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EL KIOSCO DE DOLAN

Foto chula Ad maiorem tebeorum gloriam

Categoría: CARLOS GIMÉNEZ

23 Abril 2008

Un deseo para Carlos Giménez: recupérate.

Me quedé sin que me firmara '39-39. Malos tiempos 2". Había saludado a Carlos Giménez al término de la presentación de su último álbum en el Salón del Cómic de Barcelona. Me dijo que me lo firmaría luego, en el stand de Random House Mondadori, que ya iba para allá. Pero no pudo ser. Yo acudí al lugar indicado pero él no. Una angina de pecho, afortunadamente controlada a tiempo, tuvo la culpa.

Desde este Kiosco, Carlos, te deseo un pronto restablecimiento.Todavía te debemos muchas cosas porque tú ya nos has dado muchas más.

_____________________________________ El Kiosquero

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28 Febrero 2008

Entrevista a Carlos Giménez: "Siempre he tomado partido pero no voy a cambiar la realidad de la Guerra, ni voy a mentir. Busco objetividad, no neutralidad"

Hace muchos años, el que suscribe no podía imaginar que, una húmeda tarde de febrero de 2008, se encontraría leyendo tranquilamente un cómic (o tebeo) en el edificio estudiantil más emblemático de la capital del Turia: el de la Universidad de Valencia, ése que muchos conocemos simplemente como la Universidad de la calle de la Nave o la Universidad vieja. Esto, lo de la lectura comiquera, cuando yo estudiaba, hubiera sido considerado casi una irreverencia académica lindante con la herejía. ¡Un tebeo en un claustro universitario, qué horror! ¡A dónde vamos a parar! ¡Perdona a tu pueblo, Señor!, etcétera. Hoy, afortunadamente, leer tebeos es algo normal en cualquier parte aunque, por desgracia, todavía minoritario.

Y, a todo esto, ¿qué demonios hacía yo disfrutando con un cómic en el templo del saber? Pues sencillamente esperaba al autor de ’36-39. Malos tiempos’, el álbum que sostenían mis manos. A estas alturas resulta completamente superfluo presentar a Carlos Giménez, probablemente el dibujante español más importante de los últimos cincuenta años, sin menospreciar a la nómina de enormes profesionales que pueblan la historia del cómic hispano. El madrileño venía a nuestra ciudad para presentar su última obra, la que yo leía, dentro del Ciclo de Conferencias ‘València, Capital de la República 1936-39’, organizado por el Fòrum de Debats del Vicerrectorado de Cultura de la universidad valenciana.

Giménez llegó puntual, acompañado por ese incansable crítico-ensayista-escritor y, sobre todo, lector de cómics que se llama Álvaro Pons. Los tres nos sentamos alrededor de una mesa cafetera, mientras Nacho Marín disparaba su cámara digital a diestro y siniestro y la grabadora oficiaba como testigo mudo (su turno de palabra llegaría más tarde). Y ya que la memoria nos había reunido allí, comenzamos a conjurarla para recordar cosas del pasado más lejano.

- Carlos, ¿de dónde arranca tu pasión por dibujar tebeos?

- En mi época, al igual que las demás profesiones, lo de dibujar tebeos era algo muy vocacional y comenzó muy pronto. Cuando a los cinco años entré en el colegio y a pesar de que mi casa era muy humilde, yo ya confeccionaba mis tebeos. Hacía los dibujos propios de un chaval de esa edad, camiones y cosas así. Y no creas que en los colegios había estatuas o cuadros que estimulasen la imaginación artística, como tampoco había juguetes. Nada de eso. Sin embargo y curiosamente sí entraban tebeos, que entonces eran algo muy popular y barato y, en consecuencia, algunas madres y padres se los llevaban a sus hijos. Yo los leía y eso constituía el caldo de cultivo más adecuado para mi vocación.

- Pero para dibujar hacen falta unos materiales mínimos: papel, lápiz, goma ... en aquellos tiempos de escasez, ¿cómo los conseguías?

- La procedencia era la misma que los tebeos: los padres y madres que llevaban cosas a sus hijos, que terminaban siempre en manos de quien más las deseaba. Yo las cambiaba por cromos o por cualquier otro objeto. A mí nunca me faltó papel ni tebeos, que guardaba en el interior de una carpeta.

Quédense con el detalle de la carpeta, mis improbables lectores. Volverá a salir más adelante. Giménez exprimía al máximo su ingenio para conseguir tebeos. No llegó a robarlos, los mendigaba, los pedía o los cambiaba por comida. Y construía sus propios formatos para dibujarlos.

- ¿Cómo los hacías?

- Con cuartillas de papel. Las partía por la mitad, las doblaba después en dos y de ahí salía un cuadernito de cuatro hojas y ocho páginas – Giménez escenifica con sus dedos sobre la mesa, como si fuera entonces, el plegado de las hojas – . La primera era para la portada y en la última ponía siempre: "próximo número titulado equis. Compradlo, adquiridlo" – risas –.

Carlos conserva la misma sonrisa pilla que uno encuentra en las fotografías de su web o en las contraportadas de sus primeros álbumes. Sus ojos, ahora protegidos por el cristal de las gafas, se le iluminan vívidos y aunque sin duda conoció tiempos duros y difíciles, los recuerda con agrado.

