Categoría: TBO
22 Enero 2008
No podía faltar en ‘El kiosco de Dolan’ Marino Benejam Ferrer (Ciutadella, 1890), que tan buenos ratos me hizo pasar en mi infancia. Leer el TBO, que puntualmente me compraba mi padre cada domingo junto con Pulgarcito, era un auténtico placer. Y el ritual de su propia lectura algo mágico. Yo ansiaba las historias de ‘La familia Ulises’ del dibujante menorquín que, salvo en algunos
almanaques navideños, siempre iba en la última página, cerrando el número. Recuerdo que, nada más recibir el TBO, automáticamente le daba la vuelta para ver si estaban allí doña Sinforosa, Filomena, Treski, Lolín, Policarpito y Merceditas, precedidos del título del episodio, escrito sobre un alargado y amarillo lienzo. Pero no leía la historieta, la reservaba para el final. En eso estábamos de acuerdo el editor del TBO y yo: ‘La familia Ulises’ era el mejor colofón de cada domingo. Antes venía todo lo demás: las historietas de Coll, los inventos del profesor Franz, los chistes de Urda, los pasatiempos, las ‘Historias de Hollywood’ y los aperitivos del propio Benejam: Melitón Pérez y Eustaquio Morcillón y su fiel (es el adjetivo con el que casi todos lo han definido siempre) Babali.

Melitón Pérez era el personaje al que le sucedían las cosas más triviales, que él transformaba en auténticos acontecimientos. La imagen que conserva mi memoria lo dibuja en un día de viento, sujetándose el sombrero para que no se le vuele, claro, o también en otro día de viento, envuelto en una nube de hojas, corriendo detrás de su sombrero, cuyo destino final nunca terminó de estar claro.
Eustaquio Morcillón, y su fiel Babali, claro también, era el explorador de lo imposible, capaz de cobrar las piezas más arriesgadas y de descubrir el olvido de su carabina, mientras una manada de leones, babeantes y famélicos, comenzaba a relamerse

porque había llegado la hora de comer. Afortunadamente, Morcillón y Babali, el fiel (y huidizo) Babali, siempre resultaban indemnes de aquellos trances. Sin duda los milagros no terminaron con Jesús de Nazaret. Benejam se había reservado unos cuantos para el obeso explorador.
La familia Ulises era la gran estrella del TBO. Como ya dije antes cerraba la revista y Benejam se las ingeniaba para organizar las historietas de acuerdo con la época del año que transcurría: Navidad, invierno, Pascua, verano (inolvidables las peripecias, con coche nuevo, con coche viejo, en San Agapito del Rabanal) y otoño. Benejam las dibujó desde 1945 hasta 1975, cuando fue sustituido por José María Blanco, mientras que los guionistas fueron tres: Joaquín Buigas, Antonio Viña y Carlos Bech. Y, discúlpenme, Blanco lo hizo muy bien, pero no era Benejam, ni mucho menos. Ulises Higueruelo (posiblemente hoy se hubiera llamado Ulises Figueroles) era una extraña mezcla de ejecutivo de entonces y jefe 
de negociado. Nunca tuve claro su empleo, salvo que estaba bien considerado en su empresa y que él sentía un profundo respeto por su jefe, a cuyo hijo incluso dejaba regalos en Reyes para "quedar bien". En torno a la familia, pululaban un par de personajes, causa y origen de numerosos conflictos: Fernandino, el eterno sableador o sablista (ambos términos los admite el DRAE), y don Paco, solterón también eterno, aspirante a novio de la hija mayor de don Ulises y doña Sinforosa, la rubia Lolín – tampoco estuvo nunca claro si teñida o no – , cuyas ansias desposorias fueron origen de importantes chascos en la serie. Mención aparte merece doña Filomena, con sus dislexias y sus "infalibres" remedios "de la abuela". Este era el universo de Marino Benejam, el reflejo de la época de los años cincuenta y sesenta, un esfuerzo por pintarnos una realidad entretenida y cuajada de alegrías, chascos y decepciones, como la vida misma, obviando referencias políticas.

