo: sigue cobijado en el victimismo y en la capa del tío Sam. Pero se le ve el plumero a kilómetros.