- Es evidente que tu formación fue completamente autodidacta.

- Casi todos los dibujantes de entonces somos autodidactas. Muy pocos pasaron por academias. Te pones a dibujar y luego la misma profesión te va formando. Trabajar mucho es la mejor escuela. Empiezas copiando hasta que consigues soltarte y crear tus propios dibujos. Si además has tenido la suerte de trabajar como ayudante de alguien, como fue mi caso, aprendes otras cosas.

Pero los años del colegio pasan, se esfuman y vuelve la vida afuera, la posPosguerra de las calles de Madrid. Hay que trabajar para vivir, para ayudar en casa.

-¿Cómo conseguiste tu primer empleo como dibujante?

- Mi primer trabajo lo conseguí a través de un amigo del barrio, cuyo padre trabajaba en la Editorial Rollán, que además de novelas editaba los tebeos del ‘F.B.I.’ Este hombre llevó allí mis dibujos y les gustaron. Yo tendría entonces diecisiete o dieciocho años. Un día me entrevisté con Manuel Rollán, que era el dueño, y me presentó al dibujante López Blanco. López Blanco pensó que yo le podía servir de ayudante y me tomó a su cargo. Comencé dibujando pequeñas cosas: los arbolitos del fondo, las esquinas de las casas, los rellenos. Con este hombre yo aprendí mucho, no sólo del dibujo sino también de la vida, de las Humanidades. Él fue para mí un maestro en el sentido griego del término. Le recuerdo con mucho cariño. Era respetuoso y respetable y muy culto también.

-Tú, desde hace años, trabajas solo pero durante un tiempo colaboraste con guionistas, ¿qué prefieres: hacer todo el trabajo por ti mismo o en comandita?

-Prefiero trabajar solo y eso que he colaborado con guionistas de la talla de Ivá, Medina o Víctor Mora. Construir tus propios guiones tiene de complicado que haces las dos funciones, pero al firmar te responsabilizas de lo tuyo. Porque no siempre estás de acuerdo con lo que ha preparado el otro. Hasta que yo no hice mis propias historietas completas, no me sentí totalmente satisfecho con mi trabajo. Es mi estilo, mi sello. Cuento lo que quiero contar y como quiero contarlo.

Las etapas de Carlos Giménez como dibujante se consumen rápidamente: cómics de Guerra, de romance, ‘Buck Jones’, ‘Tom Berry’, ‘Kiko 2000’, ‘Jerry Ley y su caballo Coronel’, ‘Iris de Andrómeda’, ‘Drake & Drake’, ‘Ulysses’, ‘Gringo’, ‘Ray 25’, ‘Delta 99’, ‘Dani Futuro’ y llega un día crucial: comienza a dibujar en ‘El Papus’ que, al revés quiere decir ‘El Pupas’, una revista satírica y neurasténica.

- ¿Cómo llegaste a ‘El Papus’?

- Había enviado dibujos para ‘Muchas gracias’ y entonces me encargaron una historieta sobre el caso de la Lockheed. Querían algo gracioso sobre aquel escándalo de aviones, pero no se me ocurría nada. Después de pasar una semana sin resultados, llegó la fecha tope: al día siguiente tenía que entregar mi trabajo y la página seguía en blanco. Pasé toda la noche dibujando y así nació la primera historieta de ‘Paracuellos’. La llevé y se quedaron desconcertados porque en lugar de algo cómico encontraron unas páginas trágicas, llenas de niños tristes. Pero la revista entraba ya en máquinas y las incluyeron. Ni corto ni perezoso, a la semana siguiente repetí, pero a la tercera entrega me dijeron que no dibujase más para ellos. Como yo tenía un amigo que trabajaba en ‘El Papus’, acudí a la redacción con la idea de publicar ‘Paracuellos’. No les interesó, pero pasé a formar parte de la revista y comencé a trabajar sobre temas de actualidad.

Es posible que entonces no se valorase la situación con exactitud. La inmediatez del momento nunca permite analizar las cosas con claridad. Pero ahora, con la perspectiva de la memoria, con el tiempo pasado a cuestas, las historietas de Carlos Giménez publicadas en ‘El Papus’, esas citas semanales de dos páginas en blanco y negro, reunidas posteriormente en los álbumes ‘España, Una’, ‘España, Grande’ y ‘España, Libre’, le asignan un papel muy especial en los albores democráticos de nuestro país, un papel relevante por el modelo narrativo que utilizó para mostrarnos aquella época: el tebeo.

- Tus historietas de ‘El Papus’ te convirtieron en el cronista gráfico de la Transición.

- Bueno, yo colaboraba en una revista política, que comentaba las cosas que iban ocurriendo. Inevitablemente cuando transcurre un año y pico dibujando historietas durante una época concreta que, además, es la Transición, al echar la vista atrás es cuando te das cuenta de que te has convertido en el reportero de aquella etapa histórica.

- ¿No sufriste amenazas por tu trabajo en ‘El Papus’?

- Los Guerrilleros de Cristo Rey personalmente no me atacaron, pero no hay que olvidar que dinamitaron El Papus. Y a mí no me ocurrió nada porque no me pilló dentro.

