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El Eterno Indeciso

En ocasiones los árboles no dejan ver el bosque

23 Julio 2008

Cerveza sin corazón

Estuvimos hablando por teléfono durante una hora. Parecía que el tiempo no había pasado por ninguno de los dos y la conversación fue rápida, cruel y directa.

Amable en la forma y en el fondo, dura en el efecto que tuvo en mí. Mientras que yo me he roto en mil pedazos durante los últimos días, resulta que tú estás bien, avanzando, viviendo y olvidándote de todo.

Te felicité efusivamente, me alegré en serio por tus éxitos. Aseguré que iré a verte pronto, en cuando tenga el dinero necesario. Pero tanto tú como yo sabemos que eso no pasará. Que no volveremos a vernos.

Tras colgar, salí de casa de un portazo y entré al bar más cercano. Apenas había nadie, sólo un par de vecinas tomando café y dos señores jugando a las cartas. Saludé con un gesto y balbuceé al camarero:

Una cerveza sin corazón, por favor.

El hombre, sin levantar la mirada, me sirvió un whisky sin hielo.

Invita la casa, amigo. Es el mejor remedio para las traiciones del subconsciente.

Me lo bebí de un trago y me juré a mí mismo que olvidaría el estúpido incidente. Sin embargo, aquí te dejo, narrado de forma torpe en mi humilde rincón de la red: prueba de que dejaste en mí un recuerdo imborrable.

Tags: corazon, cerveza

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26 Enero 2008

Un paseo por la playa

No había conseguido determinar la razón exacta, pero M. necesitaba salir de paseo urgentemente. Quizás era el corazón, que le pedía oxígeno; o la cabeza, que le iba a estallar en mil pedazos.

Ni corto ni perezoso, y a pesar de las advertencias de su compañera de piso, M. se puso los guantes de lana y salió rumbo a la playa. Hacía frío y el viento azotaba fuertemente su rostro, pero prefirió no volver a casa a por el abrigo.

Venimos a este mundo a sufrir pensó.

Por el paseo marítimo se veían ancianos y jóvenes parejas cogidas de la mano con niños pequeños envueltos en aparatosos abrigos que apenas les dejaban caminar. A M. le divertía que los chiquillos fueran felices con el simple hecho de tirar piedras a la orilla del mar. Esbozó una sonrisa al ver cómo uno de esos muñequitos de Michelín se acercaba a él torpemente para enseñarle un puñadito de arena.

Es un niño muy sociable le indicó la madre, una joven rubia de ojos grises.

Ya veo, ya contestó M. Acarició la cabeza del pequeño, hizo un ademán de despedida a la muchacha con la mano y prosiguió su camino.

Fue entonces cuando M. comenzó a pensar otra vez en lo mismo, y fue entonces cuando quiso llorar y morir, sin importarle en qué orden. Se sentó en un banco con vistas al faro e hizo un repaso mental de su vida. Nada reseñable, desde luego. Toda la vida consagrada al trabajo y a la felicidad de los demás. Por su mente pasaron viejas y nuevas ilusiones y se dio cuenta de que no había grandes diferencias entre ellas. De hecho, aún seguía enamorado de alguien que jamás le correspondería.

Su amor platónico habitaba justo en la habitación de al lado. Tenía una sonrisa demoledora, unos increíbles ojos azules y pestañas rizadas. A M. le encantaba verle e inventaba las más peregrinas excusas para entrar a su dormitorio. A veces, entraba a sabiendas de que estaba a punto de dormirse sólo para darle las buenas noches y deleitarse de refilón, siempre cómo quién no quiere la cosa con la sola visión de su torso semidesnudo y su expresión somnolienta. Su amor platónico parecía no darse cuenta de nada y apenas le hacía caso. Solamente a veces, en muy contadas ocasiones, se mostraba muy amable y entonces hablaban de todo. Para M. esos leves momentos suponían un oasis de felicidad entre tantos días de hastío.