Como se ha visto, al contrario que Coll o Urda, Benejam era dibujante de series fijas, pero también, de vez en cuando, se sacaba de la manga reportajes efectuados por imaginarios periodistas, auténticos "ecos de sociedad", en página completa, sobre clases de automóviles, propietarios de pisos, buscadores de setas o momentos cinegéticos de enorme viveza, que siempre conseguían aflorar la sonrisa en nuestros labios. No se olvidó tampoco de las diferencias entre ricos y pobres y dejó constancia de la pretendida exquisitez de los millonarios y de la vida abiertamente paleta de las gentes del campo, a las que retrataba en sus desplazamientos a la ciudad, portadores de cestas repletas de embutidos, gallinas o patos. También dibujó al profesor Franz de Copenhague y sus "Inventos del TBO", pero este es un mundo aparte, insólito, del que hablaremos en otro momento. Fue tan grande su actividad que, en algunas épocas del TBO, Marino Benejam llegó a dibujar el ochenta por ciento de la revista por sí mismo, lo que le obligó a utilizar seudónimos tales como Rino o Ferrer.
En 1991, dentro de la serie ‘Los archivos del TBO’, se editó el álbum titulado ‘Benejam, sus mejores historias’. De él, y con ello acabo, entresaco la descripción que Javi Benejam, efectuó del dibujante menorquín: "Marino Benejam fue un hombre bueno, afable y humano. Recuerdo su simpatía y sus constantes bromas. Amigo de todos, artista irrepetible e inolvidable, maestro creador de dibujos que reflejan su propio carácter sencillo, llano y cariñoso. Aficionado a la acuarela y enamorado de la escultura, amante nostálgico de su ciudad natal, Ciutadella, a la que siempre recordaba con gran emoción
_______________________________________________ Hermezo.

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9 Enero 2008

Si cuando escribía sobre José Coll me refería a la dignidad de las suelas de zapatos, al hablar de Manuel Urda Marín (Barcelona, 1888-1974) resulta indispensable mencionar las extremidades de sus personajes. ¿Alguien conoció piernas más curvadas que las dibujadas por Urda? Yo, no, desde luego. Sus criaturas me parecían recién descabalgadas de una carga del Séptimo de caballería, sin olvidar la amenaza latente de hundimiento por su centro de gravedad que pendía sobre ellos. La propia amplitud del arco de sus piernas, sin embargo, obraba el milagro y mantenía el equilibrio sin derrumbes.

Otro aspecto que definía el estilo de Urda eran sus perros, esos perros callejeros, solitarios, normalmente blancos o grises, moteados a veces, con las orejas enhiestas como notas musicales, que miraban la escena desde la esquina de una viñeta o detrás de una farola viuda. Y las preguntas que me asaltan ahora, con la perspectiva del tiempo transcurrido, son varias: ¿qué observaban esos perros? ¿A quién representaban? ¿Qué significaban? Alguna explicación freudiana se escondía detrás de esos canes anónimos. Seguro.
Como Coll, Urda no tuvo personajes fijos. Lo suyo eran historietas de una página o de media, recuerdos de tiempos pasados, chistes en una sola viñeta, a veces un óvalo o un círculo inscritos en un cuadrado, o los rompecabezas, donde el lector ponía a prueba su ingenio para encontrarobjetos escondidos entre las trampas de un dibujo engañoso.

No sé si sería por sus diálogos, por su propia caricatura o por la nostalgia que respiraban muchos de sus imágenes, pero lo cierto es que a menudo Urda me hizo pensar en un ilustrador de otra época. Lo que no es un menosprecio, sino simplemente constatar que ante mis ojos tenía un artista distinto, una "especie en vías de extinción", un testigo de otros momentos.
Manuel Urda Marín, aunque comenzó a trabajar en las revistas
‘Cu-Cut!’, ‘Virolet’, ‘Patufet’ y ‘Monos’, desarrolló la mayor parte de su carrera en TBO, donde llegó a convertirse en el dibujante decano y en su director artístico entre 1918 y 1922. En 1974, año de su fallecimiento, todavía permanecía en la revista barcelonesa, al frente de la sección ‘De todo un poco’.
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5 Enero 2008

Me llama la atención lo traicionera que es la memoria. La mía, claro. Lo digo porque hoy que quería hablarles de uno de mis dibujantes favoritos, de cuando yo era joven, me he puesto a buscar ayudas por la red, claro también. A pesar de que eso me fastidia, porque en el fondo desconfío de ella (¿quién me garantiza que lo que dice Wikipedia es cierto? ¿Quién se responsabiliza de sus contenidos? ¿Dónde está el autor?), siempre aporta datos y pistas verificables. Bueno, pues, al hallar lo que buscaba, entonces me he dado cuenta de que me acordaba de menos cosas de las que hubiera deseado. Muchas menos, ya lo creo. Me parece que mi memoria selectiva se ha pasado de selectiva algunos pueblos y precisa una actualización urgente.