Y en plena vorágine publica ‘Paracuellos’, el niño de la trompeta, los hogares del Auxilio Social, los instructores de dudosa pedagogía, peor reputación e indudable ideología, los zapatillas, la leche en polvo, los mendrugos de pan, el yugo y las flechas ... ‘Paracuellos’ un álbum distinto, retrospectivo e introspectivo.

- ¿Carlos, este álbum marcó un hito en tu carrera?

- Cuando empecé a dibujar ‘Paracuellos’ no lo quiso nadie: ni ‘Muchas Gracias’, ni ‘El Papus’, como ya te he dicho, ni el editor Toutain que, sin mirarlo siquiera me preguntó si no traía nada más. Por fin, Amaika editó el primer álbum pero sin demasiado interés y un ejemplar cayó en manos del editor de Fluid Glacial que estaba en España. Lo leyó y me localizó para decirme que quería publicarlo. Al editarse en Francia aquí alcanzó cierta repercusión y, enseguida, ya querían comprarlo todas las editoriales españolas.

Cuando allá por el pasado mes de abril reseñé para SIGLO XXI ‘Todo Paracuellos’, el recopilatorio de Random House Mondadori, donde se recogen los seis álbumes de la serie en un solo tomo (colección ‘DeBolsillo’), hubo algo que se me pegó a mi conciencia: los ojos tristes de los chavales de los hogares.

- Carlos, ¿existen realmente niños con esas miradas?

- No lo sé. Imagino que no hay niños así porque de existir serían monstruos de feria, ¿no? Pero lo que se llama el expresionismo, la forma de caricaturizar aquellas miradas me sirvió para subrayar y expresar algo que, de otro modo más realista, no hubiera podido llevar a cabo.

Después de ‘Paracuellos’ llegó ‘Barrio’, el punto y seguido de ‘Paracuellos’, la España de la posGuerra, tiempo de hambre y escasez, del aprendizaje de la calle, del estraperlo, de las chabolas, de los pistoleros, de las prostitutas, de la OJE, de Francisco Franco Pérez y de don Herminio, de Poli, La Pepi, Bernardo y tantos otros.

- ‘Barrio’, como ‘Paracuellos’, es autobiográfico, tú has sido un pionero en esto de utilizar el cómic como un medio para la autobiografía, algo que está muy de moda ahora.

- Yo he hecho la Memoria Histórica antes de que nadie pensase que se iba a llamar de ese modo. Utilicé la mía para recordar las cosas recientes de la historia de España. Así nacieron estos dos álbumes. Y allí ya no sólo aparecía Carlos Giménez y su calle, sino otras personas que también vivieron aquello. Y aparecen porque yo he mendigado historias, le he pedido a mucha gente que me contara su vida de entonces. Es mi forma de trabajo. Cuando tengo un tema busco información directa. Con ‘Los profesionales’ me ocurrió igual. Junté a cuatro amigos en una mesa, alrededor de una botella de whisky y unas almendras, y empecé a preguntarles, a tirarles de la lengua para que hablasen.

- Y lo consigues, porque tu información es de primera mano, testimonial, ‘in situ’.

- Me gusta mucho cuando alguien me pregunta si lo que cuento es verdad. Les respondo que no, que me lo he inventado. Pero ellos no me creen. Y eso es porque lo que yo digo rezuma autenticidad por todas partes. Siempre he huido de las historietas con las que yo me crié y que me gustaron mucho cuando era niño, como por ejemplo las de la Policía Montada del Canadá. Pero son tebeos que no leería de adulto porque cuentan situaciones inverosímiles, como por ejemplo, el cuchillo que el héroe lleva en el pecho mientras un oso le abraza o el palo que coloca el explorador en la boca de un cocodrilo cuando le va a devorar. Narro las cosas tal y como me han sucedido a mí o como me las han contado. Mis historietas tienen que ser ciertas. Ahí está la diferencia. También me gustaría hacer una historia divertida, del tipo del camionero que llega a casa y encuentra a la mujer con su primo en la cama. Pero eso no le interesa a nadie. Sin embargo, si eso te lo cuenta alguien que lo ha vivido, la cosa cambia. Si lo hago yo es inventado, pero si escribo lo que me dicen es verosímil porque yo me lo creo también y lo dibujo. Así resulta convincente.

Y ahora, en un salto atrás en el tiempo, pero que a la vez es hacia delante, te descuelgas nada menos que con una tetralogía, cuatro álbumes sobre la Guerra Civil Española.

- ¿Cuál ha sido la génesis de ‘36-39. Malos tiempos’?

- Tengo repartida mi vida y voy guardando las cosas que me han sucedido en carpetillas – ya les advertí que volverían a salir –. De este modo manejo pequeños dossieres que pueden convertirse en alguna serie. El tema de la Guerra Civil quería haberlo hecho al cumplirse los cuarenta años. Incluso empecé a dibujar una historieta, pero claro yo no viví la Guerra, no la conozco y carecía de material propio. Necesitaba que alguien me la contase, pero que me la contase bien, con suficiencia, para que sonase a verdad. Y hablando con un amigo hace poco, me di cuenta él sí la había vivido. Y empezó a contármela desde el punto de vista del niño que él era entonces. A partir de ahí, junto con otras historias colaterales que me llegaron y con libros que consulté, vi que ya disponía de suficiente material para trabajar.

