01/08/05

Ayer, para celebrar que era 31 de julio, me alquilé Ocho y Medio, que es una película que llevaba muchos años queriendo ver, por lo menos once. Por lo menos desde que estuve en Cinecittá -pero ésa es otra historia-. Viéndola y disfrutándola, me doy cuenta de lo clave que es en la filmografía de Fellini, de su condición de visagra entre el Fellini neorrealista y el Fellini felliniano. Viéndola, también, se me ha ocurrido que las películas de Fellini, a partir de un punto -a partir de Ocho y Medio, de hecho- tienden a funcionar como el cerebro humano, un poco a la deriva y de forma fragmentaria: ahora un recuerdo, ahora un fantaseo, ahora este presente no siempre enfocado.
Yo tuve un weblog hace no demasiado, lo cerré diez meses atrás, todo un océano de tiempo en la Red. Solía hablar de mis cosas, de cosas personales, estaba lleno de pretensión literaria y de impostura autobiográfica. Lo cerré por pudor, sobre todo, y sus ruinas todavía pueden ser visitadas. Yo también me pregunto por qué no estoy volviendo allí, si tengo el hosting y la URL y es todo mío y se lo debo a mi amigo Juanvi, que se pasó una tarde montándome el chiringuito. Yo también me lo pregunto. Y me pregunto, también, qué excusas puedo darle a mi amigo Juanvi. No tengo motivos reales para no volver allí, son motivos neuróticos.
Así que voy a intentar no proporcionarle razones al pudor, pero es que sigo enganchado al formato, y tengo cosas que decir sobre las cosas que leo y veo. Sé lo que cierta corriente de pensamiento mantiene respecto a las bitácoras culturales, bien que lo sé. Pero ya no creo que la exhibición autobiográfica sea necesariamente más personal. También somos lo que leemos, acaso es básicamente lo que somos.
Yo fantaseo con escribir con imágenes y digresiones, me estoy dando otra oportunidad. El otro factor que mató a aquel diario fue el perfeccionismo. Un perfeccionismo suicida, diría. Hacia el final de aquella época imprimía las entradas antes de publicarlas, lo hacía repetidas veces, hasta llegar a un nivel tolerable de satisfacción. Voy a intentar trabajar desde la imperfección, me estoy entrenando mentalmente para ello. Voy a tratar de imponerme la imperfección como punto de partida y objetivo.
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De Ocho y Medio, sobre todo, me gusta su tono indeciso, su carácter exploratorio. Se percibe que Fellini no sabía hacia dónde se dirigía, esas tinieblas son parte del proceso creativo. Ocurre que, después de esas tinieblas, surge la felicidad del camino encontrado, de la iluminación que el artista se proporciona a sí mismo. De eso trata el final teatral de la película. Ese tipo de felicidad es adictiva, también, la de las tinieblas superadas. Lo sé porque es esta felicidad de ahora mismo, tras redactar esta entrada y superar estas tinieblas de hoy, escribiendo otra vez en mi diario en Internet.