De todos modos, supongo que entre lo que recuerdo y lo que me ha hecho recordar la red, podré apañarme. Y así les diré que Raf (Barcelona, 1928) fue un dibujante que pronto cautivó mi atención. Era el suyo un lápiz distinto, que aplicaba trazos "serios" en dibujos humorísticos. Quiero decir: era la caricatura llevada a la historieta. La caricatura, no sé por qué, siempre me ha parecido que gozaba de un reconocimiento superior a la historieta. Los grandes periódicos de todas las épocas (‘Pueblo’, ‘ABC’, ‘El País’, ‘El Mundo’, ‘Marca’, etcétera y otros etcétera más antiguos) tradicionalmente cultivaron la caricatura. Siempre contaban con un caricaturista entre sus filas. Y hoy lo siguen teniendo. Bien, pues Raf significaba para mí el arte de la caricatura en los tebeos.
Les decía antes que me había dado cuenta que mi memoria andaba "olvidadiza". Y es que yo recuerdo a Raf por dos cosas. La primera, porque empecé a sospechar que un tal Roldán, dibujante también, y él, debían ser la misma persona. Raf firmaba Raf sus dibujos en Bruguera y Roldán en TBO, puesto que, a lo largo de su dilatada carrera, trabajó en ambas editoriales (como se observa, los dibujantes pasaron hambre en todas las épocas y se pluriempleaban). Entonces no disponíamos de la red, pero las evidencias eran palpables. La segunda cosa, y aquí es donde entra lo de mi memoria flaca, Internet y demás zarandajas, es que yo recordaba a Raf por su personaje más famoso Sir Tim O’theo, pero lo bien cierto es que yo me aficioné a sus dibujos a través de otros personajes como ‘Olegario’, el oficinista, o ‘Doña Lío Portapartes’, patrona de pensión y, probablemente también, de vocación.
La pluma de Raf, o Roldán contenía un montón de guiños particulares: bigotes con finísimo zigzagueo, mujeres mondas, orondas y lirondas, enchufes eléctricos enclavados en lugares estratégicos, ojos cerrados en señal de suficiencia o satisfacción, en resumen un código propio, como todo buen dibujante dotado de un estilo personal.

Su éxito más sonado, sin duda, le llegó al dibujante barcelonés con la publicación en 1971 de la serie de Sir Tim 0’Theo, una parodia evidente de las novelas policiacas y del carácter británico, donde un noble escocés, auxiliado por su mayordomo Patson, más claro agua, se dedicaba a resolver enigmas. Yo recordaba a Sir Tim, pero desde luego que me había olvidado de Mac Latha, el fantasma que atronaba las noches del Sir con sus conciertos de cornamusa; de los policías Blops y su ayudante Pitts, dos inútiles de reconocido prestigio; del burgomaestre y de Huggins, el dueño del pub ‘El ave Turuta o Locuela’ según historietas. El noble escocés habitaba ‘The Chims’, su residencia familiar del pueblo de Bellotha Village.


Roldán, o Raf, que había comenzado a dibujar en ‘La Risa’ allá por los años cincuenta y que, además de los referenciados, dibujó muchos otros personajes ('La vida aborregada de Borrego, "Levy Berzotas', 'Sherlock Gómez', 'Mr.Cha-cha-cha, Director de Cine', 'Doña Tecla Bisturí, enfermera de postín', 'Don Pelmazo Bla, bla, bla', 'Manolón, conductor de camión', 'Don Jerónimo','Mirlowe y Violeta', 'Zomby y el gato','Flash, el fotógrafo', 'Campeonio', , terminó su carrera en las revistas ‘Guai!’, ‘Creepy’, ‘El jueves’ y ‘Puta mili’. En 1992, el Salón del Cómic de Barcelona le otorgó su Gran Premio por el conjunto de su obra. Falleció en el otoño de 1997, hace ahora diez años y poco más.
No me resisto a terminar este escrito, sin citar lo que el libro ‘Humor gráfico español del siglo XX’ (Salvat Editores-Alianza Editorial, 1970), prologado por Álvaro de Laiglesia, decía de él mientras estaba en plena producción: "Bajo la firma de Raf o Roldán está Juan Rafart Roldán, de quien, cuando sólo tenía cuatro años, Junceda predijo ya sus futuros éxitos. Actualmente es sobresaliente colaborador de varias revistas nacionales y de un sinfín de extranjeras".
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1 Enero 2008
Curioso personaje ‘El reyecito’ de Otto Soglow (New York, 1900-1975). Más curioso aún, si consideramos que se publicó en nuestro país durante la Dictadura franquista, dentro de "La codorniz" y el TBO (fue uno de los escasos dibujantes extranjeros que trabajó en esta publicación). Más de uno, sin duda, vería reflejadas en los comportamientos de este singular personaje de tinta y papel las urgencias del Dictador de carne y hueso. Pero ‘El reyecito’, no firmaba sentencias de muerte. A lo sumo, detenía para enderezar el rumbo "subversivo" de algún paisano díscolo con métodos suaves.