- Pero ¿por qué precisamente cerrar el círculo abierto con ‘Paracuellos’ y ‘Barrio’ con la Guerra Civil y no con algún acontecimiento histórico posterior?

- Mi interés por ir hacia atrás es muy sencillo: si yo he retratado la posguerrra con esas dos obras, que son resultado o producto del Franquismo, por qué no hablar del origen de todo ello que era la Guerra. Porque no podemos olvidar que venimos de ahí y que el Franquismo se inventó durante la contienda. Por eso decidí añadir una pieza más al puzzle, conectándolo con algún personaje que aparece en ‘Barrio’, haciéndome un autoguiño.

- Has preferido contar la historia de los de a pie, de los de la calle, de la gente gris, sin un protagonista fijo, con pinceladas sueltas.

- Lo bueno que tiene el relato corto, en contra del relato río, es que cuentas una cosa y ya está, o sea, picas y te vas. La novela río te obliga a incluir muchos espacios de situación: el verano, el invierno, etcétera. Narro las anécdotas por separado tal y como me las contaron, porque a mí la información me llegó también cronológicamente desordenada. No buscaba la Guerra de fechas, de batallas, de personajes, de políticos, me interesaba explicar cómo duele la bomba cuando te cae en la cabeza, cómo te sientes cuando tu hijo se está muriendo de hambre, cómo pican los sabañones, todas esas cosas sencillas pero reales y ciertas.

- Cada español tiene su Guerra Civil particular, ‘36-30. Malos tiempos’ es tu visión de la Guerra o es algo más?

- Nunca he sido neutral. Siempre he tomado partido pero no voy a cambiar la realidad de la Guerra, ni voy a mentir. Busco objetividad, no neutralidad. Soy quien soy y cuento lo que sé. Me interesa la Guerra desde el punto de vista de la puta Guerra, de la mierda de la Guerra, de lo injusta que fue. Y fue injusta porque los que tenían las pistolas para defender a la población la usaron contra los que no tenían armas. ¡Qué fácil fue ese golpe de estado! Y además utilizaron pistolas pagadas por el pueblo. Dieron el golpe porque no les interesaba que las cosas cambiasen. Si te fijas en los carteles de la República, muchos fueron hechos para invitar a que la gente aprendiese a leer. Ellos no querían que la gente supiera leer porque una persona que lee piensa, analiza y toma decisiones. Pretendían que todo continuase igual. Un obrero que no sabe leer es mucho más fácil de manejar. Por eso quemaban bibliotecas y mataban maestros.

- Pero la Guerra, no sólo la española, es una situación propicia para la barbarie, también hablas de eso en tu obra.

- Indudablemente, en la Guerra se levanta la veda y cuando eso ocurre, aflora el criminal que todos llevamos dentro. Individualmente somos buenos, pero en manada, terribles. Y eso ocurrió, con matices, en ambos lados de las trincheras.

- Hablemos de anécdotas, ¿has escuchado alguna que te haya llamado la atención particularmente?

- Una cuñada mía me dijo que había visto a un tipo correr sin cabeza durante un bombardeo de los nacionales. Sobre esto mismo, otra persona me contó que, mientras las bombas volaban muy rasantes sobre la glorieta de Atocha y la gente corría, al entrar en el metro un obús le arrancó la cabeza a un hombre. Después explotó en el subterráneo, mientras el cuerpo decapitado terminaba de bajar los escalones.

El segundo álbum de la tetralogía mantendrá el título del primero incorporando el siguiente ordinal romano (II) y se publicará pronto. Probablemente en el próximo mes de marzo.

- Y ¿qué vendrá después, Carlos?

- Pues, mira, ahora tengo un problema. Una vez finalizado todo lo de la Guerra, cualquier tema que me planteo me suena baladí. Así que, de momento, no sé qué vendrá después.

Todavía intercambiamos algunas frases más of the record sobre cómics y otras cosas. Me dedicó los álbumes que le había llevado, "dame, dame, que llevo un lápiz muy bueno para estas cosas", y, acompañado por el Carcelero de Papel, se dirigió al aula donde un montón de incondicionales suyos, de la cultura y de la Guerra Civil, le aguardaban impacientes por escucharle. Cuando salió de la cafetería y mientras plegaba bártulos, dos palabras acudieron a mi mente: profesionalidad y sinceridad. Gracias, Carlos, y hasta la otra.

__________________________________________________________________Hermezo

(Publicado en SIGLO XXI, el 28/02/08)

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6 Febrero 2008

Carlos Giménez, dibujante de la Transición por antonomasia

Recuerdo que el primer cómic que leí sobre la Guerra Civil Española fue ‘Eloy’, de Antonio Hernández Palacios, editado por Ikusager Ediciones S.A. allá por 1979. Le siguió ‘Río Manzanares’ del mismo autor y editorial. ¡Qué tiempos! El cómic nos abría los ojos, nos enseñaba lo prohibido, nos acercaba a nuestra historia reciente, porque todos, aunque no lo supiéramos, éramos hijos de aquella historia. Y lo que sin duda era aún peor: sus herederos.

