Cafés de compromiso
Dos viejos amigos quedan para tomar café. La vida, que es muy perra, les ha separado durante varios años. Se sientan al fondo en una pequeña mesita de una cafetería urbana. No ocultan su nerviosismo, pues hace mucho tiempo que no intercambian ni una llamada de teléfono, ni un e-mail, nada. La conversación fluye de manera torpe y discontinua con incómodos silencios y miradas de reojo al reloj. Hablan de amigos comunes y de planes de futuro que no saben si cumplirán. Se enseñan fotos de sus nuevos amores y relatan viajes y vivencias de forma monótona y pausada, intentando evitar el aburrimiento a toda costa. Comienzan a repasar algunas aventuras de la infancia y, de repente, la situación deja de ser incómoda. Recuerdan aquellas frías tardes de Navidad llenas de olor a pólvora por los petardos y las eternas mañanas de colegio. Las gamberradas y los primeros cigarrillos que fumaron agazapados tras el muro de la iglesia del barrio, entre risas y tos. Cada uno se ve reflejado en los ojos del otro y, por un momento, dejan de ser los extraños en que se habían convertido. Comienzan entonces las lamentaciones. Qué nos ha pasado, por qué dejamos de llamarnos. Salen a colación excusas débiles y balbucientes: que si «el trabajo me absorbe», que si «no podía porque andaba liado». Poco a poco, se van transformando en suaves reproches. Aparecen novias que les separaron y viejas heridas de juventud. No consiguen acertar cuál fue exactamente la razón por la que dejaron de verse (o mejor dicho, no se atreven a decirla claramente). Intentan disimular el enfado con una sonrisa y la conversación continúa por los mismos derroteros que al principio. La sensación de vacío es aún más fuerte y, si esto hubiera ocurrido en una tarde de vacaciones de la niñez, probablemente se habría arreglado a base de tortas.
Piden la cuenta y se despiden, no si antes intercambiar las nuevas direcciones de correo electrónico y los nuevos números de teléfono. Prometen llamarse para quedar otra vez, esta vez pronto y con más antiguas amistades. Se estrechan la mano con fuerza. Ambos saben que no volverán a verse hasta el próximo café de compromiso, quizás diez o quince años más tarde.

Manuelv5 dijo
Ainssssss que bonito... es verdad... a quien no le ha pasado eso alguna vez?
4 Marzo 2008 | 04:40 PM