Little king, un pequeño monarca, un pequeño reino, una barba negra zaína, puntiaguda, una barriga prominente, redonda, espectacular. Soglow empleó trazos simples, carentes de relieve, en el propio protagonista y en sus sirvientes (todos sus súbditos eran sus sirvientes). Sin duda tiró de compás, semicírculos, reglas y tiralíneas para construir sus tiras, que comenzó a publicar hacia 1934 en los EE.UU.

Monarca absoluto hacía y deshacía a su antojo. Entendía de todos los asuntos de estado: ejército, guardias, animales (algún gato, por cierto, se sublevó contra su voluntad), coches, calles. Era el suyo un país que vivía su santa voluntad, a veces chocante, a veces divertida, a veces llena de perplejidad. Y esa santa voluntad fue la que retrató Soglow. Para la memoria queda su curioso ‘Reyecito’.

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30 Diciembre 2007
Si algo puede definir a José Coll, entre otras muchas cosas, eran las suelas de los zapatos que calzaban sus criaturas, la dignidad de estas suelas. Una de ellas hacia arriba y la otra hacia abajo indicaban que sus personajes se movían. Que avanzaban. Por el contrario, la suela oculta, los pies sobre el suelo, casi planos, a veces exageradamente abiertos, eran síntoma de inactividad. La acción, seguro, tenía lugar en otro nivel: manos, brazos, rostros...
¿Cómo olvidar las historietas en el TBO de este dibujante? Imposible. El rey de los tipos comunes y de los pretenciosos, a los que castigaba satíricamente con chascos morrocotudos. ¿A cuántos buscadores habrá hurtado sus cestas repletas de setas? ¿Cuántos cazadores habrán marrado sus disparos, ¡PAM!, a los conejos en sus viñetas? ¿Cuántos futbolistas han hecho barbaridades con el balón en el supremo instante de lanzar un penalty? ¿Cuántos exploradores han sudado sus últimos minutos de vida en ollas enormes, atentamente vigilados por negros-negros, de morros rojos y armados con puntiagudas lanzas? Por cierto, cuando los indígenas, cabreados, pinchaban algún trasero, además de la hilaridad propia del momento, provocaban un desesperado gesto de dolor en el lanceado: ojos cerrados, boca abierta, brazos en alto, manos abiertas, piernas al aire. Y cómo olvidar sus soldados medievales, siempre persiguiendo malandrines, o esa extraña complicidad que estableció el dibujante entre los encantadores y sus serpientes.
Escena muda de Coll.
Coll, salvo en sus primeros tiempos, dibujaba individuos alargados, muy estirados, espaguettis. Su código gestual era personal e inagotable, uno de los más expresivos que conocí jamás. Vean, sino, el dibujo que antecede estas líneas: el padre con las piernas abiertas y las rodillas prietas, en claro signo de ¡madre mía! El niño, dedo índice en alto, señalando qué globo prefiere (la farola, claro, faltaría más, lo imposible, lo que piden todos los retoños). Y el globero, alucinado entre padre e hijo. El nexo de unión de toda la escena viene dado por otro recurso visual que se gastaba el ilustrador barcelonés: los ojos. Esta escena, esta viñeta no sería nada sin los ojos: el globero mira al niño, el niño al padre y el padre, desesperado, a la farola. Ahí está dicho todo. Y sin palabras.
Nunca tuvo un personaje fijo. No fue el padre de Carpanta, de Mortadelo, de Josechu, de Melitón Pérez, de Ulises o de Carioco, no. Sus personajes eran (éramos) todos los tipos comunes que pululaban (pululábamos) por las calles de cualquier ciudad (próximos a la tapia de algún solar, por la que asomaban las ramas de algún arbusto salvaje) o los náufragos de diminutos archipiélagos (siempre con el consuelo de la palmera) o balsas miseriosas. Tampoco se olvidó de los automóviles: los frenazos de los coches dibujados por Coll eran de espanto, crujientes, de acordeón, capaces de cortar de cuajo el hipo y algo más a sus conductores, normalmente tocados con un gracioso sombrerito.
José Coll y Coll nació en Barcelona en 1923. Antes de ingresar en TBO (1948) había estado en otras revistas: Pocholo, Chispa, Mundo Infantil, PBT, Nicolás, KKO y La Risa. Por increíble que parezca, en 1961 dejó de dibujar historietas y pasó a trabajar de albañil hasta el año 1984. La razón era triste y sencilla: ganaba más dinero juntando ladrillos que como dibujante y su familia tampoco entendía demasiado bien su ilusión por vivir de sus historietas. La revista Cairo, en los años 80 recuperó su obra y llegó a editar una antología de sus dibujos ("De Coll a Coll", 1984). Sin embargo, ese mismo año, sumido en una fuerte depresión, se suicidó. La pregunta es: ¿con qué ojos le recibiría San Pedro? Lo ignoro, pero con una sonrisa y unas suelas de zapato bien dignas. Seguro.