Pero esos destellos de alegría no le hacían ningún bien. Aunque sabía que jamás podrían tener nada serio, esas conversaciones le hacían imaginar cosas que nunca se iban a cumplir. Le provocaban sueños de fabulosas promesas que se convertían en el más absoluto dolor cuando despertaba. Pero se olvidaba pronto del chasco y había empezado a contar anécdotas a sus seres queridos sobre una amistad que no existía. Se hacía ilusiones y, en definitiva, se creía su propia mentira.

Claro está, todo lo que sube, tiene que bajar. Cuando no recibía más que saludos y respuestas monosilábicas en recompensa a sus atenciones, M. se veía obligado a volver a la tierra. A pegarse la ostia y afrontar la puta realidad.

No te quiere, ni tan siquiera te aprecia. Asúmelo se repetía constantemente.

Entonces volvía a sumergirse en la paciente espera de esa mirada, ese gesto que nunca llegaba.

Comenzó a llover y M. aceleró el camino a casa. Pero antes de perderse en el laberinto de edificios y coches, miró al mar,con la esperanza de encontrar alguna respuesta en su cabeza, algo que le pudiera reconfortar. Nada.

Ojalá pudiera ser feliz con un puñadito de arena se dijo en voz baja. Y huyó corriendo hacia la habitación de al lado, con la ilusión de recibir un pedacito de la felicidad momentánea que tanto necesitaba.

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12 Enero 2008

Tiempo de buena música

Hace algún tiempo, cuando aún era un jovencito imberbe y con la cara llena de granos, descubrí la canción «Medianoche», que me dejó hechizado (bueno, para ser francos, algún pelillo tendría, pues corría el año 2002 cuando la escuchaba en los 40 principales). El caso es, no lo recuerdo muy claramente, puse la televisión y vi un videoclip que se desarrollaba en un laberinto –había una cruz por ahí, creo recordar– y una voz dulce y melodiosa que cantaba algo así:


Te recuerdo en el silencio

rumores de hace tiempo

que aún quiebran mi razón

y en tus ojos que no mienten

aún busco que me encuentren

y ahí esperaba yo.

Alma, medianoche en tu sonrisa

y las palabras que en la brisa

no debimos olvidar.

La tormenta,

Que siempre pasó de largo

se hizo fuerte y se ha tragado lo que había que salvar

hasta pronto ... si te vas

Los pelos como escarpias, oigan. Al día siguiente ahí estaba yo, pendiente del programa de los 40 principales que echaban en el extinto Canal Plus, con mi cinta vhs preparada y mi dedo en el botón de rec. Como por entonces se le estaba dando cierta promoción al grupo, no tardaron en ponerlo y conseguí grabarlo. Recuerdo haber visto este videoclipcomo unas 10 ó 15 veces. Posteriormente olvidé la canción, seguramente porque había otra que me gustaba más o porque andaba muy ocupado mirándome el ombligo. Estúpido que era uno.

No ha sido hasta hace poco que he vuelto a recordar a los chicos de «El Tiempo», al escuchar la canción en la radio. Rápidamente me he hecho con los dos discos que he podido encontrar («Zahorí», de 2002 y «Versus», de 2003) y ahora estoy disfrutando como un enano. Este grupo está formado por Nano Ortega (guitarras y voz), Javi Saigi (bajo), Ángel Crespo (Batería) y Raúl Quilez y José Luis Crespo (teclados). Se trata de, básicamente, pop-rock de calidad con letras profundas, gran interpretación en los instrumentos y una estupenda voz. Lo cierto es que no sé con qué quedarme… si con el ritmo de los estribillos (endiabladamente pegadizo algunas veces) o con las letras. Los chicos del «El Tiempo» le dan una vuelta de tuerca a las canciones de amor y nos presentan cosas como esta:

Dame una mirada

Que hoy no puedo concederme

Más mentiras para ahogar mi corazón

Tengo tantas sombras que alumbrar

Y no tus ojos

Tantos ecos por callar, no sé que son

(Cristales Rotos, Versus)

¿Quién no caería rendido ante unos versos así? Habrá quien diga que es una cursilada, pero lo cierto es que este grupo muestra una sensibilidad en las letras muy poco usual en el panorama español. Esto son rimas y no las de Nacho Cano (voy hacia la pista de baile / qué situación, qué situación / no tienes un cigarro / me puedes decir la hora / vienes a la discoteca sola en «Las curvas de esa chica» del disco «Entre el cielo y el suelo»).

