Ayer, por la noche, antes de dormirme, pensé en una frase que había leído mientras me tomaba una cerveza al lado de la esmirriada, raquítica, minúscula feria del libro de esta nuestra ciudad.
Era una frase extraída del libro "Un mundo sin copyright", de Joost Smiers. Él citaba a otro individuo, un tal William Leach, que escribió un libro titulado Land of Desire (Tierra del deseo).
La frase en cuestión señalaba que las corporaciones, la cultura corporativa, había luchado y conseguido muchas veces desplazar el ideal democrático desde el lugar de la producción al territorio del consumo. Me explicaré a grandes rasgos.
La clase asalariada libraba sus luchas simbólicas en el terreno de la explotación en el trabajo. Lo que pretendían era incidir en los problemas que la producción presentaba en la democracia.
La revolución llegó con la era postordista. Principalmente, a partir de los años 30. Mi idea es considerar que simbólicamente, en EEUU, ese cambio se teatralizó en la Exposición Universal de Nueva York. Tal como se puede ver en "The century of the self", las corporaciones americanas plantearon una batalla sin precedentes al Estado Federal, señalando que sólo las corporaciones traerían la democracia con el libre mercado. Como ocurre en ocasiones, el marco discursivo democrático se comenzó a desplazar desde la producción al consumo. Es decir, la democracia tenía que ver con las posibilidades de consumo de los diferentes individuos. El camino recto a la democracia debía seguir para el ciudadano la senda de un consumismo sostenido e incrementado. El consumo traería el bienestar personal y la felicidad.
La producción pasó a un segundo plano, casi a un plano invisible. Es fácil comprobar en el día a día cómo nadie sabe de dónde vienen las cosas, de qué o cómo están elaboradas. Sí es muy común la obligación de los gobiernos y los medios de mostrar constantemente la necesidad de crecer en la producción. Pero ese crecimiento es algo intangible para el ciudadano. Sólo se refleja en porcentajes del producto Interior Bruto. Aunque todo el mundo asume como dogma indiscutible que crecer es indudablemente positivo y es lo que hay que hacer, a cualquier precio.
La producción ha pasado a un plano invisible. Sin embargo, el consumo se ha publicitado de manera excelsa. Tan excelsa que la publicidad comercial va poco a poco robando espacio público a la ciudadanía (No logo, Klein).
Existen de entrada dos objecciones graves a esta apuesta por la invisibilización de la producción y la creación de un simulacro de consumo (simulacro porque la representación del consumo resulta algo ideal e hiperreal):
- Una democracia del consumo debería moverse dentro de unos márgenes de igualdad. Esto está lejos de ser cierto. En vez de ello, el neoliberalismo ha generado mayores diferencias, no sólo entre el primer y el tercer mundo sino dentro del primer mundo. Hace poco aparecía el barómetro social elaborado por el colectivo Ioé. En él se demuestra claramente la forma en que en diez años, en España, a pesar del crecimiento de la producción, el número de ciudadanos al borde de la pobreza ha crecido.
- Aún asumiendo que el rango pudiera ser igualado, existe otra objección que figura en la raíz del sistema. Se trata de las implicaciones surgidas de la invisibilización de la producción. El espacio opaco creado por las instituciones de puertas adentro impide un mínimo control de los procesos de producción. Ello se traduce en la falta de debate acerca de lo que se produce y cómo se produce. Quizás haya discusión cuando las cosas están ya en el mercado del consumo, pero nunca antes, porque esto es un dogma del sistema, la privacidad y la mano invisible del mercado que parece funcionar como una ruleta de casino.
Quizás para entender esta segunda objección será interesante mostrar una analogía. Los griegos fundaban su democracia en la isonomía y la isegoría. La primera daba cuenta de la igualdad de los ciudadanos ante la ley mientras que la segunda estaba referida a la igualdad para expresarse. Puede resultar paradójico pero la sociedad griega valoraba más ésta última (Andrés de Francisco). La razón: todos podían ser iguales ante la ley pero responder éstas a los intereses de unos pocos.
Lo mismo podría decirse de la producción y el consumo. Aún asumiendo que todo el mundo tenga parecidas posibilidades de consumo, está claro que la producción puede seguir en manos de unos pocos, es decir, se puede producir lo que unos pocos quieran. El contraargumento de que se produce lo que la gente quiere es un tanto ingenuo.

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