Me crié en medio de los dos bandos. Por un lado, mi padre, al que los republicanos – o rojos – fueron a buscar a su casa para darle un recado o tal vez el paseo. Grave pecado el suyo: era músico y había tocado el violín en misas mayores. Por otro, mi tío, afiliado devoto al Partido Comunista, dispuesto a todo por la República. A cambio de su salvación, a mi padre la guerra lo llevó al frente. Y en La Roda, provincia de Albacete, vio como un bombardeo destrozaba las tapias de la iglesia, habilitada como cuartel provisional o algo parecido, donde dormía. Cuando acabó la contienda, Franco, en recompensa por lo del violín, las misas mayores y los bombardeos, le obligó a cumplir otros tres años de mili. Una buena propina con la que, sorprendentemente, él siempre se mostró conforme. A fin de cuentas, decía, el gallego había ganado la guerra. Sin embargo, a mi tío, el comunista, a causa de un problema físico, lo rechazaron cuando se presentó voluntario para alistarse como aviador. Él quería luchar en el aire contra los saboias italianos. Dos personas cercanas a mí que me quisieron mucho – y yo a ellos –. Dos visiones distintas de la misma guerra. Dos Españas opuestas en una misma ciudad: Valencia.

Portada

Y ahora, muchos años después de aquello, de mis lecturas, de mi padre y de mi tío, recupero la misma dualidad en el ‘36-39. Malos tiempos’ de Carlos Giménez, el primero de los cuatro libros que dedica a la Guerra Civil. Una dualidad representada por dos ciudades españolas: Zamora, en poder rebelde, y Madrid, la capital de la legalidad republicana. Sin embargo, Giménez pretende ir más allá. Lo suyo es una protesta, una repulsa contra los horrores que esconde el concepto GUERRA, con mayúsculas. Por eso, la portada del álbum presenta a un miliciano y a un rebelde, que llevan aprisionado a un pobre desgraciado al que van a fusilar.

Malos Tiempos 02

Carlos Giménez, Madrid, 1941, es un autor de cómics fundamental para entender el tebeo español de los últimos cuarenta años. Es el dibujante de la Transición española por antonomasia. No voy a enumerar aquí todos sus trabajos, necesitaría mucho más espacio para hablar de ellos y me refiero únicamente a los que yo considero imprescindibles para entender lo que digo. A finales de los 70, el madrileño publicó tres recopilaciones extraordinarias de sus historietas en ‘El Papus’, la revista satírica y neurasténica: ‘España, una’, ‘España, grande’ y ‘España, libre’. En esos tres álbumes, cuyas portadas forman un tríptico espeluznante por su veracidad, Carlos Giménez nos quitó las legañas a muchos españoles, nos puso las pilas. Mediante sus viñetas, sus personajes de gestos exagerados, pero muy adecuados a mi juicio, nos enseñó aquello que muchos intuíamos, que algunos conocían y que todos, unos y otros, no nos atrevíamos a decir en voz alta. Con ayuda de los guiones de Ivá, nos explicó qué era el capitalismo, qué era votar, qué era la democracia, qué era un obrero, qué era un patrono, qué era la represión, qué era la tortura, qué era la prostitución, qué eran los derechos humanos, qué era la corrupción, qué era ... qué era TODO. Todavía guardo en mi memoria una historieta titulada ‘La hora de la verdad’ en la que un torero, tocado con la boina de un obrero en lugar de la reglamentaria montera, entraba a matar a un toro, marcado con el hierro de la esvástica. Por supuesto que el obrero no era sino un tipo desgalichado, un pobre desgraciado, un juguete entre los cuernos de aquel morlaco inmenso, brutal, fascista, que lo destroza, primero, y vilipendia, después, con sus excrementos. Una vez muerto, una nueva mano, un nuevo obrero tan desgraciado como el anterior, recoge el testigo y, estoque en ristre, se dirige a matar al toro. La historieta termina con una frase lapidaria: "Y aunque éste caiga ... saldrán otros". Durante mucho tiempo no pude borrar de mi mente aquellas dos páginas. Mucho, mucho tiempo. Tampoco tenía desperdicio otra de sus historietas: ‘Diccionario básico elemental’ donde, a través de un juego de contrastes, el madrileño nos introducía al vocabulario sociopolítico, explicado con dibujos en lugar de con palabras. Aquellas historietas, aquellos guiones, aquellos personajes tenían su función en aquel entonces. Era su momento, su lugar y su hora.

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Pero Carlos Giménez aún nos sorprendió con nuevas maravillas. En ‘Barrio’ nos enseñó cómo era la juventud de un mozalbete madrileño recién salido de un hogar del Auxilio Social. Allí conocimos cómo fue la desgarradora España de los años cincuenta: el estraperlo, el hambre, la prostitución, las chabolas, el primer sexo... En palabras de Manuel G. Quintana que escribió la contraportada del álbum, "BARRIO no es sólo la historia de un niño en el Madrid de los años cincuenta. Es mucho más que eso. Es la posguerra, la visión torturada de una España deshecha, la recuperación de unos años que muy poco tuvieron de maravillosos y bastante de inolvidables". Y tanto, añade el que suscribe, máxime cuando el propio dibujante los sufrió en sus carnes.