Vamos, que los listillos que afirman que todas las canciones de amor están ya inventadas están muy equivocados. En los discos de este grupo sólo encontraremos canciones agradables de corte poco comercial en las que todo está cuidado hasta el último detalle, como la estupenda «Soy de donde tú estés» (Versus), cuyo estribillo tengo grabado a fuego en mi cabeza:

Soy de donde tú estés, entiéndelo

Soy de donde tú estés, es mi traición

Tú eres viento, yo vela, mar los dos

Soy de donde tú digas que yo soy.

Desafortunadamente, no se sabe mucho de ellos en la actualidad. Y es una auténtica pena, porque los dos álbumes que he podido escuchar son geniales (el primero de todos, al parecer, salió al mercado hace bastante tiempo gracias a la compañía Zuinda y es una rareza imposible de encontrar).

«El Tiempo» disfrutó de un éxito y una promoción moderada hace unos años y recuerdo que algunos de mis amigos y yo alucinábamos con su música. Estoy seguro de que podrían haber sido un éxito de masas al igual que la «La Oreja de Morfeo» y «El sueño de Van Gogh» o cómo se diga, pero a ver. Que en nuestro país triunfe gente como Bisbal y Bustamante dice mucho de lo mal que está la cosa. Desde aquí reivindico al mundo entero un mayor reconocimiento a este grupo de inmediato. Bueno,al mundo entero o a quién me quiera hacer caso, es lo mismo.

Incluso es difícil encontrar un vídeo clip de ellos en YouTube, aunque más abajo dejo una joyita, «Respiro para ti», single de su disco más reciente. La canción es un dueto con Lucía Muñoz, una de las «Ketchup» (¿las recuerdan? sí, las chicas esas que nos martirizaron con el temible «Aserejé» y nos dejaron con el culo al aire en Eurovisión) y no tiene desperdicio. Disfrútenla con salud.

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6 Enero 2008

El nuevo Rey Mago

Espero que los Reyes Magos os hayan traído muchos regalos. Por mi parte, nada nuevo: alguna que otra mejora para mi ya anticuado ordenador y ropa. Parece ser que tendré que esperar otro año más (y van 18) para que me traigan el barco pirata de Playmobil que pedí cuando era pequeño…

Ayer en «El Buscador» (Tele 5), ese programa que nunca sabré bien de qué va, estuvieron especulando un poco sobre la existencia de un cuarto Rey Mago, un tal Artabán. Aunque he de reconocer que el empacho y el cansancio no me permitieron prestar demasiada atención a la televisión, me pareció entender que se trataba de algo en serio, con pruebas y todo. Vamos, con expertos y toda la pesca.

La historia del cuarto Rey Mago se recoge ya en un relato escrito por el escritor de cuentos, poeta y ensayista estadounidense Henry Vandike (1852-1933) aunque parece tener ciertos visos de realidad. Según el Centro Europeo de Astronomía Espacial (ESAC) el pobre Artabán se despistó cuando iba por su cuenta a la ciudad de Belén y perdió el rastro de la famosa estrella, que, en realidad era una estrella nueva, o mejor dicho, una nova. No es que el rey no tuviera sentido de la orientación, si no que una semana antes del nacimiento de Jesús la luna se puso en conjunción con la nova e impidió que la luz se viera.

