No puedo conmigo cuando me da el rollito autocompasivo. No soy la primera ni la última que tiene problemas y no dejan de ser cosas que se pueden solucionar. Hablo de soluciones reales, no de cambiar de camino y no mirar atrás y blablabla. Tengo un problema, totalmente material, lo arreglaré lo mejor que pueda y punto...y tal día, hizo un año.
Los domingos por la tarde me gusta ordenar la ropa y emparejar los calcetines. Un café, algo para fumar y música adecuada. Encontrar dos calcetines iguales se convierte en un pequeño placer.
Este fin de semana: Cibelle, caricias brasileñas para mis oidos.
Del Albayzín hasta el Barrio de las Flores, pasando por la Plaza Nueva tras caminar por el Paseo de los Tristes…Calle arriba, calle abajo. Granada es de color azul toda entera y desde el Mirador de San Nicolás, un viernes por la noche, la Alhambra se ve azul con una lata de cerveza en la mano. Y no paras de hablar y de reír porque habías estado allí antes, en el mismo lugar, el mismo mirador, un viaje feliz hace muchos años y en aquella ocasión no te diste cuenta de que la Alhambra es azul porque no la viste con ella.
Quien no ve Granada azul ¡¡no sabe lo que se pierde!!
Hay una Granada distinta justo debajo a mano izquierda de la Granada en tecnicolor. Una Granada habitada por cuatro gatos, carteles que hablan, árboles por los que trepan peces de colores, iguanas que comen helados y mandriles que quieren pescar la luna; gobernada por una reina que vive en el Albayzín y que con las manos arregla los nudos de la espalda apretando sentimientos. En la Granada azul hay monstruos en las cisternas que son amables con las invitadas y camas que dibujan tu cuerpo cuando duermes, para que el cuello no te duela por la mañana.
Esta Granada es exquisita con sus huéspedes, y te recibe a lo grande y con bienvenida a medida, pero marcada por esa “malafollá granaína” (tan similar a la mala leche madrileña) y como para ponerte a prueba va y planta en tu camino un camión de bomberos para ti solita, un batallón de bomberos azules que te sonríen guasones; así de golpe, a la primera…y te da un ataque de risa y en ese momento las dos tenéis la certeza de que el fin de semana va a ser realmente inolvidable.
Coplillas de mi infancia. Niñas flamenquitas bailando el vito y los verdiales, y no me sorprende contemplarme a mi misma con diez años bailando alegre entre ellas.
¿Cómo no vas a sentirte como en casa en una ciudad con semejantes costumbres con los recién llegados? ¿Cómo parar de reír ante semejante bienvenida?
Y esa dulce melodía cuando pides dos cervezas…- ¡¡dos primeras!! - que hace que el corazón se te ponga alegre y el estómago contento. Y hablar de todo y de todos, y quitar o poner importancia, y contarnos y decirnos y confesarnos y no atrevernos a decir algunas cosas, sólo a dejarlas caer, para luego decirlas a bocajarro, de golpe, sin pensarlo y estallar en una enorme carcajada al comprobar que la otra piensa exactamente lo mismo.
La Granada azul tiene su gracia. Y su gracia su calle. Y la gracia de la calle es ella que te enseña los mejores finales de la literatura romántica de todos los tiempos y los libros de fotografía que los libreros esconden. Bromas y tesoros con los que pasar el rato hasta la hora de la comida que no es otra que la que ordenan dos estómagos vacíos, ni antes ni después, justo cuando aparece el hambre. Porque es un fin de semana de los de cuerpo mío, cuerpo mío y no existen más horarios que los que los cuerpos nuestros marcan.
El vodka y el tequila son azules en Granada. Y la cerveza y las tapas. Y las sonrisas...
Diga lo que diga, no les hago justicia. Ni a ella, ni a su Granada, ni a su sonrisa.
Es muy difícil escribir y contar lo que una ha visto y oído, lo que ha disfrutado, lo que ha conocido. Para escribir algo sobre alguien que es poesía que camina, tienes que ser como poco un anfibio, o un gato, o saber de qué color son los espejos…y no soy ni lo uno ni lo otro. Que pena no ser capaz de ver las cosas como las ve ella...
Pero Granada es azul y lo sé porque la he visto en la mejor