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29 Diciembre 2007

Carlos Bech Abadías trabajó para Bruguera y más tarde en el semanal TBO, donde durante varios años publicó una especie de cuentos ilustrados, habitualmente humorísticos y con moraleja. Era la suya una cita semanal entrañable con los lectores, una página plagada de tipos despistados, honrados y maleantes, confundidos o desconfiados, donde el equivoco fácil te aguardaba a la vuelta de la última viñeta. Bech fue guionista y escribió los textos que varios otros compañeros (Salvador Mestres, Castanys, Olivé, Antonio Mestre y Batllori Jofré) ilustraban. Sus escenas eran "mudas", esto es, carecían de bocadillos, y los dibujantes plasmaban las reacciones de los personajes de un modo elocuente. Cada viñeta incorporaba la narración al pie de la misma o en alguna de sus esquinas, al estilo de Harold Foster y su ‘Príncipe Valiente’.
En el Almanaque del TBO para el año 1972, Carlos Bech publicó un cuento muy breve, ilustrado por Olivé, titulado ‘Los eternos Reyes Magos’. Dada la proximidad de esta fiesta, una vez que el pesado gordito barbudo de la Coca-Cola se ha marchado ya a sus frías latitudes, lo transcribo íntegro a continuación.
Aquella noche, después de haber ido a adorar al Niño Dios y a obsequiarle con presentes, tres soberanos de Oriente recorrieron en silencio las casas más humildes de un pequeño poblado y dejaron los regalos que les sobraban dentro de las albarcas puestas a secar en las ventanas.
Desde entonces, esos tres viejecitos no han descansado nunca. En su despacho ultraterreno, pasan el año entero anotando pedidos en sus voluminosos libros, llevando una estadística del comportamiento de los solicitantes, haciendo preciosos envoltorios atados con artísticos lazos de seda, cuidando sus camellos y luchando para que la polilla no destruya sus mantos de armiño.
La vejez de Melchor, Gaspar y Baltasar solamente se advierte por la blancura de sus barbas. A Baltasar, como es de color, no se le notan tanto las arrugas. Pero los tres son viejos, muy viejos.
La víspera del día 6 de enero, se lanzan con sus camellos a recorrer la Tierra, salvando elevadas montañas, húmedos valles y caudalosos ríos. Y, así, recorren leguas y leguas, en una marcha agobiante, de trayectoria infinita, sin dejar ni un palacio ni una choza sin juguetes.
Los tres Reyes Magos están viejos y cada año llegan al colmo del agotamiento. Hace cientos de años, desde que fueron a adorar al Niño Jesús, que realizan ese esfuerzo de Hércules. Sus mejillas se derrumban, ya cansadas sobre las blancas barbas. Sus miradas son opacas bajo el matorral de las cejas... Entonces, y sólo entonces, si los viéramos tan extenuados como van, pensaríamos que es su último año..., que el año próximo ya no volverán.
Así los encuentra el alba el día 6. Pero, de pronto, un calor intenso, reconfortante, les llega de la Tierra, inundando todo el cielo. Un calor de vida, que vuelve a encender el brillo de sus apagados ojos... Es el calor que irradian millones de estrellas, que, esta vez, no se han encendido en el cielo, sino allá abajo, en la Tierra. ¿Estrellas en la Tierra? Sí. Son miles y miles de pares de ojos de niños que contemplan asombrados el MILAGRO. Por eso, merced a ese calor de ternura y de fe, es que los Reyes Magos se conservan rozagantes, erguidos, sonrientes... ¡Eternos!
¿No habéis sentido nunca ese calor infantil del que habla el cuento? Después de releer este texto, 35 años después, uno reflexiona y se pregunta cómo no nos íbamos a creer lo de los Magos cuando éramos pequeños. Naturalmente que sí. Carlos Bech no dejó ni un solo cabo suelto, ni un resquicio para la duda en esta historia. Ni uno. O eso me parece a mí.

Historieta de Carlos Bech, ilustrada por Batllori Jofré ("Comic creator").
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