49. El final.
Ahí están, en la puerta de mi celda, esperando como buitres que yo termine de escribir mi post.
Han cumplido mi última voluntad: déjenme el portátil tan solo media hora, debo despedirme. Y ahí están, esperando que pulse "Publicar".
La alcaidesa mira la hora. Está deseando marcharse a casa. Estoy segura de que le incomoda el hecho de que la única ejecución en veinte años se haya producido bajo su dirección. Le habría gustado pasar más desapercibida, poder seguir mirando a las reclusas en la ducha sin que nadie tuviera conocimiento de su miserable existencia.
El sacerdote reza. No ha sabido darme consuelo en todo este tiempo; me ha despreciado, ignorado y humillado. No ha movido un dedo para ablandar el corazón de nuestro beato gobernador. Y ahora lo tengo ahí, recitando apáticamente no sé qué cosas. Cuando lo miro, no sé a qué lado de los barrotes está Dios.
Cheater, mi abogado, tiene los ojos rojos. Probablemente ha bebido demasiado brandy antes de venir a ser testigo de mi ejecución. Quizás también haya llorado. Él siempre me creyó culpable, pero fue porque siempre me amó.

Sólo se oye mi respiración acelerada escribiendo esto, los gemidos de Candelaria, la letanía de Winona, los asfixiados resoplidos nerviosos de Brigitta, que no se entera de nada, y los cánticos y oraciones de las quince o veinte personas que con velas hacen vigilia en la puerta del penal.
Pienso en el gobernador, recostado en su sillón de piel, con una copa de cognac en la mano y un buen habano en la otra, mirando el reloj, mirando el teléfono, sabiendo que tiene mi vida en sus manos, sabiendo que yo sé que la tiene. Sintiéndose dios por un momento.
Pero en su más profunda intimidad se abre la certeza de reconocerse un ser mediocre.
Antes de hacer clic en "Publicar" debo decirlo:
Todo este blog ha sido una farsa. Lo creé para dar a conocer mi historia. Tenía el absoluto convencimiento de que alguien cercano a mí lo leería. Confiaba en que mi historia contada en una bitácora corriera por el mundo, y que la confesión de mi inocencia obligara a repetir el juicio y que fuera finalmente declarada no culpable. No ha sido posible.
Por eso, ahora que el verdugo ya tiene su mano sobre el interruptor que enchufará mi silla eléctrica, quiero decir que yo maté a Donnald Clumsy. Le clavé con fuerza el cuchillo sobre su pecho. Vi brotar la sangre de la herida por la que se le escapaba la vida. Y permanecí llorando a su lado. Observé cómo el moribundo tomaba el teléfono y llamaba a la policía.
Y esperé, destrozando todo lo que era mi vida, a que vinieran a detenerme.
Van a ejecutar a una culpable: Yo maté a Donnald Clumsy. No fue amor, ni envidia, ni celos. Tal vez fue orgullo.
Y ahora van a matarme a mí. Darán al interruptor y se habrá cumplido la sentencia. Me pregunto si las lágrimas de los que lloran cesarán cuando sepan mi culpabilidad. ¿Puede sentirse amor hacia el culpable? ¿Apagarán sus velas, callarán sus oraciones?

El inocente necesita justicia. Sólo el culpable merece el perdón.
Coloco el cursor sobre la última palabra: "Publicar".

JL dijo
DIOS TE BENDIGA.
Jorge
10 Junio 2006 | 12:36 AM