Cuentan que llevaba tres joyas para el Mesías (un zafiro, un rubí y una perla, aunque eso depende de cada versión) y que en el camino se entretuvo en ir ayudando a todos los pobres que se encontraba en su camino. Uno de ellos fue un comerciante al que unos vándalos atracaron y dejaron malherido, al que no dudó en regalarle el zafiro. Más tarde, trató de impedir que un soldado de Herodes degollara a un niño ofreciéndole un rubí a cambio de la vida del chaval. En esas andaban cuando le apresaron y le metieron durante más de treinta años en las mazmorras del palacio de Jerusalén, sin comerlo ni beberlo. Cuando salió, bastante jodido y más loco que cuerdo, se apiadó de una muchacha a la que estaban subastando y compró su libertad con su última pertenencia, la perla. Mientras tanto, se estaba llevando a cabo la crucifixión de Jesucristo y hubo un temblor de tierra que –ya es mala suerte– provocó que una piedra cayera sobre su cabeza y lo dejara en el sitio. En la fina línea que dicen que separa la vida de la muerte, Artabán vio cómo el Mesías se le acercaba y le agradecía todo lo que había hecho por él y por sus hermanos. Y entonces murió en paz y subió hacia la tierra de la prosperidad eterna.

Parece ser pues que este mago era bastante buena gente y por eso se ha ganado mi simpatía. Lo cierto es que hasta me está cayendo mejor que Melchor, Gaspar y Baltasar, que ya están un poco vistos. Así que a partir de ahora pienso escribir en el membrete de mi carta navideña: A Artabán y cia. A lo mejor le hace gracia y me trae el ansiado barco pirata de Playmobil.



La historia completa (e infinitamente mejor contada) aquí, aquí y aquí también. Y que no falte la traducción del cuento de Henry van Dike. Bendita Wikipedia.

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2 Enero 2008

A vueltas con la fea

Me gusta Bea. Ya sé que la historia es predecible y simple y que los decorados y la iluminación no distan mucho de las obras de teatro que se hacían en mi instituto (querer hacernos creer que una terraza con tres palmeras y cuatro mulatas es la República Dominicana tiene delito). También soy consciente de que Telecinco está exprimiendo hasta la extenuación su gallina de los huevos de oro y de que el argumento ya no tiene mucho sentido. Pero aún así, la sigo viendo.

«Yo soy Bea» es un culebrón en toda regla que ha sabido renovarse (o fotocopiarse a sí misma, según cómo se vea) con el paso del tiempo. Además tiene el encanto de la televisión cómoda y amable: puedes perderte un capítulo de vez en cuando, que ellos seguirán mareando la perdiz.

Que la protagonista siga siendo fea es lo de menos. Todos sabemos el final y seguimos viéndola porque disfrutamos con el recorrido. Esa Bárbara (Norma Ruiz), rubia, tonta y absolutamente genial. Ese padre siempre preocupado (Vicente Cuesta) que es capaz de regalarnos la mejor interpretación de la serie en un capítulo y ser el más histriónico del mundo en el siguiente. Esa loca trasnochada y plumífera (David Arnaiz) que, para algunos, sigue perpetuando el estereotipo absurdo (¿hay alguno coherente?) del modisto gay y que, en ocasiones, es el personaje más cuerdo de la serie. No voy a ser yo el que se rasgue las vestiduras ante tal imagen de los homosexuales en televisión, pero, joder, ya va siendo hora de normalizar un poquito ¿no? Pero bueno, estamos hablando de ficción (de la «mala», claro está. A esas horas la gente de orden está deleitándose con el león de la 2 que duerme plácidamente al solecito de la sabana africana mientras que la abnegada leona se va a cazar ñus para cenar) y podemos pasar por alto tales licencias. O intentarlo, aunque se me atragante un poco el topicazo al cuadrado gay modisto + sevillano gracioso con mala leche.

