ESCENAS SIN PUDOR 1. Pies
¿Te gustaría chuparme los pies? escuché el susurro en mi oreja. *** Apenas llegué hasta arriba por las escaleras eléctricas, en dirección a los cines de la plaza comercial, y fue lo primero que vi: a él, sentado cómodamente en la banca, como si esperara a alguien pero a la vez nomás quedándose allí, pasando el tiempo. Era un domingo a las seis de la tarde, había mucha gente comprando boletos y todavía más haciendo fila para entrar. Pero nadie se atrevía a invadir su espacio, la banca era para él solo. Algunos señores con todo y sus hijos se acercaban un poco, pero después se iban a otra. Tal vez les parecía un poco desvergonzada la manera en que el muchacho presumía sus pies. Traía unas sandalias de piel, de dos tiras solamente: una soportaba el empeine y otra más delgada rodeaba el dedo gordo. El pantalón se encogía sobre sus piernas largas y dejaba al descubierto más arriba del tobillo. Eran largos y delgados. Blancos, pero con unos vellos muy negros. Me quedé cerca y empecé a leer la cartelera y los horarios antes de animarme a mirárselos. Entre el resumen y el reparto de una película echaba una ojeada rápida, cuidando que él no me descubriera. Creo que me puse un poco nervioso. Cualquiera de las fotos que había bajado de internet o cualquier fantasía que me había formado en la mente con algunos compañeros descalzos de la escuela, se esfumaron al instante. *** Pero me tardé en una de esas miradas, porque al levantar la vista lo encontré viéndome directamente. Me apendejé y no supe qué hacer. Hasta choqué con algunas personas al huir. Caminé rápido por los pasillos de la plaza, echando vistazos atrás para confirmar que el muchacho seguía sentado en la banca. De repente me sentí estúpido y me paré. Calma, calma, me repetía para recuperar el aliento. No había hecho nada malo. No tenía por qué alejarme de allí. Todavía con el corazón latiéndome rápido entré a la tienda de discos; aún sudaba un poco cuando me coloqué los audífonos para oír una de las novedades. *** Escuché todo: pop, rock, y hasta algo de world music, que siempre se me había hecho tan aburrida. Al salir miré de lejos las luces de colores a la entrada a los cines y me reí. Ya más tranquilo me quedé a ver algunas tiendas. Me paré frente al aparador de Diesel y unos segundos después se me erizó la piel: junto a mí se colocó una silueta más alta que yo, que no quise mirar, ni siquiera a través del reflejo del vidrio. Me quedé rígido, pegado al suelo, creo que no podía moverme ni un solo centímetro. Duré muchísimo tiempo revisando una chamarra. Hasta que la silueta se agachó un poco, como mirando algo del escaparate, pero acercándose a mí. Entonces me lo dijo. *** Cuando por fin me volteé para verlo, él sólo sonrió, pero con una sonrisa extraña que no supe que quería decirme. Hizo un movimiento leve con la cabeza y comenzó a caminar. Lo seguí como un zombie hacia la salida del centro comercial. Veía acercarse cada vez más el resplandor de la luz del sol afuera, que restallaba en las puertas de cristal. Antes de salir lo tomé de un brazo y él se volteó. Traigo carro, le dije. Me miró como extrañado y se quedó mudo, pero se devolvió y caminó ahora hacia las escaleras del estacionamiento. Me arrepentí enseguida de haberle dicho eso. Se detuvo para esperar que yo lo alcanzara. No dijimos nada más, él solamente me fue señalando por dónde conducir: en aquel semáforo das vuelta a la derecha, en la siguiente a la izquierda, aquí es. En el recorrido corto que hicimos me pregunté mil veces qué dirían mis papás si me vieran llevando en el carro a alguien de más edad que yo, desconocido para ellos. Y también para mí. *** Enseguida vuelvo dijo, y me dejó parado en medio de la sala. Miré alrededor, era la casa de una familia. Lo supe porque era igual a la mía: el comedor, los sillones, un mueble para los platos, otro para la televisión. También había cuadros y figuritas. Allí adentro el aire era más fresco que en la calle. Cuando regresó, me entregó un objeto pequeño. Lo miré extrañado. Es un chicle, dijo. No supe qué hacer con él. Te juro que no tiene nada, agregó, mastícalo un rato y lo tiras. Abrí la envoltura y eché las dos tabletas en mi boca. Eran de sabor menta muy fuerte, de esas que hacen sentir como una corriente helada en la garganta. Él se dejó caer en un sillón. Se quitó las sandalias y subió las piernas, colocó las plantas de sus pies sobre la mesita de centro. Un olor entre cuero y sudor llegó a mi nariz. Yo tiré el chicle y me arrodillé.
