PEEP SHOW (1ª Parte)

Les aseguro que ver como pasa tu vida una tarde tras otra quitándote el sostén y las bragas al ritmo de Technotronik, y similares, es un coñazo de la hostia. Y si ahora, en pleno verano, con el puto verano de calor que está haciendo este año, coincide que además se avería la máquina del aire acondicionado el asunto se convierte en un verdadero asco.
Gordos, tíos con gafas y cara de chumino, adolescentes con acné, viejos salidos... Y gordos; muchos más gordos llenos de sebo y sudor... esos hijos de puta son los que en términos generales componen mi inestimable público. Los veo mirarme a través de las ventanillas, los ojos bien abiertos, la boca cerrada, concentrados; no quieren perderse detalle de nada de lo que hago, desde la oscuridad escrutan como búhos hasta el más leve de mis movimientos. Aunque también los hay que son tan gilis que les da corte mirarme cuando me tienen enfrente y en cuanto ven que me dispongo a encararles se colocan de lado, como si estuviesen tratando de buscar la puerta de la cabina y su rabo lo tuvieran metido allí adentro por pura chiripa. Y los veo de perfil, cohibidos, grises, y continuo sonriendo, a mi bola, y me parecen los pobres justo igual de memos que los imbéciles que me sacan la lengua o me lanzan un besito cuando piensan que los estoy mirando.
Porque quieren más. Todos quieren más. Los tímidos también quieren más.
Y no hay más. No. Davis, el encargado, o el gerente como el prefiere que le llamen, lo sabe, sabe que de vibradores nada de nada, que o me sueltan cada día otros dos billetes de cincuenta o los cimborios esos se los pueden ir metiendo ellos por el culo. He tenido que volver a repetírselo hoy mismo. Ya cansa. El me ha mirado con rabia y me ha sonreído. Ni me inmuto. Soy más lista que él y gano más pasta que él. Seis horas cada tarde de show ininterrumpido turnándome con otras cinco chicas: guiris todas, rusas o de por ahí, y una colombiana, tope de nerviosa, que a mi me recuerda a una ardilla. En los lésbicos, cuando amagamos el sesenta y nueve, hay que estar bien atenta para que la Flavia no te salte un ojo de un taconazo. Es el perico. La tía le pega a la farla que da gusto. Las rusas son ya harina de otro costal. A una de ellas -flaca, una morena que apenas habla- el Davis le suelta de vez en cuando algún billete bajo cuerda. Esta, que es la más bicho de todas, no puede ni verme desde que un día apareció por el curro con una corbata de seda para el maromo y fui yo y le pregunté de donde coño la había sacado. Ahora el gilipollas ¡cómo son los tíos! se la pone a veces y saca pecho, el cabrón, como si, gracias a la puta corbata de color caca, se hubiese transformado en multimillonario. El es exactamente igual que la corbata, otra caca. ¿Qué no?. Miren, atiendan, la otra tarde me paró en la puerta del local -habían dado las once y estaba justo a punto de largarme- y me pidió baboseando que subiera con él al cuarto. "Yo nunca subo al cuarto y menos con borrachos" le repliqué toda digna según me marchaba. Había quedado con Oscar en la Plaza de los Cubos y, al llegar, preferí no contarle nada, me dio palo pensar que si lo hacía al tío le diera por restarle importancia al incidente y pasara de ir a partirle la cara al puto brasileño. El Oscar lleva media vida encerrado en el gimnasio pero luego es incapaz de aplastar una mosca. "No me han hecho nada" intenta justificarse. Y aunque le tengo dicho que hay mucha mosca hija de puta y además transmiten mogollón de enfermedades horribles no me hace ni caso. ¡Un cielo mi hermanillo, más majo!. No sé, a lo mejor tiene razón y no hay que matarlas. A veces, cuando estoy cruzada, me paso bastante. Entonces, ya lo saben -acabo de explicárselo- le pegué dos besazos en los mofletes al Oscar nada más verlo y cuando él me preguntó que "¿qué tal?" fui yo y le contesté que "bien" y de lo del Davis no le dije ni mú. Luego nos metimos los dos tan panchos en un FRESCO que hay por aquella zona y nos pusimos hasta el culo de ensalada y de pizza chunga. Y luego a casa. A ver la tele. En el Seat León que el chaval acaba de comprarse con sus ahorros.
Aunque no es corriente, hay veces en las que, entre tanto gordo y tanto chino, se puede ver en los shows el careto de algún tío que mola. Más o menos. Tíos borrachos o con pinta de malos o de suicidas. En esos casos, no le dejo al pavo que me vea el coño, para que vuelva y para que se joda. Aunque, en fin, no es lo habitual ni por asomo que los tíos buenos se dejen caer por la putas cabinas; a los tíos buenos casi siempre les aburre mirar. O eso dicen. Sin embargo, el otro día, un sábado, en una despedida de soltero me imagino que era -los nichos, como yo les llamo a veces, se llenaron casi todos a la vez con fulanos de treinta y tantos que llevaban puestas en la cabeza unas antenitas como de hormiga o de marciano, de lo más pedorro- me sucedió algo especial. Uno de los tíos de las antenas estaba tremendo. Superbueno. Os lo juro, chicas; estaba lo que se dice de puta madre. Al pasar la primera vez junto a su ventana, mientras me estaba desabrochando el sujetador, me pareció distinguir en la oscuridad unos ojos muy verdes, rasgados... un pasotón de ojos. A la siguiente vuelta su mirada: especial, preciosa, profunda... me resultó vagamente familiar y permanecí así, como medio atontada, unos instantes sin apenas moverme ni acariciarme. Reaccioné por fin, me arrodillé mecánicamente...(CONTINUARA EN EL PROXIMO POST)


Lansky dijo
¡Muy bueno, Julián! Pero cuidado con esos ojitos verdes, van a ser su perdición.
3 Julio 2008 | 07:35