El nuevo Rey Mago

Espero que los Reyes Magos os hayan traído muchos regalos. Por mi parte, nada nuevo: alguna que otra mejora para mi ya anticuado ordenador y ropa. Parece ser que tendré que esperar otro año más (y van 18) para que me traigan el barco pirata de Playmobil que pedí cuando era pequeño… Parece ser pues que este mago era bastante buena gente y por eso se ha ganado mi simpatía. Lo cierto es que hasta me está cayendo mejor que Melchor, Gaspar y Baltasar, que ya están un poco vistos. Así que a partir de ahora pienso escribir en el membrete de mi carta navideña: A Artabán y cia. A lo mejor le hace gracia y me trae el ansiado barco pirata de Playmobil.
Ayer en «El Buscador» (Tele 5), ese programa que nunca sabré bien de qué va, estuvieron especulando un poco sobre la existencia de un cuarto Rey Mago, un tal Artabán. Aunque he de reconocer que el empacho y el cansancio no me permitieron prestar demasiada atención a la televisión, me pareció entender que se trataba de algo en serio, con pruebas y todo. Vamos, con expertos y toda la pesca.
La historia del cuarto Rey Mago se recoge ya en un relato escrito por el escritor de cuentos, poeta y ensayista estadounidense Henry Vandike (1852-1933) aunque parece tener ciertos visos de realidad. Según el Centro Europeo de Astronomía Espacial (ESAC) el pobre Artabán se despistó cuando iba por su cuenta a la ciudad de Belén y perdió el rastro de la famosa estrella, que, en realidad era una estrella nueva, o mejor dicho, una nova. No es que el rey no tuviera sentido de la orientación, si no que una semana antes del nacimiento de Jesús la luna se puso en conjunción con la nova e impidió que la luz se viera.
Cuentan que llevaba tres joyas para el Mesías (un zafiro, un rubí y una perla, aunque eso depende de cada versión) y que en el camino se entretuvo en ir ayudando a todos los pobres que se encontraba en su camino. Uno de ellos fue un comerciante al que unos vándalos atracaron y dejaron malherido, al que no dudó en regalarle el zafiro. Más tarde, trató de impedir que un soldado de Herodes degollara a un niño ofreciéndole un rubí a cambio de la vida del chaval. En esas andaban cuando le apresaron y le metieron durante más de treinta años en las mazmorras del palacio de Jerusalén, sin comerlo ni beberlo. Cuando salió, bastante jodido y más loco que cuerdo, se apiadó de una muchacha a la que estaban subastando y compró su libertad con su última pertenencia, la perla. Mientras tanto, se estaba llevando a cabo la crucifixión de Jesucristo y hubo un temblor de tierra que –ya es mala suerte– provocó que una piedra cayera sobre su cabeza y lo dejara en el sitio. En la fina línea que dicen que separa la vida de la muerte, Artabán vio cómo el Mesías se le acercaba y le agradecía todo lo que había hecho por él y por sus hermanos. Y entonces murió en paz y subió hacia la tierra de la prosperidad eterna.

La historia completa (e infinitamente mejor contada) aquí, aquí y aquí también. Y que no falte la traducción del cuento de Henry van Dike. Bendita Wikipedia.
