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EL CLAVADISTA SOLITARIO

Excusas absurdas para la supervivencia de Julian Bluff

7 Mayo 2008

PERROS NEGROS

Me llama Damián por teléfono y me dice que quiere que nos veamos cuanto antes. "Necesito hablar contigo enseguida" me urge. Quedamos para esa misma tarde en cierto bar o cafetería, no lo tengo claro, de los que hay por las inmediaciones del Palacio Real.

Salgo de casa medio dormido, recién levantado de la siesta, a las siete y cuarto de la tarde, y me meto en el metro. Cuando retorno a las calles, en la Plaza de Opera, aún es de día. De un tiempo a esta parte, le vengo notando a mi ánimo debilitarse durante estos veranos precipitados de Madrid en los que el sol parece estar dispuesto a vivir permanentemente clavado en las proximidades del cielo atizándoles candela de la buena a los de abajo. Un martes de mayo, a las ocho, un día normal y corriente, uno cualquiera, laborable aunque yo no trabaje, resultaría mejor, a esas horas, poder habitar todavía entre el gris y la electricidad y sentir el deseo legítimo de que todo termine pronto y la vuelta hasta casa vivirla, luego, como si fuese una especie de premio.

Entro al bar. No es feo pero no me gusta. Mesas de mármol, veladores, humo por todas partes. Algún turista extranjero, despistado, que mira el pedazo de tarta de su plato con indisimulado estupor. Su mujer, al lado, en camiseta y bermudas, repasando en el visor de la cámara digital el aspecto de las fotos que él acaba de sacar hace un rato. Más humo.

Mi amigo está en una mesa junto a los ventanales y al verme levanta las dos manos para recabar mi atención. Avanzo. Veo que va vestido de gris. Mientras acudo a su encuentro, un camarero con prisas golpea en mi pecho con el filo de su bandeja sin llegar a pedirme ningún tipo de disculpas por ello. Su reacción se ha limitado a torcer con un gesto la boca y chasquear la lengua perdonándome la vida. Mal empezamos.

Ya sentado a la mesa, enfrente de Damián, las consumiciones servidas por otro camarero distinto, igual de borde, da comienzo por parte de aquél la acostumbrada letanía de protestas y padecimientos que habitualmente constituye el núcleo duro de su conversación. Es un hombre que considera -y no se cansa de hacerlo- que el resto del mundo no tiene otra cosa mejor a la que dedicarse en la vida que gastarle a él todo tipo de faenas. Posee la certeza de ser alguien buenísimo y cree que como todos los demás también han de ser por fuerza conscientes de ello, no paran un instante de aprovecharse del tema y hacerle mil y una putadas. Permanecemos los dos un buen rato, así: Damián, exponiéndome sin parar una queja tras otra y yo escuchando sus palabras sin decir ni mú y con cara de circunstancias. Casi siempre que percibe alguna fisura en su argumentario claudica al silencio, me mira solícito, y su discurso lo empieza reanudando asegurándome que, en cambio, yo, soy más o menos como él, o sea, un tío cojunudísimo, de puta madre. Cuando ya no puedo resistirlo más -por Damián siento ese aprecio sano nacido de las amistades forjadas durante la adolescencia- trato de hacer que él vea:

"Todo la gente se considera a si mismo gente cojonuda. Hitler, Stalin... creían ser unos tipos formidables... ".

"Sí. Pero no todo el mundo lo es en realidad" opone.

"Perfecto, justo eso es lo que pretendo transmitirte, que es absurdo fiarse de lo que la gente opina de si misma. Bueno... en realidad, no hay que fiarse casi de nada de lo que te digan los demás. Todo debe comprobarse, todo. Y, no te lo tomes a mal, pero empiezo a estar bastante cansado de que la gente me hable sólo de los agravios que los inflingen, de lo humildes y lo buenos que son soportándolos resignadamente..."

"Joder, tío, cómo te pasas, no me esperaba algo así de ti.." Damián balbucea "..siempre me has ayudado; no sé, te tengo una confianza fuera de lo común, te lo digo en serio.." interrumpe de nuevo su discurso y le da un sorbo a la taza antes de terminar aseverándome "todo esto que te estoy contando, te lo juro.." la alarma se enciende ".. es la pura realidad".

En ese momento pongo cara de estar de vuelta de todo. O pretendo ponerla. Son los instintos los que me empujan a hacerlo. Le indico a Damián sin perder la calma:

"No lo dudo, de verdad. Pero estoy deseando encontrarme con alguien que al ponerse a despotricar sobre las infinitas injusticias que encabronan la vida se centre en aquellas que él les ha causado a los otros. Es posible que también un tipo como este exagere, incluso que mienta, consciente o inconscientemente, o pretenda llegar a manipular la realidad... por lo menos; pero a mi me van a entrar ganas de creerle. Muchas ganas de creerle. Te lo aseguro".

