PEEP SHOW (2ª Parte)
(viene del post anterior)

A la siguiente vuelta su mirada: especial, preciosa, profunda... me resultó vagamente familiar y permanecí así, como medio atontada, unos instantes sin apenas moverme ni acariciarme. Reaccioné por fin, me arrodillé mecánicamente entre los almohadones con forma de corazón y me puse -sin poder quitarme a aquellos ojazos de dentro de la cabeza- a pegarle sin ton ni son una serie de estirones al elástico del tanga. "A este sí que voy a dejarle que me vea el chocho, mira tú por donde", decidí para mi misma mientras lo hacia. Y mientras me bajaba la braga giré mi cuerpo -tumbado ya- hasta colocarlo boca abajo para de esta forma poder apreciar con todo detalle en el próximo giro el careto del guaperas. Continuaba lentamente, afianzando sutilmente mis pensamientos, la rotación de la plataforma. Dirigí el rostro hacia su cubículo y vi, mosqueada, como la cortinilla de vinilo comenzaba a descender. Deseé con todas mis fuerzas que el tipo aquél metiera cuanto antes otros dos euros dentro del cacharro. Lo hizo y pude, en esta tercera ocasión, observarle perfectamente al pasar a su lado. Me dedicó media sonrisa perfecta, angelical. Un alucine. Incluso me parece que solté una especie de aullido. Resulta que yo conocía a aquel tío. Muy bien. Sí, claro que lo conocía muy bien, en el pasado aquel cabrón había tenido un papel esencial en mi vida. Y me encantaba, era mi verdadero hombre. ¿Qué demonios hacía Kurt Cobain un sábado a las siete y media de la tarde al final de Bravo Murillo, junto a la Plaza de Castilla? ¿Qué demonios hacía allí, dentro del peep show, viéndome a mi en pelotas, si hacía un porrón de años que había muerto?. La cortinilla volvió a bajar de nuevo para no volver, ya, a levantarse. Terminé el pase nerviosísima como malamente pude, las tijeras con las piernas me salieron un churro, y abandoné la vitrina a toda hostia con la bata echada por encima de los hombros para dejarle paso a una de las rusas.
Estaba en la barra y llevaba colocadas aún las dichosas antenitas. Los demás, no. Tenía que ser el novio.
Avance hasta él con la bata de seda cruzada y el cinturón atado -y en su sitio- y plantándome delante, bien pegada a su cuerpo, le dije con todo el descaro del que fui capaz -las piernas estaban temblándome un poquito- que si le interesaba yo podía ser justo el regalo que mejor le podría venir en una noche como esa. Me sonrió. Le pregunté si era el novio y volvió a sonreírme. Los amigos empezaron a animarle para que se viniese conmigo. Como todos llevaban puestas unas gafas de sol idénticas resultaban ser bastante parecidos entre si. Mi chico no, el era completamente distinto de los demás: rubio, alto, la barba cerrada, guapísimo. Lo cogí de la mano y comencé a hacerle cosquillas enmedio de la palma con las uñas. La piel nos sudaba a los dos. Se me quedó mirando fijamente, por fin. Me acerqué hasta su oído y le dije que si no quería no haría falta que lo hiciésemos del todo, que me limitaría a masturbarle como él me dijese. Se dio cuenta de que mi mirada rezumaba ternura. Tuvo que hacerlo. Asintió con la cabeza, sin decir nada, sonriéndome de nuevo, y dejó el vaso que se estaba tomando posado a medio beber encima de la barra.
Llegaba por fin mi turno de conocer el cuarto de arriba. Con alguien increíble. No pensaba cobrarle ni un céntimo, cero de pasta, con tocarlo, con acariciar su sexo, revolverle el pelo y disfrutar cara a cara de su sonrisa de truhán tenía bastante. Todo eso junto me parecía un cocktail de la hostia.
Subimos al altillo y entramos dentro. Sentados en la cama, sin hablar, comencé a acariciarle el pecho por debajo de la camiseta. Enseguida él se incorporó y se la sacó de golpe por la cabeza con una sola mano igual que los tíos de los anuncios. Se sentó de nuevo a mi lado con el torso desnudo. No pude contenerme y me arrojé sobre él como una gata, le empujé fuerte en los hombros hasta tumbarlo y a continuación me arrodillé y me puse a descalzarlo con devoción, pausadamente, y a masajearle los pies, conforme les había visto desenvolverse a las geishas de las películas de chinos. Ya incorporada, pero sin terminar de erguirme, me puse a desabrocharle el cinturón y a desabotonar la bragueta de sus vaqueros. En cuclillas, sin ropa interior y con el batín deslizándoseme por los hombros, tiré con fuerza hacia mi de la tela azul de las perneras hasta llegar a perder el equilibrio y caer. Me ayudó a levantarme. Volvió a sonreirme.
Miré donde su sexo. Ella me acuciaba medio replegada bajo el tejido de sus boxer. Me asió de la muñeca y con un movimiento rotundo de su brazo apartó mi diestra de sus piernas cuando ya me disponía a acariciársela. Permanecí varios segundos sin poder dejarle de mirar el rostro. "¡Quítate las antenas!", le pedí. El contrajo sus facciones con un gesto de dolor y pareció estar a punto de echarse a llorar. Balbucí "... pero... entonces... entonces... ¡de verdad eres tú!". Rompió en sollozos. Me rendí. Acepté sin reparos que mi imaginación pudiese ser más real que una lógica absurda que muchas veces me resultaba ajena. No había vuelta de hoja, Kobain había regresado al mundo para redimirnos a algunos de nosotros. "Dejaré esto, dejaré de ser una puta, dejaré de gritar... pero, por favor... fóllame" le rogué desconsolada a mi ídolo y conduje esta vez mi mano hasta la diadema de la que salían los alambres con las esferas. Nos miramos los dos a los ojos una última vez. Retiré aquello de su cabeza presintiendo algo de lo que podría ocurrir a continuación y presencié como en un suspiro el cuerpo de él se desvanecía, integro, en la atmósfera perfumada del cuartucho. Enredadas en las antenas habían quedado unas cuantas hebras doradas de su cabello. Hoy ya no me parece demasiado.
Ya lo sabéis, entonces, queridas mías, bailarinas, danzantes, princesas, zorritas, cuando veáis a un chico guapo que os sonríe desde dentro de una de las cabinas lo más probable es que se trate de un ángel suicida. ¡Salvadlo!.


Vanbrugh dijo
Jooder con el costumbrismo. Qué ojo clínico tengo.
4 Julio 2008 | 09:27