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Catarsis Literaria El Drenaje

El Drenaje Literario

5 Noviembre 2007

La experiencia de ser ... Ileana Garma



(Apuntes sobre diversos ensayos mexicanos)



Sobre la tristeza[1]

Hablamos de la tristeza, pero no hacemos más que sostener la palabra, como si con ella se dijera todo. ¿Y por qué ese enorme lugar común de situar a la tristeza en medio de campos grises y lluviosos? ¿por qué hacemos la relación inmediata de la lluvia con el llanto y la inmovilidad con la pesadumbre? ¿Acaso no hay tristeza en aquellas ciudades donde el sol es una culebra que inyecta su veneno a todos los transeúntes, ciudades en que la gente se detiene en las esquinas y se seca el sudor con la mano, donde las personas no pueden ver más allá de sus pies porque la luz da latigazos que les hacen recordar que están solos y tienen que caminar con la cabeza agachada? ¿Acaso no hay tristeza en aquellas ciudades en donde la gente deambula con ropas coloridas, deja su sal en los asientos del camión, bebe agua y siempre la temperatura les come las amígdalas, la espalda y a cada instante el calor les recuerda que tienen que huir hacia la oscuridad, hacia las viviendas espesas que se achican y gotean debajo de la mano demoledora de un rey asesino?

Yo nací en Mérida Yucatán, o la ciudad blanca, o la ciudad astillada por el sol. Yo me desvanecí mil tardes y le tenía miedo al medio día. Y tomaba botellas y botellas de agua que sentía que se desparramaban a través de mis poros, sobre el espejo, sobre las paredes, en ventanas que abría para comprobar que no estaba en el infierno ni pagando pecados, sobre esos pórticos que me aseguraban que sí, que yo estaba en el infierno. ¿Cómo entonces salir a jugar y correr y agitar las manos? No, yo me quedaba bajo el resguardo de una hacienda de techos altos, entre mapas, estantes, y palabras como un gotera sobre el cráneo.

No conozco las ciudades de las que habla Vasconselos. Para mí, el frío, la lluvia, los días nublados que he vivido en la ciudad de México, en su Reforma de autos que se deslizan a través de la necesidad y del frío, en medio de abrigos y mujeres gordas que lloran junto a un semáforo y contestan el celular, delante de policías que ordenan el tráfago fuera de sus impermeables, pero nunca dentro de ellos; esos días nublados los entiendo como mágicos, como llenos de un enigma que todavía no puedo reconocer. Me muevo en medio de los días negros como se movería un papalote en la mano de un día con aire y a campo abierto. Yo me elevo y agito en los días negros como se agitaría un zopilote al presenciar la carne corroída. Porque no son los días grises, ni los soleados, ni las ciudades calurosas, ni las frías, las que son tristes, sino el ser humano.

La ciudad y el día son cosas que cobran la vida que uno le imprime. Es la vida de un hombre la que es triste, no el día, no el escenario. Un ser que es triste se encuentra melancólico frente a una fuente con tres niños que se han metido a bañar y juegan con el agua sucia y las palomas. Un hombre alegre ve la limpieza y la posibilidad. Un hombre pesado aprehende la suciedad y la imposibilidad.

¿En verdad es a costa del daño que se deforma la sensibilidad? ¿Puede una ciudad ser la responsable del daño, puede la atmósfera de un día clavar alfileres en nuestro espíritu? Sí. Empero, debiéramos sentirnos afortunados los que pueden sentir esto. Aquellos que perciben como la tristeza se levanta debajo del polvo de los pájaros negros en las plazas soleadas, o como la tranquilidad y la alegría se depositan pausadamente dentro de los basureros mojados de la ciudad; son personas que no se han endurecido, que todavía pueden ver más allá de la cosa.

Cuando has tenido que hacerte duro para protegerte de la ciudad, de los días, y más que el día y ciudad en abstracto, lo que son, es decir: la gente que se mueve dentro de ellos; entonces ya nada puede tocarte, te has preparado para la indiferencia. El precio es que tú no puedes tocar nada y la indiferencia se ha preparado para ti. Sólo es posible vivir una gran alegría, cuando se ha vivido un gran dolor, como el negro sólo brilla y contrasta, cuando se halla rodeado de blancura.