Un párrafo aparte se merece Alejandro Tous (Álvaro Aguilar), actor mojabragas que acostumbra a abrir los ojos y gritar en exceso para que sus actuaciones parezcan más convincentes. Lo cierto es que es difícil no hacer el ridículo con un papel tan desagradecido. Pero aunque no lo haga del todo mal, su compañero Gonzalo de Soto (José Manuel Seda) le da sopas con ondas siempre que comparten una escena. Las cosas como son.


Vale, sí. El tópico no sólo se limita al personaje de Richard de Castro. Lo cierto es que la serie en sí es tópica, típica y surrealista. Pero ahí reside su encanto: Bea (fea pero buena persona, excelente profesional, bla,bla,bla) tiene un problema provocado por el malo malísimo Diego de la Vega o por cualquier otro de los personajes malvados que pululan por la telenovela, la situación se pone tensa y se complica hasta límites inimaginables y al final todo se resuelve en un plis-plas casi de chiripa y así hasta el próximo conflicto, cuyo punto álgido suele coincidir con el capítulo del viernes y se suele resolver –parcialmente, claro está- en el del lunes. Tenemos un hilo conductor más o menos fuerte (el amor de Bea hacia Álvaro Aguilar) y multitud de secundarios con tramas independientes que también nos tienen en vilo (aunque el telespectador más avezado las suele ver de lejos, a veces los guionistas dan la campanada y dejan al personal patidifuso).


«Yo soy Bea» es un buen producto para el target al que está dirigido y para la hora en la que se emite: respetabilísimas amas de casa, señores que duermen la siesta en el sofá y niños que a esa hora están haciendo los deberes. Bueno, para ser más precisos, no es que sea como los «Lunis» (hay alguna que otra escena medianamente tórrida, pero nada que dos telediarios puedan remediar), pero al menos es mejor que «A tres bandas». Telecinco y Grundy han conseguido hacer una serie más o menos amena, entretenida y «blanca», que no es poco.


Y ahora los detractores de esta telenovela que estén leyendo esto dirán: «es previsible, burda, es una copia barata de la original», «están estirando el chicle y es un sinsentido», «es una mierda» y demás. De acuerdo. Pero, si aceptas todos sus defectos y tienes suerte, puedes reírte un poco con las tonterías de Richard y Bárbara. O puedes sufrir con las aventuras de la honrada protagonista en un mundo cruel que no es para ella. O, directamente, puedes ponerte a planchar o a doblar las sábanas mientras ves la tele con el rabillo del ojo y sonríes, para olvidar lo que has visto media hora después y acordarte al día siguiente. Entretenimiento de usar y tirar, un poquito de diversión tonta y autocomplaciente.


Dicen que acabará en junio, pero vaya usted a saber. Por mi parte, pueden seguir hasta donde quieran o hasta que el público aguante. Total, qué más da. Larga vida a Bea.

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1 Enero 2008

Cafés de compromiso

Dos viejos amigos quedan para tomar café. La vida, que es muy perra, les ha separado durante varios años. Se sientan al fondo en una pequeña mesita de una cafetería urbana. No ocultan su nerviosismo, pues hace mucho tiempo que no intercambian ni una llamada de teléfono, ni un e-mail, nada.

La conversación fluye de manera torpe y discontinua con incómodos silencios y miradas de reojo al reloj. Hablan de amigos comunes y de planes de futuro que no saben si cumplirán. Se enseñan fotos de sus nuevos amores y relatan viajes y vivencias de forma monótona y pausada, intentando evitar el aburrimiento a toda costa. Comienzan a repasar algunas aventuras de la infancia y, de repente, la situación deja de ser incómoda. Recuerdan aquellas frías tardes de Navidad llenas de olor a pólvora por los petardos y las eternas mañanas de colegio. Las gamberradas y los primeros cigarrillos que fumaron agazapados tras el muro de la iglesia del barrio, entre risas y tos. Cada uno se ve reflejado en los ojos del otro y, por un momento, dejan de ser los extraños en que se habían convertido.