Antes de ‘Barrio’, Giménez había publicado su primer ‘Paracuellos’, con el que enlazaba el álbum anteriormente mencionado. La vida de uno de tantos hogares del Auxilio Social donde muchos niños españoles, el propio Carlos Giménez entre ellos, crecieron al albur de una pedagogía basada en la espartana disciplina de la hostia y cállate no venga otra, aplicada bajo el criterio de unos personajes de escasa cualidad profesional, frustrados, que desahogaban sus malos humores con aquellos niños desamparados. Sobre ‘Paracuellos’, que alcanzó un total de seis álbumes, felizmente reunidos en un solo volumen bajo el título ‘Todo Paracuellos’ en la edición DeBolsillo de Random House Mondadori, ya les hablé en abril del año pasado. Y todavía conservo el sabor, la amargura, la esperanza desesperanzada de aquellos niños y de sus ojos. Sobre todo de sus ojos. Inolvidablemente tristes esos ojos.

Y ahora, a finales de 2007, en una vuelta hacia atrás, aparece este ‘36-39. Malos tiempos’. Y es el Giménez de siempre, el de toda la vida, con sus dibujos en blanco y negro, perfectos de ejecución y armonía, vehementes, desgarradores, violentos, duros. Y, sin embargo, ya no me sabe igual. Mi paladar, tras su lectura, alberga sabores encontrados. Y es que la Guerra Civil, ¡uff!, se ha convertido en un tema espinoso. Siempre lo fue, claro, pero ahora quizá más. Es difícil hablar sobre ella desapasionadamente. Durante mi Bachillerato, allá por 1971, el profesor de Historia se negó a dar este tema. Para él la Historia terminaba con la II Guerra Mundial, soslayando la Guerra Civil. Opinaba que todavía no había suficiente distancia para hablar de ella con una perspectiva válida. Más tarde, en la facultad, el titular –prefiero omitir su nombre – de Historia Contemporánea, que en paz descanse, fusiló impunemente la asignatura. La política, entonces era senador, le absorbía mucho tiempo y apenas si podía preparar sus clases. Vivía de sus apuntes, de sus recuerdos, ... de la Historia. Así que nadie nos explicó nada y seguimos viviendo con nuestra Guerra Civil particular, sustentada en lo que cada uno había escuchado en su familia o en la calle o en cualquier parte o en todas partes. Además mucha documentación sobre el tema todavía seguía "sub iudice", por así llamarlo.

Giménez en ‘36-39. Malos tiempos’ recurre a los arquetipos, tanto de patronos como de obreros, sin olvidarse del clero. No dudo de que no existieran los modelos humanos que aparecen en el álbum, pero tampoco dudo de que no todos eran iguales. Patronos hubo que no fueron completamente perversos, también curas en las trincheras republicanas y obreros – socialistas, comunistas, anarquistas o simplemente obreros – que tampoco fueron completamente bondadosos. Y viceversa. El gris también existió. Seguro. Es cierto que aquella sociedad española estaba extrapolada. Había gente con mucho dinero y muchísima más gente que malvivía gracias a jornales de miseria, ganados de sol a sol mediante extenuantes horarios de trabajo. Pero en todo había grados, como ya he dicho.

Sin embargo, lo que me gusta de este ‘36-39. Malos tiempos’ es que Giménez no ha recurrido ni a las grandes hazañas, ni a los grandes oradores, ni a los revolucionarios, ni a los espadones. No. Y ése es su gran mérito y seguramente su objetivo. Giménez nos ha retratado la vida de las retaguardias, las vidas cotidianas, la vida en las ciudades de uno y otro bandos. Y lo ha hecho mediante gente sencilla, de la calle, la que sufrió la guerra. ‘Chapeau’, don Carlos. No hay nada que añadir, sólo felicitar.

Aún hay más cosas que me gustan de este álbum. En 1936 había una legalidad vigente, legítimamente instaurada a través de las urnas desde abril de 1931: la República. Y, contra esa legalidad vigente, alguien se alzó en armas. Y prendió la mecha de la barbarie. Ésa es la barbarie que describe Giménez en su álbum, ésa es la barbarie que padecieron los españoles que citaba en el párrafo anterior. Prendida la mecha en un sitio, luego prendió en el otro. Y lo más grave, a mi juicio, es que, terminada la guerra, los insurgentes victoriosos tuvieron casi cuarenta años para ejercer represalias. Y eso es mucho tiempo invertido en mutilar familias, en forjar desaparecidos, en fusilamientos indiscriminados que generaron lógicos y justos agravios comparativos. Y desconsuelo, lágrimas y tristeza. Ojalá algún día estos agravios se reparen definitivamente. Aunque se me antoja difícil. Con los sentimientos no se juega y con los muertos tampoco. ¿Qué hubiese ocurrido de acabar la Guerra Civil con otro resultado? A lo peor hubiéramos vivido lo mismo pero con el signo cambiado. No lo sé y en la Facultad de Historia, los profesores que sí se dedicaban a dar clase me enseñaron a no especular, a basarme en datos contrastados. Por eso rechazo esa argumentación aunque la constato.

