Grindhouse me mata.
Ahora que Tarantino y Rodriguez han puesto el término Grindhouse en la boca de todos los culturetas, que una oportunista distribuidora nos metió dos alegres subproductos por el precio de uno y hasta les envejeció los pósters aposta (!), que a Jordi Costa le mandan doscientos artículos sobre el tema, y que en el ultrapedante Cahiers du Cinéma hay uno que le da cinco estrellas, ahora que se populariza el cine cutrón y al que no sepa lo que significa “grindhouse” le miran como si hubiese acabado de aterrizar de Urano...
(aunque he de decir que en mi cine comentamos, entre risas, que a ver cuánto tardaba en aparecernos algún despistado quejándose de que la copia estaba mal. Bueno, pues tardó en aparecer UN día. En serio, alguien se quejó, fue una señora. Probablemente una señora de Urano).
...ahora, digo, es el momento de hablar un poco de Grindhouse en sí, que ya hemos visto las dos todos. Y además Juanjo va por la vida provocando y eso no puede ser...

Bueno, no me voy a meter en el tema de que la Miramax haya mutilado la cinta original, dividiéndola en dos y escatimándonos los divertidos trailers falsos. Sólo diré que, tratándose de una película que rinde tributo a las copias maltratadas y recortadas, ¿qué mejor que ponerlo en práctica desde la misma distribuidora? Gracias a esto, han logrado un rollo metalingüístico precioso que nadie se esperaba. Ni siquiera sus autores!
Chorradas aparte, dejemos una cosa clara desde el principio, y que es fundamental: Grindhouse no es uno de esos enésimos y habituales revival de un género, por mucho que puedan quererlo así el País de las Tentaciones o los suplementos dominicales de turno. No se trata sólo de repetir los esquemas de esas viejas, olvidadas y psicotrópicas películas sin más, apelando al sentido de la nostalgia del personal. ¿Qué valor tiene eso? Para ver esas películas ya existen esas películas, lo demás es una artimaña comercial sin sentido.

¿O no? Porque vaya par de mierdacas...
Tarantino y Rodriguez no son Steven Soderbergh o Peyton Reed, afortunadamente. Y no pienso pestañear al decir que Tarantino y Rodriguez son dos de los más grandes cineastas contemporáneos. Ahí es nada. Su importancia, talento e influencia todavía no han sido justamente valorados (especialmente en el caso de Rodriguez), pero tiempo al tiempo.
A lo que iba, que me despisto. El revisionismo cómplice y sin más no es para dos directores de este calibre. Grindhouse es el homenaje que dan Rodriguez y Tarantino a ese cine que les crió, una respuesta treinta años después que no consiste en repetir sus tics literalmente, sino en emplear sus elementos más reconocibles e integrarlos en el discurso particular de cada autor.
A Robert Rodriguez la ocasión le viene al pelo, pues su espíritu encaja a la perfección con los estándares del cine que homenajea. Si su cine ya solía contar con sangre, efectos digitales cantosos, explosiones, tiros, mejicanos, tías buenas, chistes malos, miembros de su familia y vengadores misteriosos, añadámosle esa textura gastada, esos saltos de plano, esa línea argumental delirante y los rollos perdidos (el hallazgo narrativo del año), ¿y qué tenemos? Pues no una película de género más, sino la Película Definitiva del Género, un brillante mostrenco hiperhormonado que no se lo salta un gitano.

Eso es así.
Por otra parte, el interés de Tarantino no es multiplicar, como su compañero de fatigas, sino retorcer el género, realizar experimentos con su forma, su estructura y sus clichés. Todas sus películas son reflexiones o tarantinizaciones de géneros establecidos, no meros corta-pegas, y Tarantino juega con el material que le ofrece cada género, utilizando sus tipos, arquetipos y estereotipos a su antojo. Death Proof es una peli de Tarantino como cualquier otra (diálogos épicos, jugueteos narrativos, sexualidad siempre latente, situaciones al límite, personajes fuertes, una comicidad inagotable, influencias europeas...), en vez de con tíos en un almacén, con coches. En vez de con madres vengativas, con mujeres jóvenes y guapas.
Y además, añade a su lenguaje un recurso apenas empleado: los propios elementos de proyección como las alteraciones de rollos, los empalmes, el sonido que se va y viene... En Death Proof no se reproduce o se magnifica ese cine barato, sino que el estilo de Tarantino lo fagocita a su manera.

La diferencia entre ambas partes queda clarísima en los títulos de crédito finales de cada una. Como no se acordará ni el gato, lo cuento, para el que no se haya echado a dormir todavía. En los de Planet Terror se cuelan trozos en blanco, una cuenta atrás, tiembla el negativo, etcétera, mientras van apareciendo las letras a trancas y a barrancas. En los de Death Proof también se cuelan “trozos perdidos”, en este caso unos fotogramas en los que aparecen sonrientes señoritas posando para la cámara con una carta de color al lado (cosas de los laboratorios, para comprobar que la copia está bien de color y tal). ¿Se acuerda alguno? Bien. La diferencia entre ambas es que, mientras que en Planet Terror esas cagadas aparecen sin orden ni concierto, como queriendo que parezca accidental, en los créditos de Death Proof los insertos siempre aparecen... ¡al ritmo de la música!
Es decir: voluntariamente y con alevosía.
Así, todo queda redondo.
La reproducción, multiplicación y devoción al género nos la ofrece Rodriguez, mientras Tarantino brinda la asimilación, flexión y reflexión. Dos autores en plena forma que conforman un perfecto programa doble como homenaje a los programas dobles, dos caras de la misma moneda, fieles a si mismas pero indivisibles, igual de geniales y de necesarias la una para la otra.
Y ante eso, yo sólo puedo quitarme el sombrero, la camiseta y los pantalones si hace falta.
¡Precioso!







javier-caspito dijo
¡Qué grandes son ambos!
5 Septiembre 2007 | 01:25 PM