Comienzan entonces las lamentaciones. Qué nos ha pasado, por qué dejamos de llamarnos. Salen a colación excusas débiles y balbucientes: que si «el trabajo me absorbe», que si «no podía porque andaba liado». Poco a poco, se van transformando en suaves reproches. Aparecen novias que les separaron y viejas heridas de juventud. No consiguen acertar cuál fue exactamente la razón por la que dejaron de verse (o mejor dicho, no se atreven a decirla claramente). Intentan disimular el enfado con una sonrisa y la conversación continúa por los mismos derroteros que al principio. La sensación de vacío es aún más fuerte y, si esto hubiera ocurrido en una tarde de vacaciones de la niñez, probablemente se habría arreglado a base de tortas.

Piden la cuenta y se despiden, no si antes intercambiar las nuevas direcciones de correo electrónico y los nuevos números de teléfono. Prometen llamarse para quedar otra vez, esta vez pronto y con más antiguas amistades. Se estrechan la mano con fuerza. Ambos saben que no volverán a verse hasta el próximo café de compromiso, quizás diez o quince años más tarde.

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31 Diciembre 2007

Feliz Año

Desde mi todavía inexplorado rincón de la blogosfera os deseo un Feliz Año Nuevo y unas felices fiestas y que no se os atraganten las uvas esta noche.

Espero que esta noche sea diferente a las demás, aunque yo al menos no las tengo todas conmigo. Todavía es pronto y ya me he encontrado con el típico vecinito graciosillo que me ha dicho «Hasta el año que viene» y después se ha quedado con cara de «¿Lo pillas?...Hasta el año que viene… ya sabes, mañana… muy gracioso ¿verdad?...». Dicen que hay miradas que matan. Qué lastima que no maten de verdad.

Luego, por la noche, cena con la familia. Sí, esas personas que has estado evitando todo el año y con las que ahora te toca sentarte a la fuerza y sonreír. Reírle los chistes a tu tío pesado que, de forma campechana y ocurrente, te pregunta cada año «Bueno, ¿y qué? ¿Follas o no follas?». Ante tu cara de pasmo y/o desprecio, él contestará, copita de vino en la mano «Pues anda que si yo tuviera tu edad, se iban a enterar. Ni una dejaba viva». O responder una por una y sin escatimar detalle a las preguntas de tu tía cotilla, que te puede preguntar de todo y domina el factor sorpresa de una forma nunca antes vista con el objetivo de dejarte en evidencia con tus explicaciones (ya sabes: a las tías cotillas sólo se les dice lo que quieren oír. Es decir, que se les miente). Comer y beber de todo, de forma desordenada y en cantidades industriales y tras las uvas, salir por ahí a hacer el cabra –como cada sábado, por otra parte- sólo que con el traje de las bodas y demás festejos familiares para pagar cubatas de garrafón a precio de oro.

El día 1, pues bueno. Con resaca, hecho polvo y comentando jocosamente con los amigos «¿Te acuerdas de cómo iba Carlitos? Juas, juas, juas… iba pedo perdido».

Lo dicho: ¡¡Feliz Año!! (y si bebes, no conduzcas)

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Sobre mí

Intento ser escritor y amante de las letras. Me encanta hacer mil cosas a la vez en pequeñas dosis, lo que ha hecho que me gane una merecedísima fama de lento y pesado. Siempre intento mostrarme tranquilo y paciente, aunque a veces me dan ganas de cortar alguna que otra cabeza. Me gusta mucho la televisión (incluso las series españolas) e ir de un lado para otro para comprobar que más que culturas diferentes, existen personas parecidas con distintas circunstancias. Ya dijo alguien que son más las cosas que nos unen que las que nos separan. En este blog intentaré que haya de todo, aunque mi objetivo es utilizarlo como herramienta de liberación. No obstante, lo que escriba lo decidiré más tarde, pues todavía estoy dudando...

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