Voy finalizando. Por las páginas de ‘36-39. Malos tiempos’ desfilan patronos chulescos, anarquistas provocadores, hombres de bien, requisas, falangistas crueles, sin escrúpulos, venganzas, huelgas, pistolas de tiro fácil, hombres escondidos, curas impasibles ... Giménez nos ha ofrecido la versión en tebeo de algo que ya sabíamos por otros medios: el cine, la novela, los testimonios de nuestros ancestros y la historia real y verdadera. Alguna de las historietas, `Diente por diente’, no me parece verosímil. Creo que su desenlace más coherente hubiese sido el contrario.

Me gustaría que nuestros descendientes supieran que existió una Guerra Civil, que hubo causantes, detonantes y víctimas, muchas víctimas. Que alguien hizo cosas que no debió. Y que lo asuman y vivan sabiéndolo, pero que ello no perturbe sus vidas. Que no les divida. Me queda la esperanza de que el álbum de Carlos Giménez puede ayudar a ello. Vuelvo a la portada: dos soldados, uno nacional y el otro miliciano, empujan a un pobre desgraciado para darle el pasaporte. El paseo, le llamaban. ¡Anda ya, el paseo! Cobarde eufemismo, triste eufemismo, horroroso eufemismo.

Eufemismo de mierda.

______________________________________________Hermezo.

‘36-39. Malos tiempos’

Carlos Giménez

Ediciones Glénat, S.L. 2007

(Publicado en SIGLO XXI, periódico digital, el 06/02/08).

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27 Diciembre 2007

'Todo Paracuellos' de Carlos Giménez: esos ojos, esas miradas.

No sé quién tuvo la idea. Incido: ignoro de qué cabeza pensante pudo partir la idea, pero sólo puedo hacer una cosa: felicitarle por su oportunismo y brillantez. Incluir íntegra, en un solo volumen de la colección DeBOLSILLO de Random House Mondadori, la genial serie ‘Paracuellos’, rebautizada ‘Todo Paracuellos’, del dibujante de cómics, Carlos Giménez, ha sido una decisión francamente afortunada.

Comencé a leer las historietas de Carlos Giménez (Madrid, 1941) durante la segunda mitad de los setenta. Dibujaba entonces un par de páginas semanales en ‘El Papus’, revista satírica y neurasténica, de gratísima memoria y mordaz ingenio. Aquel semanario humorístico nos ayudó a "transicionar", es decir, a cruzar con trancos inseguros aquella franja imaginaria, pero real, que separaba la censura de la libertad, la noche del día, la Dictadura de la Democracia. Y allí los dibujantes Ivá, Óscar Nebreda, Ventura y Nieto, Já, García Lorente, Gin, Vives, L'Avi, Fer, Manel, Giménez y algunos más, hacían uso de sus magines, lápices y aerógrafos para que soportásemos mejor nuestras incertidumbres y nuestros anhelos en aquellos años tan inestables. ‘El Papus’, que allá por 1977 sufrió en sus propias carnes la mordedura de la reacción en forma de bomba, dejó de publicarse en 1987, tras quince años de existencia.

Las viñetas de Carlos Giménez, desde siempre, han rezumado un marcado poso social. Era (y es) el suyo un trazo comprometido, diestro en el blanco y el negro, poco amable pero veraz, reflejo de la situación social y política de la España del final del Franquismo y de la Transición. Sus historietas, algunas de ellas concebidas en colaboración con distintos guionistas, fueron recopiladas en tres álbumes, fundamentales para comprender la trayectoria del dibujante madrileño: ‘España, Una...’, ‘España, Grande...’ y ‘España, Libre'.

Al mismo tiempo, aquellos monumentos gráficos nos permitían saber lo que se cocía en nuestras calles, nuestras ciudades, nuestro entorno, la diferencia – abismal en muchos casos - entre lo que ocurría y lo que se contaba, entre la realidad y los telediarios, algo impensable ahora, treinta años después.

Hacia 1977, Giménez publicó el primer volumen de ‘Paracuellos’ en formato álbum, al que siguió ‘Barrio’, una suerte de continuación. Sin embargo, tal y como el propio dibujante señala en su página web, se prometió a sí mismo que más adelante retomaría una historia de la que tantas cosas se le habían quedado en el tintero del recuerdo. Y así surgieron otros cinco álbumes más que, sumados al primero, conforman este ‘Todo Paracuellos’.

En ‘Por si a alguien le interesa’, presentación del libro, el propio dibujante escribe acerca de la metodología seguida en su elaboración y de la elevada cantidad de horas de charla que consumió con antiguos compañeros de los hogares, bajo la atenta escucha de un magnetófono, testigo firme e imparcial. Porque el propio Giménez fue un interno más de varios de estos centros (el personaje Pablito es él mismo). De esta forma, su ‘Paracuellos’ inicial pasó a convertirse en un libro de voces y memorias colectivas, siempre pasadas por el tamiz de su dibujo privilegiado y de su mirada mordiente. Juan Marsé, que también nos introduce con un texto suyo en ‘Todo Paracuellos’, habla de que en todas y cada una de las historietas hay "chispazos de humor". Tengo que decirles que yo no los he encontrado por ninguna a parte. Lo que sí que abunda son los chispazos y destellos de terror que, no lo olviden, es el miedo descontrolado, y que, mezclado en un explosivo cóctel con la maldad de los instructores, provoca todas y cada una de las patéticas vejaciones a las que son sometidos los chavales. Pero eso no produce risa, sino desprecio hacia unos y conmiseración hacia otros. Un buen ejemplo de todo ello – hay muchos más - es el capítulo titulado ‘Soldaditos’, paradigma del abuso, del egoísmo y del infortunio.