Libros que leo sentado y libros que leo de pie[2]

Puede ser que escribir sea un consuelo, una casa en donde el escritor se esconde del mundo. No obstante hace un mundo, hace tan en serio un mundo, que después también tiene que escapar de él, porque como dios, no puede más que llenarse de tristeza por sus creaciones y si no puede alejarse, entonces terminará mandando rayos y causando diluvios, es decir, acabará con la vida de sus personajes.

Un libro, cuando se escribe y cuando se lee, se comienza con la inquietud propia de la exploración y el anhelo de descubrir. Un mal libro es aquel que no puede enseñarle nada al propio creador, ya no digamos al lector. Un mal libro es aquel que se detiene donde comenzó, porque no arrastró al escritor al otro mundo, o propiamente, a su mundo, sino que lo dejó en la llana realidad, en la superficie.

Cada día es un libro que no se ha escrito. El mundo en el que el escritor trabaje será el desenredo de sus ilusiones y desilusiones del mundo del que parte, de su exterior, pero trasportadas a su interior, de tal manera que las desilusiones e ilusiones se alumbran con una lámpara de mil focos y son la realidad; denuncian y esclarecen lo que dentro de nuestro nado, en las superficies, no alcanzamos a ver. El escritor ve en los objetos concretos, los símbolos de la finitud y la infinitud del hombre, su grandeza y su pequeñez están demostrados en la manera en que el personaje pone los platos para la cena. El escritor vive la desilusión de la tierra que lo apresa, pero vive la ilusión de su mundo que lo eleva. [...]escribir libros es el triste consuelo de la no adaptación de la vida. Nos dice Vasconselos, sin embargo debemos saber que es también la creación de la vida, la desocultación de la esencia de la cosa, nos diría Heidegger.

Yo tengo vértigo cuando pienso que a lo mejor, nunca debí de haber abierto ningún libro, nunca debí de ir más allá de lo aceptable, de lo mediocre, a lo mejor ahora estaría más tranquila; un diccionario sería un diccionario, una esquina igual a una esquina, una mujer de ojos grandes, sólo eso, y no la vida y la muerte, y no escaleras interminables y una caída profunda en el tiempo. No lo sé.

Hacer un libro y tomar un libro es una sacudida, es permanecer en el corto circuito, en la imposibilidad de dormir. Ya jamás se podrá dormir después de haber conocido un buen libro, porque éste despierta a la gente que lo ha tomado en sus manos. Un buen escritor penetra en las venas de quién lo conoce, se remueve dentro de ellas como un renacuajo en el un pantano, como una lagartija venenosa que se dirige al corazón. Nada es como debiera de ser. Y todas las puertas que conocíamos, de pronto sólo son una serie de burdas pinturas sobre la piedra, que comienzan a despintarse. El lector, el buen lector, el contemplador, tiene ahora que ponerse a cavar en la roca viva.

Uno renuncia al mundo, sólo cuando puede sostenerse en la verdad del mundo, la verdad de la creación del mundo. La renuncia al mundo es más que nada, la renuncia a la mediocridad y el acceso a la lucha constante entre lo que nos atrapa y nos libera, todo esto para conducirnos a la búsqueda de la verdad de las cosas. El libro siempre es un oráculo para el artista y el mundo y, revela lo que es el artista, y el mundo. Si debemos abandonar al mundo, es para encontrar la verdad, y cuando hallamos llegado a ella, habremos regresado al mundo, en verdad. Pero ¡ay del que, vive para lo exterior [...] y no renuncia y no muere; pero porque todavía no nace o renace.

Obra maestra[3]

I

Se levantó a las dos de la tarde, después de haber sujetado una pesadilla de carreteras y bebés desnudos. Permaneció un momento en ella la sensación del para qué y, sin embargo, abrió la regadera. Había que moverse para no sentirse angustiada e inútil. Decidió dejar el cabello suelto para que se secara con rapidez. Tomó el vestido de los domingos que colgaba en un rincón, en un rincón de aquel cuatro que se reducía alrededor de ella, y sin ventanas.

Después de pintarse los labios, cogió la mochila y salió para dirigirse al mercado de Coyoacán. El sol metió las manos agudas dentro de las pupilas de la mujer, y recordó que su sombrero azul estaba desaparecido. Bajó las escaleras del edificio hasta llegar a una puerta roja, detrás de ella había un pasillo lleno de ruidos de perros domesticados y niños que jugaban. Al final una puerta azul y al fin, la calle.