Damián me mira con la boca cerrada, muy serio.

Ya sin contenerme, le inquiero:

"A ver Damián, en confianza, cuéntame, estamos entre amigos, dos tíos maravillosos, venga, dímelo, ¿a quién has puteado últimamente?. Vamos.. ¡piensa... piensa...!".

El tío se pone lívido. Da la impresión de no haber entendido absolutamente nada. Lo único que parece ocurrírsele, al pobre, es mirarme con cara de asco. Imposible disimularlo. Resulta tan fácil mirarles mal a los demás, culparles de tus frustraciones, cuando uno se siente su víctima. ¡Es algo tan legítimo!. Explota, al fin, con mis provocaciones:

"Y tú que te crees tan superior al resto ¿a quién le andas jodiendo la marrana ahora?".

"A ti".

Una escueta respuesta a la medida de sus intereses. Más oprobios encima con los que continuar desequilibrando el balance de su cuenta emocional de resultados. Si todo prosigue igual, él va a poder terminar figurándose en su imaginación ser un santo o una clase especial de ángel. Por lo menos. El ego y su inseguridad jamás van a permitirle a este viejo amigo del colegio asumir de manera consciente que está equivocado.

servido por el_clavadista_solitario 2 comentarios compártelo favorito

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Vanbrugh

Vanbrugh dijo

Ay, las víctimas. Lo que disfrutan siéndolo, tantas veces. No es tanto que el papel de víctima, por lo general, despierte simpatías y suscite apoyos y solidaridades que a muchas de ellas les compensan sobradamente de la victimez; lo importante del papel de víctima es que es un papel, el que han aprendido a hacer. Todos necesitamos uno y ellos han dado con ese y, como las heridas que se perpetúan cuando las rascas, el ejercicio del papel de víctima les afianza en él y les va incapacitando paulatinamente para ejercer ningún otro. Seguirán empecinándose en él cuando ya nadie les compadezca, cuando todos -el momento no llega nunca en la práctica, esto es pura especulación teórica; siempre encuentran compadecedores nuevos- los hayamos mandado a tomar viento, hartos de su cantinela lastimera. Si los compadecemos y les suministramos la dosis de simpatía requerida, se afirman en la victimez: tienen razón, se la hemos dado. Si les pegamos un buen meneo e intentamos apearlos un ratito del discurso autocompasivo, también se afianzan en la victimez: siguen teniendo razón, también nosotros, como todos, les tratamos mal. Hay una "espiral de victimismo" que funciona autoalimentándose igual que la famosa espiral de violencia, y no se me ocurre ningún modo efectivo de romperla.

En cualquier caso, enhorabuena por tu reacción: se necesitan huevos para no ceder al chantaje de un viejo amigo. No sirve para sacarle a él de su autocompasión, pero sí para sacarte a tí, lo cual, a fin de cuentas, acaba siendo el único problema real, esto es, solucionable. A él, que le den morcilla, en el fondo -nunca mejor dicho- está tan a gusto en su agujero.

9 Mayo 2008 | 10:22 AM

Lansky

Lansky dijo

Ya te lo he oído otras veces, V. Y a mi tampoco me agradan los victimismos, Vanbrugh, por eso distingo a los victimistas de las víctimas, siempre involuntarias; de hecho, algunas víctimas de los campos de exterminio nazi, después de sobrevivir (el digno Primo levi, sin ir más lejos), se suicidaron, porque no podían no ya soportar el haber sobrevivido de los psicoanalistas baratos, sino por no querer seguir asumiendo ese involutario papel de víctimas. Y es muy significativo el hecho de tanta víctima que se convierte más tarde en verdugo, como los maltratadores que fueron maltratados en su infancia, y hasta estados enteros como el actual Israel. Lo primero es quitarse la rabia, y luego, con más calma, la culpa, aunque parezca paradójico; sólo entonces estás en disposición de negarte a ser como los que te vejaron. En mi limitada, pequeña e infantil experiencia, desde luego.

9 Mayo 2008 | 12:12 PM

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Sobre mí

Nada sobre mí tiene, a mi parecer, verdadera importancia. Enterarse de lo poco que ha ocurrido, ocurre y va a ocurrir en mi vida, mucho me temo que no le reporte a nadie la menor utilidad. Si os contara, aquí, algo que pudiera merecer por si mismo la consideración de interesante -o, cuanto menos, valorarse como curioso- tales sucesos habrían de ser, por fuerza, irreales, ficticios, una pura entelequia. No obstante, pienso hacerlo. Precisamente es a eso a lo que a partir de ahora me quiero dedicar en este blog: ¡a engañaros!. It's just entertainment.

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