Y saben lo que más llama la atención de este ‘Todo Paracuellos’: la mirada, esa mirada de los niños, esos ojos enormes, claros, irrefutables, temerosos que, en silencio, lo dicen todo: hambre, miseria, tristeza, dolor, orfandad. Pero aún hay otras cosas más que revelan esos ojos, esas miradas: la indefensión a la que se ven sometidos los muchachos del Auxilio Social. Y no sólo me refiero al adoctrinamiento en los principios del Movimiento del que son objeto, fruto del momento, de la Dictadura, de la "educación" de la posguerra. Me refiero al trato vejatorio que reciben esas criaturas, sometidas a un sistema prácticamente carcelario, donde los niños son víctimas de las frustraciones de sus educadores. No, me niego. Llamarles educadores a sus carceleros y carceleras sería una infamia, un insulto para la pedagogía.

Los discursos de Antonio, el instructor, que curiosamente guarda un tremendo parecido con un antiguo ministro de Trabajo de los gobiernos franquistas, son auténticas perlas. Sus bocadillos nos recuerdan aquellas citas tan inefables e inconmensurables de "España es una unidad de destino en LO universal" - ¿qué narices sería ese LO que allí adquiría valor de sustantivo? -, o aquella otra de "voluntad de imperio como plenitud histórica", ejemplo de retórica huera y abstracta, y, sin embargo, auténticos pilares doctrinales en los que se sustentaría el "proyecto educativo" de los Hogares, sazonadas con otra regla esgrimida todavía con mayor frecuencia que los dos principios anteriores: "la letra con sangre entra", entendiendo por letra cualquier cosa. Así la utilización de la zapatilla, la palmeta, la regla, el cinturón o el propio puño del instructor era algo consuetudinario y las palizas eran moneda de cambio común para todos aquellos muchachos, cuyas únicas "alegrías" consistían en esperar la visita de sus padres, el paquete de comida o soñar con un futuro mejor. Unos muchachos que, a fuerza ahorcan, a su manera, a su nivel, reproducían esa escala de valores y crueldades en su convivencia interna. Allí se vendía hasta la propia "vida" – ‘me debes la vida, me lo juraste’, llegará a decir uno de los internos a otro de ellos – por un mendrugo de pan o la merienda de una semana. ‘Todo Paracuellos’ es un retrato de época, un retrato cruel, duro, inapelable a todas luces. Y cierto.

Ahora que he vuelto a releer estas historietas que, al juntarse, han adquirido - de modo involuntario supongo - la forma y textura de una auténtica novela gráfica, no he podido evitar establecer una cierta comparación con el internado que nos muestra Cristophe Barratier en su película ‘Los chicos del coro’. Y con cierto asombro he constatado que, a pesar de las enormes diferencias políticas que en aquel entonces separaban a los dos países que lindan con la cordillera pirenaica, los métodos educativos no eran tan distintos: en España, el puñetazo o el palmetazo; en Francia, el método acción-reacción del que tan partidario de muestra el director del colegio galo y que tan funestas consecuencias acarreará al final de la película para el centro.

Lo único malo de ‘Todo Paracuellos’ es que, cuando uno cierra la última de sus seiscientas siete páginas, cuando le da la vuelta y contempla la contratapa, sabe que los niños se quedan allí para siempre, con su edad indefinida, encerrados, prisioneros de los Hogares, con sus miserias, su hambre y su desdicha. Y con esos ojos ... y esas miradas.

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‘Todo Paracuellos’, de Carlos Giménez. Ed. Random House Mondadori, S.A. Abril, 2007. Precio: 17,90 euros.

(Publicado en el Diario del Siglo XXI, 15/04/07).

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Sobre mí

A mis cincuenta tacos me declaro un aficionado impenitente a la literatura y al CÓMIC, sí al CÓMIC con mayùscula (sin pegas si os gusta más tebeo o historieta). He creado El KIOSCO DE DOLAN para la difusión de este mundo tan especial y tan bello que, afortunadamente, cada vez goza de mayor aceptación. En él iré insertando comentarios y reseñas sobre cómics que vaya publicando en los distintos medios de comunicación con los que colaboro, sin olvidar los que escriba específicamente para la página. El nombre proviene del comisario Eustache P. Dolan, el de Central City, el jefe de Spirit y padre de Ellen, su novia eterna. Con esto sólo pretendo rendir un pequeño homenaje a esos personajes secundarios, no siempre bien reconocidos por el gran público, pero sin los cuales muchas historietas se vendrían abajo. Ah, lo olvidaba: soy Hermezo, que es el seudónimo con el que comencé a escribir en los medios de comunicación allá por 2003. Los copyrights de los textos son míos. Y se pueden usar, si os interesan, claro, citando la fuente de procedencia. Los copyrights de las imágenes son de sus autores y las utilizo exclusivamente con fines divulgativos. Espero que en lugar de molestarse por ello, comprendan mi buena intención. A 27 de diciembre de 2007. _________________________________________________________________________________

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