No pudo sonreír porque los carros estaban atareados en buscar un lugar dónde estacionarse y sonaban el claxon sin interrupción, los pequeños hablaban de helados, las parejas la cruzaban con sus labios exhibicionistamente húmedos, y ella se iría a comer sola al mercado de Coyoacán, por eso no pudo sonreír. Al menos tenía un libro en la mochila.

Iba siempre al mismo puesto, y esta vez no quería ver más que sus pantorrillas y zapatos surgir de las ondas del vestido, así que caminó con la cabeza baja, mientras el cabello dejaba sobre los hombros, gotas heladas y la sensación de frío. Entró el mercado a través de puestos de ropa típica, mujeres rubias, el parloteo de los vendedores que ofrecían sus mercancías y los niños que pedían siquiera para un taco. Llegó al área de cocinas, la mesa de siempre estaba disponible. Sólo una silla, un mantel de plástico de cuadros amarillos con blanco. Una mujer cantaba y se movía entre las mesas. Hoy tenemos consomé de pollo o sopa de abas, ¿qué va a querer? Consomé por favor.

Abrió un libro apenas empezado de Rattner “Psicología y sicopatología de la vida amorosa”. Removió las verduras humeantes y la música rasposa de la garganta de la mujer, con el descubrimiento de que chuparse los dedos durante la lactancia, es una actitud sexual, y se chupó los dedos, entonces río y comenzó a masticar.

“Debemos tener el valor de afirmar que el amor...” Leía horas después, en una cafetería lejana a la tranquilidad. Mejor estar fuera de ese cuarto en donde dar dos pasos era suficiente para acabar con todo el territorio, y donde ya había realizado el aseo del domingo, y se había vuelto a bañar para relajar el cuerpo y no dormirse de soledad y falta de llamadas telefónicas. En el café también estaban las parejitas y los niños y la gente que criticaba a los fumadores. El amor..., se dijo, comiendo un helado de moka y estirando hasta el final, el último rostro de su pareja, que no la veía comer un helado de moka, ni el moviendo de sus ojos sobre el libro, ni la heladez del color del vestido y de sus manos.

Estuvo en el café hasta que oscureció y pensó en otro baño, pero atravesó de nuevo el pasillo, ahora casi silencioso, abrió la puerta roja y subió por escaleras que se estrechaban como un embudo boca abajo. Llegó al cuarto, prendió la televisión y antes de entender lo que se trasmitía, cayó sobre las almohadas sin apagar la luz, y durmió.

II

El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad. Auque parezca obvia la afirmación que haré, es necesario retomar lo obvio, porque es justamente por su familiaridad, que la perdemos y desentendemos. La soledad no es estar solo.

Uno escribe ochos en medio de las masas cuando no ha podido liberarse de uno mismo, uno choca con las multitudes como murallas eternas, cuando no ha podido superar su egocentrismo y darse a otro. El tigre es un niño que tiene miedo de salir y que a fuerza de estar encerrado se lastima a sí mismo, aporreando su cola contra los garrotes.

Creo que jamás podría ser una buena madre. Para mí esa es la responsabilidad más grande que existe. ¿Cómo dar vida sin pensar en darlo todo por ella? ¿Cómo puede actuarse con egoísmo, con envidia, con violencia, con rencor, y al mismo tiempo pensar en tener un hijo? No he podido librarme ni de la violencia, ni del egoísmo y en resumen, tengo miedo y ninguna virtud. Creo que jamás podría ser una madre. Sin embargo mis hijos existen. Yo no he dejado de costurar un pañal para ellos, porque tomo una hilera y una aguja para caminar.

Mis hijos son cada letra que he dejado en el papel, porque éstas se alimentan de mi sangre. Cuando siento sus cuerpos frágiles removerse dentro de mí, dejo de ser un tigre acorralado por sus propias ideas y miedos. Libero las palabras, libero a mis hijos, los amamanto y me amamanto. Ya no choco con el mundo, porque soy el mundo.

