Este jueves (y todos los jueves de mi vida)
Seguiré mirando mis manos y recordando el sabor del café que compartimos y el que compartiremos de aquí adelante.
Seguiré recordando el sonido de las olas que llegaban hasta Vela y el de la luna llena bronceándonos el cuerpo y acercando nuestras vidas, sin saberlo.
Volveré a asomar mis pies por el balcón de la calle en la que nos conocimos.
Y brindaré con champán (o con lo que haga falta) porque, lo que nos siga uniendo sea un puente indestructible y no un agujero negro en medio de un mar de dudas. Porque el único mar que conozcas sea ese de la luna de agosto, que te vió crecer.
(Descálzate, por favor. Siente con tus pies el gélido suelo. Tócalo e impulsate para poder volver a respirar. Los fondos de los pozos nunca nos han servido para nada y en la superficie te está esperando un brote de algún ginkgo que he puesto, aquí, en la palma de mi mano).