Fresnos y Álamos[4]

Había una palmera en el jardín, después la cortaron. Recuerdo poco de mi infancia aunque mi hermana me hable por teléfono y diga que está en nuestro cuarto, recordando cuando éramos niñas. Mi hermana gemela y yo, a pesar de esta falta de memoria, seguimos escuchando un árbol amarillo en las arterias de la tarde y estamos unidas por el olor de las nubes cargadas, y mañanas calurosas. Cierto que vivo a muchos kilómetros de dónde ella, pero la presiento cuando me baño; sé que la distancia que hay de mis rodillas a los tobillos, es casi idéntica a la de ella. Mi ropa le quedaría perfecta aunque no le gustaría, como a mí la suya. Ella se sostiene en una casa de interiores amarillos, escaleras blancas. Una casa que empequeñece cada vez que vuelvo a ella, pero que también florece de grietas y de gritos pretéritos.

La historia de mis cambios, es la historia de la caída de esa casa en la colonia Esperanza. La historia de mis cambios, de esta piel desgajada en la palidez, del pantalón que ahora llevo continuo a mi mal humor y el cigarrillo, la historia de mi adicción al café y los padres que perdí, es la fotografía de aquella casa con rejas oxidadas y una pila rellena de polvo.

Sé que no voy a morir acostada, porque no he vivido acostada. He caminado acosada por mis preguntas, por el por qué de las calles que se cierran dentro de mi soledad. Huí y me he quedado en todas partes, en reposo, enteramente agitada. No podría morir en una cama, en la pequeña cama de la colonia Esperanza. Me he ido de todas partes para tener el rostro despejado y las manos frías, pero sólo tengo el rostro pegajoso y las venas hinchadas de fiebre. No he vivido acostada. Yo sé que hubo un ayer, pero la intención no debe ser rescatarlo, sino desarrollarlo. Regreso a la casa [...]he abierto una de mis ventanas para que entre por ellas el caudal hirviente del sol. Y la lumbre sensual quema mi desamparo y la sonrisa cálida del astro incendia las sábanas mortuorias y el rayo fiel calienta la intimidad de mi ruina.

Palinodia del polvo[5]

Ojalá estuviésemos lejos de ser hormigas. Veo como se abren escuelas y escuelas que prometen a sus egresados el éxito, veo que los padres motivan a sus hijos a estudiar para el éxito, veo a la gente preparándose para ser eficaces, veo planes de estudio que prometen hacer que los alumnos se enfrenten a los problemas del mañana con competencia. Competencia y eficacia y éxito como un círculo de hierro en que nos vamos encerrando, como un volcán diminuto en que nos movemos. Juntamos la tierra para olvidarnos del cielo. Ya no queremos ver el cielo. No queremos sino sentirnos cubiertos por edificios enormes, como si dentro de calles oscuras a medio día, se encontrara la transparencia. Nos afanamos como hormigas obreras y cargamos el doble de nuestro peso, todo por el dinero del éxito, por el dinero de la eficacia y por el dinero de la competencia. Creemos que el único mundo es nuestro pequeño volcán, y no nos percatamos de que pereceremos dentro de él.

Cuando pienso en el polvo, creo que no ha desaparecido nada en mí, presiento que todo mi pasado anda por el mundo en forma de polvo, polvo que recorre y da vueltas interminables a este hemisferio. Han pasado ya algunas horas de este primer día de noviembre de 2007 y esas horas se han despegado de mí en forma de polvo. Yo piso el polvo de lo que tú fuiste en Francia o en Chad, en Turkmenistán o China. Y en Francia, en Chad, en Turkmenistán o China se pisa el polvo de lo que fui. El polvo es la historia del mundo y la muestra de su eternidad.

Como hormigas, no hacemos más que movernos en el polvo. Lo ignoramos y hablamos de las mejores maneras de mantenernos puros, pero abrimos la ventana y él se pega a la humedad de nuestros huesos y pupilas. ¿Se puede organizar el torbellino del polvo? Ése es el trabajo del filósofo.




[1] Vasconselos José. El ensayo mexicano moderno. FCE. 2001.

[2] Vasconselos José. El ensayo mexicano moderno. FCE. 2001.

[3] López Velarde Ramón. El ensayo mexicano moderno. FCE. 2001.

[4] López Velarde Ramón. El ensayo mexicano moderno. FCE. 2001.

[5]Reyes Alfonso. El ensayo mexicano moderno. FCE. 2001.


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